23.08.2009 | Adriana Varela estrenó en Mar del Plata su último trabajo discográfico “Docke”, que se sumó al repertorio clásico, con los grandes poetas urbanos del tango. Se la considera una de las grandes exponentes de la música ciudadana, porque despliega en escena una sensualidad canyengue que despierta la argentinidad dormida. Volvió esa noche.
Se vistió de negro, y se ocupó de decir: “así como me ven, vestidita de Toledo, yo soy muy incorrecta”. Y la verdad es que ni hacía falta, porque no hay cosa más incorrecta para los guardianes del género que cantar los tangos como lo hace la Varela. A todos se les erizan los pelos: a unos, porque son los dueños de la tradición, que no aceptan que una mina les cante los tangos desde el lado de afuera del estaño, de parroquiana, como quien tiene en sus manos el poder de la palabra de los poetas para decir ella misma “esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más”. Para algunos, despedirse de pie es cosa reservada a los hombres. A otros se les detiene el alma porque la Varela los retuerce, y hace que esos tangos que creían escritos para otra gente, o para otra generación que les había precedido, les llegue de frente y a toda velocidad. Nadie se queda impasible viéndola cantar, es como uno de los clubes de fútbol que no admiten imparcialidades.
Y vino a cantarle al Docke, como dice ella, a los misterios de Dock Sud que asoció con aquellos aspectos más oscuros del tango escondido. “El Docke representa el sur, el Riachuelo, el suburbio, lo marginal. Lo mejor y lo peor, esa escenografía mugrienta de los primeros tangos con sus botes cargados de obreros, barcos a punto de hundirse y otros que apenas asoman sus fierros oxidados. El Docke es lo olvidado”, dice, y la platea asiente con el gusto de saber de qué se habla.
En la platea hay una mujer que grita su origen, dice que es del Docke, e hija de caboverdianos. De uno de los negros de Cabo Verde que encallaron una vez allí y se quedaron. Formaron una comunidad de la que poco se habla, y de allí salio el comentario sobre los ritmos africanos, el candombe, la milonga y todo lo que nos ha quedado de una raza negada.
“Después los mataron a todos”, dice ella, aunque sabemos que si pudiéramos darnos una vuelta por el Docke, si pudiéramos volver a ser como turistas que pasean por los sectores de Buenos Aires a su aire, como les diera la gana, veríamos allí las grandes familias de negros y mestizos, que sobreviven dándole al Riachuelo ese aire histórico que no ha perdido nunca.
Tango pibe
En los últimos años, los muchachos han vuelto al tango, y se ven clases de danza ciudadana y milongas llenas de jóvenes por varios sitios de la ciudad. Los extranjeros vienen a Buenos Aires a buscar ese misterio del no sé qué, que ya han visto en las películas: el secreto del tango al oído y del relato épico de los orilleros de antaño.
Los jóvenes de aquí han retornado a la música urbana tradicional llevados por la sensualidad que le es propia, aunque esperarán turno para poder entrar de lleno en la tragedia de sus textos. Solamente después de haber sufrido y de haberse enfrentado al dramatismo de la vida -ése que no puede explicarse desde la razón, ése que solamente lleva a mirar una pared iluminada por la luz mortecina de la medianoche llorando un encuentro que no fue-, podrán entrar de lleno en la palabra del tango. Y entonces lo verán desde adentro.
Porque el tango es más que un lamento, es una pena a flor de piel que acompaña durante toda la vida a los que lo miran de frente. Y ella es de los que no le han tenido miedo a los cambios. Ha podido poner una pasión casi rockera en la interpretación que se cruza con un trío clásico, con arreglos magistrales, y un repertorio cuidadosamente elegido para su voz aguardentosa, poco solemne, desprejuiciada, que además hace gala de todo ello. La Varela no pide permiso para cantar, y eso es lo bueno.
Se encargó de deslizar aquello de que hay hombres que solamente valoran a sus mujeres una vez que ellas, hartas de la indiferencia, ya se han ido. Aunque ironizó sobre la vigencia del postulado: “eso pasa en otras partes, acá no, acá los hombres valoran tanto a sus mujeres…”. Bromas aparte, pudo mostrar ya desde los primeros acordes una presencia en la escena que la hace llevar este tango viejo cantado de manera nueva a todos los sitios del mundo donde se le ocurre. No retrocede, no deja de ocupar el centro, y entonces el espectador levanta la vista para recordar algunos datos de la historia que la trajeron hasta aquí.
Fue otra
En los noventa estábamos en otra parte, preocupados por otras cosas. La Varela había aparecido tímidamente en aquellos años, y relataba que después de una extensa carrera profesional en la fonoaudiología había cambiado su vida de un golpe: de la noche a la mañana dejó todo y apareció en un bar de amigos donde pagó su derecho de piso “cantando un tanguito por noche”, decía.
Desde entonces su crecimiento no tuvo pausa, y ahora, después de haber editado doce cedés, indaga en los pliegues más oscuros de la canción de Buenos Aires hasta donde quiere. “Voy a cantar lo que tenga ganas”, dijo en el primer bis, “porque si no, sería una careteada”. Hay que decirlo, hay que pararse así en un escenario enorme, y hay que tener coraje cuando se canta un género del que los hombres parecían haberse adueñado para lamentar la maldad eterna de todas las mujeres que se les habían cruzado en el camino.
Ahora llega cantándole al Docke, cuando las últimas noticias no hablan más que de la contaminación y la muerte que acosa la zona, y la población que respira toda la mugre de la que el resto del mundo se libera.
El Polo Petroquímico de Dock Sud genera el 5% del PBI de la provincia de Buenos Aires. Es uno de los sectores que concentra 25 industrias de alto riesgo, desde poderosas petroleras como Shell o Dapsa, hasta plantas de tratamiento químico como Meranol y los hornos de residuos peligrosos de Trieco. Esa misma zona convive con Villa Inflamable, un barrio donde unas cuatro mil personas habitan sobre una bomba. El primer estudio epidemiológico y ambiental sobre los niveles de contaminación de la zona lo confirmó ampliamente. Y claro que el Docke es lo olvidado.
Mientras tanto, esa noche de tangazos ocupó un fin de semana de agosto en La Feliz, con una mujer vestida de negro que hacía de muñeca brava con la mirada desafiante y la voz envalentonada.
No había mucho más que decir a la salida. Era el sur hecho mujer, era la historia porteña en la mina de Avellaneda que dijo ver a esta ciudad del sur como la más erotizada: “acá venía cuando era chica. Y claro, hacía cagadas”, dijo.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.