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JUE 09 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De

Cultura

CINE DE GRANDES

Un mosaico roto

Descripcion

02.08.2009 | Llegó “Harry Potter y el misterio del príncipe”, aunque nadie sabía si la gripe iba a permitir que los espectadores asistieran. Finalmente, fue como si nada pasara. En cuanto los números más impactantes cesaron, los padres dejaron que los dulces cervatillos retozaran por las salas de cine. Pasado pisado.

Con las precauciones del caso, quienes hacemos del cine un recurso de vida nos acercamos otra vez y lentamente a las salas de exhibición. Las primeras semanas habían sido tremendas: hubo funciones simbólicas, con cuatro espectadores, o aun menos.
En cambio, pasada la primera oleada de la epidemia, y ya en declaradas vacaciones de invierno, fue como si de repente nada pasara. Muchos padres abrieron las puertas de su cuarentena domiciliaria -que ya los había llevado a punto del brote sicótico por falta de hábito- y dejaron que sus hijos concurrieran más o menos a cualquier parte, con o sin alcohol, sin barbijo, y sin ventilación las más de las veces. Sólo esperemos que la suerte nos asista, porque la cordura no nos ha seguido.
En cuanto llegué al cine, pregunté cuál era el porcentaje de entradas que se estaba vendiendo, ya que había oído a principios de la epidemia que se decidía no cerrar las salas, pero sí vender sólo un 40% del total de las entradas. La respuesta fue de una empleada que bajó la vista, como si estuviera participando de un capítulo de “Lie to me”, y me dijo: “el 60%, señora”.
Yo mantengo aún un ojo de buen cubero, y al entrar a la sala supe que si esa había sido la intención, la matemática de la boletera se había desquiciado: había un 80% de la sala ocupada, por lo menos. Todos con todos. Eso sí, ni una tos. Cualquier tosedor sabría que es suficiente síntoma para que una horda enfurecida lo llevara a la hoguera. Así que se contienen incluso los espasmos de reflejo por abstinencia de tabaco.

La pesada


La nueva de HP llegó arrastrando sus 155 minutos, como un caballero cansado de la batalla con su armadura desvencijada y maltrecha. Cuando sólo queda el recuerdo de aquella primera cinta que deslumbró por la acción imparable de unos chiquillos hábiles en hechizos, hoy sólo vemos esta tenebrosa atmósfera que parece reproducir mucho más los fenómenos meteorológicos de las colinas inglesas, que el colorido ambiente de cuento de hadas que generó el boom de ventas del 2000.
La película es lo que esperaba: un compendio de situaciones mal contadas, tal como sucede cuando la adaptación de una historia extensa se pierde en los vericuetos de las necesidades de la filmación; una adaptación que parece hecha en una noche de insomnio desaprovechada, ya que el guionista Steve Kloves ha perdido muchos puntos a la hora de llevar a cabo la más imprescindible de sus tareas, la jerarquización. Separar qué se queda y qué se va es la piedra angular de los trabajos a la hora de decidir cómo llevar al cine una extensísima novela que ha sido leída por una legión de fanáticos, elevada a objeto de culto y analizada palabra por palabra en todos los idiomas posibles. No es un hecho menor la selección de secuencias de acción o situaciones problemáticas que serán o no representadas en la película. No es un hecho menor establecer cuáles serán condenadas a sobrevivir solamente en el universo del papel. No pasará desapercibido, porque miles de personas tendrán la mirada precisamente allí.
Aun si hubiera estado bien hecho, seguramente no hubiera conformado ni siquiera a la mitad del público. Tanto peor cuando se hizo mal. Digo que mal, porque la película no resiste la prueba de fuego más básica de todas: para saber si una historia está bien contada, el lector o espectador debe intentar reproducirla. Una historia bien narrada es siempre reproducida fácilmente por alguien que la ha disfrutado, que se la contará a sus amigos con la misma precisión de la que él gozó a la hora de ser espectador. Una historia mal contada no puede ser re narrada, porque quien hace las veces de narrador no encuentra una línea de acción fundamental en la cual montarse como si fuera en un veloz pegaso, para así llevar de la mano a su auditorio hacia un final con fanfarrias y redobles.
Por esa razón y no por consideración de mi parte, es casi imposible decir qué es lo que realmente sucede en la película. Bien para los lectores que aún no la hayan visto: esta nota ni siquiera contiene una sinopsis.

Incomprensible

Para comenzar, esta entrega de HP quizá sea la que esté más sujeta a su carácter de episodio de una narración más general, ya que es prácticamente imposible comprender ni una palabra si uno no ha asistido a las películas anteriores. Pero es casi imposible también si el espectador, como en el caso de una servidora, no está demasiado pendiente de los cambios de rumbo de las anteriores historias, y si bien las ha visto a todas, no se ha dedicado a retener dato por dato el orden de los hechos. A estas alturas, las aventuras de Harry Potter convierten mi cabeza en un caos surtido de hechos inconexos, y no puedo asegurar a cuál de las películas corresponden ni cuál es el orden cronológico que hace que uno de los eventos tenga relación causal con los demás.
En esta historia, el profesor Snape ha cobrado una importancia fundamental, pero como no goza de la mayor facilidad de palabra, nunca toma la ídem para decir: “yo quiero esto, o estoy de tal parte”. Compone una especie de dark amanerado con rasgos neuróticos innegables: resulta tan hermético como un inadaptado de esos que uno nunca termina de descifrar.
Harry y su trouppe copan una parte muy importante de la historia con aproximaciones amorosas histéricas gracias a las deficiencias del montaje, de la cual se ha quejado el mismo director David Yates. El perfil de telenovela rosa ha quitado espacio para la acción que contiene la novela original, totalmente ausente de la película, cuando en realidad le sobraba espacio. Porque las dos horas veinte que dura se hacen eternas cuando no pasa nada.
La batalla final entre fuerzas antagónicas, lo que sería a todas luces la secuencia más importante de la historia, en la película no está. Inexplicablemente. Por lo que algunos apuestan a que en la mesa de montaje un rollo de cinta debe de haber quedado atascado dentro de una hamburguesa, y fue reemplazado por material que se había descartado en el mismo momento de su filmación.
Por lo demás, solamente más rincones oscuros, escenas psicológicas de duda existencial y nubes tenebrosas de fondo. Esas que sólo sirven para reclamarle al servicio meteorológico que ya no se puede creer en nadie. Ni siquiera se puede hacer una carrera de mago como la gente en Hogwarts. Si seguimos así, no va a quedar en pie siquiera una bruja de las de antes. Aunque las hay.

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