Columna16.08.2009 | Mírese usted mismo a mediados de agosto, después de haber sobrevivido a todo aquello que creía seriamente, lo mataría. Usted y yo llegamos a estar otra vez a menos de un tranco del brindis navideño, cuando parecía que este año era el acabóse de cualquier forma de vida, o que terminaríamos habitando ruinas polvorientas como en una foto bélica. No cante victoria, aún no terminó el año. No hay nada más peligroso que estar vivo.
Si se fija usted bien, no solamente estamos vivos porque sí, sino porque hemos logrado salir ilesos de los pibitos que andan a los tiros con la gente. Los veíamos en los ‘80 en ciertas películas que sucedían en edificios de indigentes del Bronx, y creímos que se trataba de una simple construcción ficcional. Estamos vivos aún simplemente porque no nos ha tocado estar del lado equivocado de sus cañones, ni que ellos tuvieran ganas de matarnos cuando sin duda nos vieron pasar más de una vez. Quizá nos han mirado el coche o la cartera. Quizá se distrajeron imprevistamente con un bocinazo, o por ahí no era nuestro turno.
También hemos salido ilesos del dengue, y de las descabelladas órdenes y contraórdenes que recibimos para cuidarnos de un simple mosquito, como un país que jamás ha tenido tiempo para ocuparse de la cosas vitales hasta ahora. Comprábamos repelentes en crema, y necesitábamos aerosoles. Vaciábamos el patio sin saber bien qué era lo mejor, ni si lo que venía era fiebre amarilla, malaria o apartheid, qué sé yo. Malaria le decía mi papá a la época de carestía económica, ¿sirve?
Sobrevivimos a la gripe porcina, y recordemos que los primeros datos nos hicieron sentir expuestos al Ébola, porque no sabíamos bien si se sobrevivía de alguna forma, ni a quién le tocaría, ni qué había que hacer para no morirse. Después dijeron que era cuestión de defensas, y respiramos. Después que nos pusiéramos barbijo, y lo hicimos. Después que nos lo sacáramos, que era peor, pero que nos vacunáramos. Después que no, que la vacuna no sumaba ni restaba, que era tanto como ponerse crema humectante. Después nos terminamos de enterar de que los muertos son fundamentalmente de clase media, porque tiene menos defensas, está menos expuesta a la inmunización. Pero seguíamos con vida.
Creímos que no la contábamos, pero lo hicimos. Otra vez sobrevivimos a un invierno de esos que le encantaba mencionar apocalípticamente al ingeniero Alsogaray en medio de su enciclopedia de tics, y no nos mató. Ya casi llegamos a la primavera, y no sé usted, pero yo espero que me encuentre de soireé.
De fiesta
Se trata de empezar a preparar los rituales del dragón, la fiesta del rey Momo, o como le guste a usted llamar a esta celebración que es para los europeos el San Juan en 21 de junio: el gran exorcismo del año. Si salimos de acá somos invencibles hasta el año que viene, que quizá crepemos del todo.
Y habrá que ver de qué manera empezamos a construirnos el capullo que nos contenga en el renacimiento de primavera, para comprobar que llegamos con vida hasta que se derrita el último de los copos de nieve.
Para empezar, cuéntese los dientes. Fíjese si ha perdido alguno en la batalla reciente, llámese embarazo, divorcio con reparto de bienes o quiebra comercial. Si ha sucedido, intente reponerlo y hacer como si nunca jamás hubiera sucedido. Hay cosas que uno no tiene por qué recordar, y en tema de dientes, lo mejor es la amnesia.
Si le sirve, invertir en lolas sale menos que cambiar el coche. Capaz que usted es de las que está mejor con un aumento de volumen que haga olvidar los efectos de la fuerza de gravedad. Si la hace feliz, adelante. Eso sí, en cuanto salga del consultorio olvide que son compradas, y ponga cara de que nació con ellas. No ponga cara de infracción ni de estar de estreno, porque parecerá una botinera que se sacó el loto.
