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Cultura

TEMPORADA DE CINES

Perfume

Descripcion

06.09.2009 | Una nueva película de Anne Fontaine recrea la vida de una mujer paradigmática para el siglo XX: la extraña Cocó Chanel. Una parte escueta de su historia alcanza para construir la figura previa al mito. Cómo llegó a la gloria es una incógnita.

Sirve la frase que el maestro Borges regaló a sus lectores, y que citamos en estas páginas hace apenas una semana: hay algo en una mujer bella que excede el espectáculo. Quizá el espíritu que hizo de ella una artista en un mundo dominado por la sastrería masculina es precisamente esa aguda visión que establecía como criterio la austeridad más luminosa, la que se enfrenta cara a cara con el exceso ornamental y lo desaloja de plano.
Cocó Chanel había nacido como Gabrielle Bonheur, y había crecido en un orfanato dentro del monasterio de Aubazin junto con su hermana Adrianne. La tragedia familiar que las llevó hasta allí fue la de ser víctimas del desamor de un padre que simplemente las había olvidado.
Los infortunios de aquella familia llevaron a Gabrielle a establecer el primer postulado de su vida: no sería jamás la esposa de nadie. Entre el papel de la esposa y la amante preferiría siempre este último, porque a su juicio llevaría la mejor parte.
Cocó creció en la sencillez, y el filme la muestra como una chiquilina abriéndose paso con la sola ayuda de un instinto de supervivencia que la puso a salvo de peores riesgos que los que de hecho enfrenta. Pretende una carrera más ambiciosa que la de zurcidora, y encara sin éxito un futuro de cantante, para lo cual le faltaba ni más ni menos que el talento.
El personaje se desarrolla solamente en esta primera juventud, cuando Cocó se muestra como un personaje de la novela picaresca, como el chiquillo que recurre a ardides para sobrevivir con escasísimas armas en un mundo que no es hostil. Solamente está cerrado. Es que hablamos de la Francia de preguerra, y los excesos de la sociedad de la época llevaban a una suerte de nuevo rococó que acompañaba el ablandamiento de las costumbres de una aristocracia aburrida y corrupta. Que un general del ejército -que era a la vez millonario y pretencioso- alojara a la mujer en su castillo a cambio de favores sexuales y entretenimiento cortesano, aparecía a los ojos de los demás como un fenómeno casi habitual.
Pero eso es lo de menos. Lo que en realidad construye la película es una serie de miradas, las que unen a la protagonista con las apreciaciones sensitivas del mundo que la rodea. Su concepción desprejuiciada de la belleza casi salvaje, su falta de afectación, su cara lavada, su escaso adorno. Su planteo casi existencial sobre la moda: con ese sombrero no se puede pensar, con ese corsé es imposible respirar. Cocó planteó una moda que permitiera vivir con ella y no a su servicio.

El recorrido

No es exactamente una Cenicienta, porque no hubo príncipe azul que la sacara de las cenizas del fogón. Los hombres que la rodearon se sirvieron de ella, al menos en esta juventud fresca que nutra el filme. Pero la pequeña Gabrielle sobrevivió a todo, porque no tenía miedo a nada. Se atrevió a montar con las piernas separadas, a usar pantalones, a despeinarse con una vida que de todas maneras le venía de frente, y que de no habérsele atrevido la hubiera condenado al convento sin vocación, o a la servidumbre permanente. La prostitución a todas luces no era para ella: no tenía cepa para ocultar sus deseos más básicos.
La película recorre los caminos de la creación, y determinados hitos de su estilo. Dudosamente verosímil -pero sin embargo simpático- resulta mirar con la cámara en los ojos de la actriz, las vestimentas de los marineros que dicen haber dado lugar a sus tradicionales camisetas rayadas en blanco y azul. O su apego al blanco y negro que impregna la estética de un orfanato de ensueño, más cerca de los deseos de un cuento para niños que de la crudelísima realidad de la infancia vituperada a fines del XIX.
Quién sabe. Una corbata cortada con inspiración parece haber creado sus lazos, y la habilidad de la pobreza, sus sencillos vestidos en cuadrillé. No debe de ser cierto, pero de todas maneras es imposible hacer un rastreo real de las imágenes del inconsciente que hacen de un creador lo que es. Igualmente es un efecto encantador, y nadie ha dicho que en el cine haya que decir la verdad.

Amélie

La protagonista de la historia es Audrey Tautou, que marcó un hito del cine en la recordada Amélie, y se constituyó en un ícono cinematográfico del carisma para unos, y en un verdadero bluff para otros. De todas formas, la película parece escrita para ella.
Desde un sitio de distancia y mesura logra hacer interesante a esta muchacha que participa en diálogos anodinos y con escaso lucimiento, que sólo atrapa porque Gabrielle piensa. Crea a una mujer que elucubra posibilidades y atina a ponerlas en práctica por ensayo y error, carente de formación y subida sobre un vertiginoso montón de instintos primitivos. Su distinción connatural la ayuda, y la composición se apoya sobre sus gestos medidos y una seducción inexplicable que la sostienen como una mujer sola en medio de una sociedad de hombres que logra, sin embargo, no depender de ninguno de ellos.
Quizá la actuación más impactante sea la de Benoît Poelwoorde, que interpreta al adinerado Étienne Balsan. Él es quien conoce a la muchacha en un cabaret de provincia, termina alojándola en su castillo y amándola como había jurado que no haría. La evolución del personaje va desde el grosero Barba Azul que dirige el entorno a su capricho, hasta la flamante presa del encanto de una joven que no le dará jamás otra cosa que favores pagos.
La idea que recorre la película -y coquetea con un feminismo lavado- es el concepto de lo femenino. Hay una mujer sin arreglos escandalosos, y sin hombres que la mantengan. Una mujer sin sumisión, que no monta de costado, ni se atiene a las consecuencias de su género. Hay una mujer lejos de la maternidad y de las tareas domésticas. Es la que impuso ella, la de la marca del perfume que construyó el mito de la desnudez de Marilyn Monroe. La que logró hacer de las cadenas un símbolo de la independencia, usándolas como simples y despojados adornos. La mujer que dejaba ver las pantorrillas desde un descanso de la escalera para desconcierto del sastre. Si bien la historia se borronea, sirve para decir que detrás de los veinte millones de euros en decorados, hay una esencia femenina que hace a lo inexplicable, a lo que trasciende el espectáculo. La belleza sin artificio que, aunque la biografía sea trunca, vive en los ojos negros de Audrey Tautou, y en el piyama masculino de Cocó. No es una obra maestra de la cinematografía, pero puede volar un rato.

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