16.08.2009 | El domingo pasado fue el Día del Niño: gracias a los acontecimientos recientes, el brazo se nos ha torcido para un lado de la realidad que parecía imprevisto. Y ha hecho bien: volvimos a los juguetes de verdad.
El pasado mes de aislamiento obligatorio hizo que los padres descubrieran pequeños espacios al aire libre para sus hijos, que ya habían desempolvado patines, tablas de skate y cualquier cosa que sirviera de apoyo al esparcimiento, a falta de aire puro en los shoppings y salas de juegos de video. Este domingo de agosto tuvo características especiales: todo lugar verde estuvo plagado de habitués que ya habían mostrado sensibles cambios en las elecciones de regalos.
Los juguetes clásicos vieron su revitalización, después de década y media de furor de ciertos pedazos de plastiquito de colores, envueltos con bastantes cartones, que habían hecho las delicias del mercado de los noventa y de gran parte del nuevo siglo. Los canales infantiles habían vendido ilusiones de diversión a los hijos de todo el mundo, que compraron maquinitas de cualquier porquería a precios exorbitantes: motos para muñecas que no separan las piernas, espejos para otras muñecas que no se miran, o cepillos a pilas para muñecas que no tienen pelo. Hubo tablas pseudovoladoras con baterías para muñecos de un personaje de película, que sólo generaban un zumbido bastardo, y demás estafas consentidas por la emoción infantil de tener lo mismo que los demás, como si fuera algo.
El mes de julio pareció una hecatombe en los cambios de ritmo de vida, pero también trajo una maravilla: algunos vieron a sus padres jugar por primera vez en la vida. Sucedió cuando se vieron impedidos de salir con los hijos, de llevarlos a cumpleaños y casas de otros chicos. Se desempolvaron los rompecabezas familiares, esos que estaban a la espera de un día de lluvia, y los juegos de mesa que componen el estante ecléctico que mezcla, en superposición caótica, el Estanciero de los abuelos, el Scrabble de los padres y el Clue de los hijos, al que se suman, por supuesto, el Misterio más un par de versiones de juegos de los Simpson, Carrera de Mente y Trivia para los grandes.
Juegue con ellos
Pasear por los bordes de algunos peligros, tal como nos sucedió este año, reinstaló conversaciones que creíamos perdidas, como por ejemplo la investigación sobre los juguetes más recordados de la infancia. Algunos padres comparaban las posibilidades que ellos habían tenido para alcanzar tales objetos preciados con las que hoy tenían sus hijos, pero en realidad no estaban comparando capacidades económicas únicamente, sino la actitud de aquellos padres de antes para poner el dinero en juguetes, que no es lo mismo. Hace 30 años, más allá de las posibilidades de gastar o no la plata en un Rasti 1000, no formaba parte de la idiosincrasia de un padre modelo el hacerlo, sino más bien de un cabeza fresca que no hacía más que alimentarle caprichos al pibe. Esas cosas quedaban reservadas para mejor oportunidad, y el problema era que la mayoría de las veces llegaban cuando el chico ya estaba grande para el mecano o para el juego de química que había solicitado a los diez. Sus padres habían tratado de educarlo en la perseverancia y se habían pasado de largo, hasta el momento en que al químico frustrado le salían pelos en las piernas: cuando llegaba el juego, ya recorría los pasillos de la secundaria en busca del laboratorio para ver si conseguía su propio tubo de ensayo. Cosas de antes, cuando se creía que el mejor modo de educar era hacer sufrir, y se divulgaba el famoso “porque te quiero te aporreo” como si fuese un detalle virtuoso. “No se lo compres”, decían, “porque si no se va a creer que es fácil”.
En una conversación, los adultos recuerdan mucho más lo que desearon que lo que efectivamente tuvieron. La cuestión de las pistas Scalextric fue suficiente para dividir el mundo en dos: haberse criado con o sin ella. La mayoría de los padres accedían sí a la compra de la bicicleta -si es que estaba a su alcance- porque este era el medio que habilitaría para encargarles a los hijos todos los mandados posibles. Los patines de entonces tenían cuatro ruedas y unas tiras color naranja; cuando dejaban de ser objetos preciados se usaban para armar patinetas caseras que andaban fenómeno.
Mis hermanos tenían tarros enteros de bolitas aunque jamás entendí bien cual era el sentido de semejante acumulación. Yo podía ganar campeonatos completos usando siempre las mismas cinco payanas de mármol que limaba contra el asfalto, bajo riesgo de ser sorprendida por el paso del colectivo.
Los varones jugaban carreras de coches alrededor de la manzana, pero primero vaciaban sus vehículos, los llenaban con masilla cuidadosamente y les ponían debajo de lo que sería el tren delantero, una cucharita de café incrustada que serviría para darle una especial fricción. Cabe destacar que en mi casa durante años no hubo una cucharita para comer una torta ni para revolver un té, ya que desaparecían misteriosamente. Nosotros lo resolvimos con discreción: nadie pedía cucharita, todos tomamos amargo. Y así llegamos hasta hoy.
Las chicas recibíamos sogas de saltar o muñequitas Puky. A nadie se le hubiera ocurrido aspirar a una muñeca cuyo costo alcanzara a la marketinera Barbie, ni tuviera sus veleidades de colección. Una muñeca era una muñeca. Una. Tener más jamás hubiera significado tener otras idénticas a esa, pero con otra ropa. Hubiera sido tener otra. Por ejemplo, la tan deseada muñeca que caminaba, cuya gracia duraba las dos primeras horas de su llegada a casa: nadie jamás volvería a comprar un juego completo de pilas grandes para que la agraciada se anduviera desplazando por el piso encerado de la sala. Y la madre de uno diría cosas como: si ya la viste… ya sabés cómo es cuando camina…Tenía su razón, una muñeca que camina no es para jugar, es para mostrársela a otras nenas. Lo mismo que una Barbie, que sirve para llenar estantes.
Una Barbie está llena de puntas como aguijones, no se puede acunar porque es adulta, viste a la moda y tiene novio. Definitivamente no sirve para jugar a la mamá. No es un objeto entrañable. Sirve para ponerla adelante y seguir el modelo.
Nunca tuve un oso, pero sí mis añejas muñecas de trapo de las que sirven para dormir, las que hacen de simulacro de hijo de uno en la cama compartida o en las tardes de sol, cuando viajan dentro de un cochecito por el jardín.
No nos haría mal volver a las muñecas de trapo, porque es posible que ellas hayan sido las que operaron un cambio importante en nuestra generación.
Porque nosotros no usábamos muñecas de porcelana de esas para mirar de lejos, como nuestras abuelas. Nosotros usábamos las de trapo, las que servían para acurrucar, para hacer de compañía calentita y para darles de comer puré de zapallo, que luego lavaría el jabón blanco de mamá. Usamos muñecas cercanas.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.