Mírese el pelo, y si se anima, olvídese de una vez de lo que le queda bien a criterio de su suegra y su mamá. A cierta edad, nos queda por delante arriesgarnos al ridículo o la frustración eterna. Es preferible que hablen mal de nosotros los parientes que quedarnos para siempre con este aspecto de madre abnegada de pelito sencillo. Bánquese ir a la peluquería y salir hecha una loca.
Visite la gente que creyó olvidada, porque ellos también siguen vivos. Y está mejor aun poder compartir el milagro para salir del pánico que despertar un día en la soledad de la película “Soy leyenda”.
Haga una jornada para ver junto a sus hijos las fotos que lleva veinte años archivando, como si las prepara para un mensaje extraterrestre del próximo siglo. ¿Para quién las guarda?, ¿para quién las conserva tan prolijamente? ¿No ve que si no las manosean sus hijos las van manchar sus deudos cuando las vendan por kilo, a pocos segundos de su funeral? ¿O se cree que alguien más va a cargar las cajas de pesados papeles que tanto significan para usted? Para su nuera, la tía del campo no es nadie. Saque las fotos y hágase un collage en la pared que las convierta en una imagen permanente y cotidiana de su vida. No es demasiado obsesivo, solamente parece.
Saque la cuenta del dinero que gasta en terapia y en medicación psicotrópica mensualmente. Si tomamos en cuenta que es posible que estemos muertos en breve, quizás sea mejor gastarlo en clases de danza de caño, de baile árabe para madres con panza estriada, hip hop con pibes de veinte que te enseñen a mover el piecito con cancha, o mejor aun, merengue con un desconocido que te lleve con la mano en la cintura por toda la pista para el escándalo de las madres del colegio de los chicos. Si total van a hablar igual, y cuando se muera no se van a oír las palabras del cura, porque van a ser más fuertes los rumores sobre su cutis, el diámetro de su cintura y la calidad de sus zapatos.
Que se acaba
No se olvide de su parte de la plata. Nos vamos a morir un día de estos, podemos no pasar otra serie de hecatombes encadenadas, y nosotros seremos uno más de la lista de los que dejan cuentas bancarias para que las disfruten las amantes de su yerno. ¿Qué se cree? Sus hijas van a estar muy ocupadas lamentando su muerte.
Lo mejor va a ser agarrar la programación del cine y marcar una película por día hasta que se termine la semana. Y que encere otro. No me diga que el fin de semana es para limpiar porque entro en colapso. Cuando se termine la programación de cine y teatro local, haga lo que digo. Suba con hijos o nietos -según corresponda- a la calesita. Verá entonces que no es una cuestión de edad, el mundo desde un caballo que sube y baja se ve totalmente diferente. Y de golpe entenderá todo. No se quede allí parado.
La ciudad está al borde del quebranto económico, y el Intendente pretende tapar el enorme agujero negro con una desmedida suba de tasas impositivas. El gasto en sueldos se triplicó, pero las cuentas dependen hoy en día de los favores que hacen la Provincia y la Nación a esta administración. Una vergüenza que esconder bajo la alfombra.
Hace unos días, los marplatenses fuimos sorprendidos por una importante pegatina en la vía pública con el rostro de Florencio Aldrey Iglesias y la leyenda Aldrey + Otero = Mafia. Lástima que esta clase de verdades se vuelquen de manera anónima, lo cual le resta impacto y verosimilitud al asunto. El tema fue recogido por distintos medios de comunicación, que reprodujeron el libelo, continuidad de una volanteada que, con la misma foto, se había desparramado anteriormente por toda la ciudad con otra leyenda: “Gallego, dejá de robar”.
Persona travesti al que la Justicia de Córdoba le otorgó la guarda de dos pequeños que eran maltratados por sus padres.