Columna09.08.2009 | “Enemigos públicos” es otra de gángsters, o la enésima versión norteamericana de las hazañas del ladrón de bancos John Dillinger. Vale la pena por la dupla de actores encarnando una historia de amor y aventuras, tal como le había prometido el amante a su bella enamorada. Dos titanes con un director hábil en climas.
Pongamos que estamos en una situación social desesperada, por caso la crisis de 2001, que es lo más cercano a La Gran Depresión norteamericana que podemos imaginar. No nos detengamos ahora en lamentarnos diciendo que aquello fue peor: no estábamos allí, no lo vimos, pero sí vimos a las personas comiéndose los gatos en las villas del Gran Rosario. Así que vale la comparación.
Pongamos por caso la situación más escandalosa en el mundo de las finanzas, cuando la alta peligrosidad de la acción de los bancos privados hacía que las personas confiaran en ellos menos que en un gorila armado con una navaja afilada. Realmente la baja de la popularidad que en aquel momento habían experimentado las instituciones financieras hizo pensar que jamás se recuperarían.
En ese momento, las personas responsabilizaban a los bancos por decisiones como el corralito, por ejemplo, como si el mismo empleado de ventanilla hubiera sido el que había huido con los ahorros de toda la vida de una señora cualquiera, o el que había provocado el suicidio de un jubilado en pleno hall del edificio, cosa que no sólo sucedió sino que marcó para siempre y de manera inmerecida las vidas de quienes llevaban adelante sus tareas en tales lugares.
Pongamos el caso, solamente para imaginar la raigambre de éxito popular que en tal momento podría alcanzar cualquiera que se quedara con el dinero de los bancos en un hecho delictivo limpio, es decir aquel en el cual no hay muertes de inocentes. Un boquetero sería, y de hecho lo fue, casi un héroe de masas.
Tal es la situación que vivieron en los Estados Unidos de la depresión los delincuentes míticos que se dedicaron a robos de instituciones bancarias, que gozaban de enorme desprestigio social. Y un caso particular dentro de ellos fue John Dillinger, aunque su condición de favorito de la gente la podemos conocer a través de las lecturas de sus biografías: la película no es demasiado hábil en demostrarla.
Pero Dillinger tenía aún más a favor para ser un héroe: era cinematográfico, como si se tratara de un personaje en germen, más de setenta años antes de ser llevado al cine. Sus estrategias de robo y sus fugas fueron las más llamativas de la historia de la delincuencia. Curiosamente, las más atractivas también quedaron fuera de la película.
Además de los atracos, fue célebre su fuga de una cárcel de Crown Point en Indiana, pocos meses antes de su muerte. Con una hoja de afeitar había diseñado una pistola sobre madera, y la había oscurecido con pomada para lustrar zapatos. Con ella en la mano pudo pasar delante de una docena de guardias. Mientras huía, cantaba: “me dirijo a mi próxima detención”. Tampoco se ve en la peli. Como si esto fuera poco, el Dillinger histórico tenía más para ganar: era un ladrón “con códigos”, se había hecho famoso por tener actitudes de gentileza con empleados y personas que nada tuvieran que ver con su cometido, y encima era galán con gran éxito en el mundo de las mujeres. ¿Es posible algo más? Se dice que tuvo más popularidad en su época que Bonnie & Clyde, por tener unos aires de Robin Hood. Nadie se cuestionaba la dudosa moralidad de sus actos, pues para todo el mundo el sistema financiero que los llevaba a vivir las desgracias de la época era más inmoral que el propio Dillinger. Nosotros ya lo pasamos y escuchamos el argumento en más de una mesa de café.
El personaje ha sido compuesto por Johnny Depp, que ha puesto en juego su destreza actoral para alejarse de los prototipos en los que corría el riesgo de convertirse: un bonito con ametralladora. La composición tiene la mezcla exacta entre la destreza para los asuntos que lo ocupan -afirma que puede planear el robo a un banco en menos de dos minutos-, el aplomo con el cual enfrenta persecuciones y ataques, y su condición de seductor indiscutible. Un polo de atracción que puede justificar el ser un ídolo de masas.
No tuvo el mismo éxito el personaje de Christian Bale, quien da vida a Mervin Purvis, agente del FBI que debe ocuparse de la persecución de la banda. Su recurso remanido es la frialdad de la mirada, la ausencia de gestos, y se convierte casi en otro Batman, pero de traje. Y el problema es más serio de lo que parece, porque gracias a eso no se establece el conflicto con el equilibrio necesario para el face to face. Bale da la sensación de que todo el tiempo cumple órdenes, y por lo tanto perseguir al ladrón es nada más que trabajo. No hay villano, no hay acción. Si a eso le sumamos que la depresión prácticamente no se ve en toda la película, es evidente que los minutos de cinta se fugan en alguna parte.
Por suerte la historia de amor es sublime, gracias a la maestría de la Marion Cotillard que protagoniza a Billie, la chica del guardarropa de la que el gángster se enamora: un personaje delicado que contrasta con el machista protector de Depp.
Experto
No obstante, el director Michael Mann es un experto en películas de acción que puede suplir con técnica cualquier otra deficiencia. Su estilo de cámara es inconfundible y cambia de estética de filmación varias veces en medio de cada obra. Pero sin duda, su sello en el orillo es el realismo que logra con los efectos sonoros: en este caso, son buenos ejemplos los sonidos de motores de coches antiguos, así como las ametralladoras de tambor que suenan en la sala dando una ambientación de absoluta verosimilitud.
Poca crítica, poca mirada autorreflexiva, poca referencialidad dirigida al corazón de la bandera estrellada. Quizá lo más fuerte sea ver el surgimiento de las bases del FBI, cuya anarquía interior se evidencia en una superposición de metodologías y decisiones que no terminan de definir a ciencia cierta el rumbo de la investigación. La identidad nacional en los hombres de negro tampoco estaría aún tan delineada, ni sería carne en su tan particular código de ética. Entonces ¿qué valores son los que se oponen a los del maleante? Es decir, ¿quiénes son los buenos? ¿Cuáles? Si los empleados del gobierno extorsionan, matan por la espalda y torturan impunemente sin decir agua va, sólo queda un agente que actúa por obediencia debida, y deja aun en posición más heroica a un simple ladrón de banco. ¿Es o no cine de tendencia? Pues verá usted. Yo me quedo con el cine, con los ojos de Marion, con la profundidad enorme con la que mira una mujer acunada en su propia simpleza. Una que casi se desvanece ante cada gesto galante del hombre. La actriz que puede componer con estilo el personaje de mujer sencilla, puede con todo.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
Expone su posición sobre cómo deberían funcionar los Consejos Vecinales de Salud.