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VIE 19 Marzo 2010 | Mar del Plata

Columna
De Adriana Derosa

Cultura

FELIZ CUMPLEAñOS

El hombre invisible

Descripcion

30.08.2009 | Se hubiera conmemorado esta semana el cumpleaños 110 de Jorge Luis Borges, aunque bien no sé aún qué significan estas efemérides, cuando se refieren a quienes ya no están. Sirve la ocasión para recordar al viejo peleador, y a lo que hizo para cambiar, no ya la literatura universal, que poca falta hace que lo diga yo, sino el curso de los destinos individuales de los lectores, que son de lo poco que de veras existe. Salud.

Recuerdo como pocos el día en que Borges murió. Éramos en aquellas épocas unos chiquillos desbocados en la Facultad de Letras que idolatrábamos al escritor de El Aleph como si fuera un Dios, y lamentábamos profundamente, no que se hubiera muerto, sino que con él se fueran las potenciales aventuras que guiaban entonces nuestros días: los planes que hacíamos para poder interceptarlo de pronto en una de sus caminatas por Buenos Aires; las estrategias que armábamos en nuestras improvisadas jabonerías de Vieytes para conseguir mejores ediciones de los libros; las maneras en las que proyectábamos presentarnos en su departamento estoico con un grabador en la mano, a ver si era cierto que convidaba café con leche; la fruición con que nos intercambiábamos declaraciones, textos atribuidos, y más reliquias. Queríamos formar parte del grupo que recorría pasillos con el mentón sobreelevado de la línea de sus hombros, simplemente porque creía que “sabía de Borges”. Cuando murió, sufríamos por nosotros mismos, por lo que empezábamos a crecer en las pérdidas.
Nos importaba mucho Borges, pero lo que nos importaba más era el placer secreto de la erudición, al que planeábamos llegar en poco tiempo, confiando en que sería más eficaz que muchos de los placeres que la Tierra había prometido, y que al fin y al cabo no nos habían resultado gran cosa. Y tuvimos nuestros logros: lo vimos un par de veces y hasta cruzamos palabras. Pensábamos seriamente que aquellos encuentros nos harían otros. Y a la vuelta de la vida creo, seriamente, que sí, nos cambiaron.

Con sus ojos


Porque Borges había llenado las bibliotecas de misterio. Sus obsesiones se transmitían a los lectores sembrando en ellos lo que muchos otros no habían logrado: la necesidad de volverse un devorador voraz de páginas. Borges nos enseñó a leer.
No es que su felicidad se volviera tentadora; Borges no es un escritor exultante, y recuerda más los límites infinitos del hombre que sus dichas. Pero siendo la nuestra una generación marcada por más frustraciones de las que se pueden cargar, tuvimos la gracia de convivir con los últimos años de los que aun podían guiar los desvelos de alguien. Fuimos contemporáneos de Borges vivo, y también de Cortázar. Borgianos y cortazarianos eran algo así como los bandos de la época, grupos de culto dentro de los jóvenes estudiosos que aspiraban a una pluma etérea.
Borges nos acercó a una idea particular de la belleza, aquella de la que sólo él podía dar cuenta. Alguna vez pensamos que la ceguera debía de haber sido para un escritor una condena indecible, visto que su vida estaba estructuraba sobre el amor a las palabras. Al poco tiempo entendimos que quizá, y digo solamente quizá, la sabiduría del universo había logrado hacer que aquel solitario estuviera obligado a compartir el cosmos enorme que habitaba dentro de su cabeza con alguien más. Gracias a esa oscuridad concreta e irremediable, había muerto acompañado de quien fue durante tantos años sus ojos y su pluma.
Borges admiraba ciertas formas de la belleza que un joven -como éramos entonces nosotros- apenas puede adivinar. Pero nos esforzábamos leyendo uno a uno sus poemas como quien está traduciendo de una lengua hermética los grandes secretos del mundo conocido. “Ya no es mágico el mundo, te han dejado”, decíamos, y uno a uno nos mirábamos sorprendidos por la manera en que él podía poner en un puñado de palabras la sensación de la fractura irremediable que cualquiera hubiera intentado deshacer en un pilón de intentos de cartas a la amada, aunque no hubieran servido más que para llenar el cesto en la desesperación del desamor.
“Ya no compartirás la clara luna/ ni los lentos jardines”, decía, y yo deliraba con que el poema llevara por nombre el año exacto de mi nacimiento, como si hubiera recibido la dedicatoria en un presagio: “Adiós las mutuas manos/ y las sienes”. Y se podía llorar de la alegría pensando en quien un día a uno lo dejaría, y se podría escribir aquellos versos en la misiva final que lo despedía aquella noche.

La luz de la belleza


Borges nos enseñó sobre la belleza, con su Martín Fierro entrañable, su sur que traía la muerte, su laberinto oscuro y a veces brillante.
“¿Cómo analizaría el encanto?” le preguntó a Borges Jean de Milleret en una entrevista que publicaría en su libro. “Hay de arranque, una suerte de magia. Hablar con una mujer, perdóneme, es mucho más agradable que hablar con un hombre”. El entrevistador interrogó sobre la limitación que la ceguera significaba para aquella degustación sustanciosa. Borges recordó con sagacidad que no había nacido ciego, y minimizó la importancia que tenía en su percepción el hecho de no ver a las mujeres: “Yo creo que si una mujer es bella, uno lo siente; en la belleza hay algo que sobrepasa al espectáculo”. Esa era la belleza que buscábamos, la que se deslizaría delicadamente debajo de la piel de las cosas, una que veía ese hombre que no podía ver, el hombre hecho de invisibilidades. Una belleza que se podía oler y tocar.
Luego se aproximaría su muerte, y una carta que se le atribuyó -la que le habría dirigido a la agencia EFE- explicaba las razones por las cuales se había decidido por Ginebra a la hora de elegir dónde permanecer durante sus últimos días de vida. Había decidido ser invisible, era fiel a una forma de belleza en la que habitaría hasta desaparecer definitivamente, la de una ciudad a la que podría presentir, aunque ya no ver, mientras extrañaba a la Buenos Aires de las guitarras y los aljibes que ahora se había convertido para él en una ciudad cualquiera. Eligió una ciudad que excede el espectáculo.
Seguir a Borges nos enseñaba una belleza hecha de elecciones y renunciamientos, Una que se deslizaba sobre las cosas que el hombre no podría definidamente hacer jamás. Una belleza hecha de bellos ideogramas chinos, de dragones salidos de los libros, de leyendas vikingas y de martillos de Thor pendiendo de cadenas de oro. Una belleza que habitaba en un mundo donde no era él el ciego, donde todos estaban dispuestos a saborear la imagen con los ojos cerrados.
Fuimos nosotros los favorecidos lectores que aprendimos que éramos bellos. Y que vivíamos a la vez que él en una tierra desaforada.

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