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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De

Cultura

AGUAFUERTES VIOLENTAS

Gloria y olor

Descripcion

06.09.2009 | Una nueva entrega de este espacio convocado para indagar las angustias y sufrimientos que nos ha dejado la tierna infancia: ¡qué lindo volver a ser niños! Vaya usted, se lo regalo. Ni en broma vuelvo a estar en manos de tanto loco en cuotas con la vocación sesgada. Déjeme grande que me aguanto sola.

Y ésta sí que es mía. No se la puedo atribuir a nadie porque es cosecha de mi más pura ignorancia voluntaria, acerca del sentido que los lejanos próceres de cuadro de óleo arruinado de colegio me habían provocado. Ni sabía quién era Sarmiento cuando iba a la escuela. Y lo peor era que -vendido como el primer y único responsable de que yo tuviera que ir a la escuela sí o sí, cuando había para mí tantas maneras de aprender en mi casa- lo había declarado enemigo acérrimo. Encima tenía gloria y olor.
Porque eso era lo que no entendía cuando la profesora de música de cuarto grado del colegio de monjas, un ser abominable, cantaba mirándonos fijo para que imitáramos su falsete y un día, si nos esmerábamos mucho, llegáramos a aporrear el piano como solamente ella sabía hacerlo, a la vez que le daba a los pedales sin asco.
Cuando se bajaba los lentes con el índice para mirarme como un halcón decía: “laniñezdeamoruntemplo” a la velocidad del sonido. Por supuesto que yo simplemente movía la boca, y despertaba en ella una ira inusitada: ya vendrían mis “modos de cocorita, de esas ideas que los comunistas les meten a los chicos en la cabeza, esos padres que se las dan de hippies y les inculcan faltar el respeto a las tradiciones, y a todo cuanto ha construido la educación nacional. Y todo, todo es culpa de los Beatles. Si no hubieran aparecido, nada de esto hubiera pasado”. Chupate esa mandarina. Tardé años en desentrañar ese misterio.
“Y al lati-ir, sucorazónvarepitiendo”, otra vez, a mi boca directamente. Me miraba con ojos de rabia y yo no sabía qué cuernos había que decir en la parte ligerita. Entonces, ella me llevaba agarrándome el uniforme con dos dedos, como con asco, como si estuviera sucio y no se pudiera tocar porque se quedaba pegado, a su sala de música. Decía: “tenés linda voz nena, pero si no dejas de faltarle el respeto al padre del aula, no vas a seguir en esta prestigiosa institución”. Yo que sé. No le entiendo.
Y se esmeraba en hacerme la explicación inverosímil de que amaba tanto tanto a los niños Don Domingo Faustino que les puso a todos un guardapolvo y los sacó de sus casas a las seis y media de la mañana para que la profesora de música les tironeara el uniforme. Chupate otra.

Dejadme en paz

Es que en mi casa había más equipo. No hacía frío de muerte ni había que ponerse la pollerita tableada en el invierno marplatense. Me podía llevar los libros a la cama, mi mamá sabía hacer té a toda hora y a la tarde había olor a tortas fritas. Ni hablar.
Pero lo mejor era que no tenía nada que envidiarle a la escuela. Mi papá sabía hacer cuentas muy pero muy rápido, mi mamá tenía novelas de todos los colores. Listo el pollo. Para más necesidades me habían comprado un mapa grande que servía para encontrar cualquier sitio que uno viera en la peli del sábado a la tarde.
Pero nada podía imaginar la profesora de música de los tesoros que yo tenía en mi casa, y que me habían hecho dueña de los secretos del universo: tenía ni más ni menos que una enciclopedia de cuatro tomos, y un diccionario de tres. Ella seguramente ni sospechaba lo que podía esconder una mañana sin escuela con té en la cama, y tomos de la enciclopedia desparramados por entre las mantas. Ni lo imaginaba porque su vida estaba sujeta a los sonidos del Himno a Sarmiento, al olor a tiza y a un piano que aullaba en las mañanas de invierno. Qué pena.
“La fatiga su descanso y calma”: andá a saber. Insistía en hacerme cantar el indescifrable logaritmo de palabras entremezcladas que carecían para mí de todo sentido. O fatiga o descanso, o más o menos, es decir calma. Como resultado, comprendí que Sarmiento sería una persona muy pero muy complicada, a quien yo no entendería hasta que fuera mucho más grande. Porque por alguna razón nos había mandado a todos a semejante loquero sin nuestras mamás y nuestras muñecas, y encima sin nuestros libros favoritos.  Y seguía convencido de que había hecho bien.
Con los años los castigos se volvían más crueles y menos efectivos, y mis tendencias adolescentes a tentarme de risa en medio de los sagrados rituales me llevaban a diario a la penitencia en un museo oscuro de ciencias naturales. Yo relojeaba de a ratos y concluía sin demasiado esfuerzo que mis experimentos eran bastante mejores.
Fueron años los que separaron aquel himno indescifrable de mi real aprendizaje de Sarmiento. Pasaron hojas de calendario antes de que pudiera ponerme en la piel del sanjuanino que había llegado a presidente, y entender que la higuera y doña Paula no eran exactamente el eje de la cuestión. Antes de que pudiera ver cómo la proliferación de chiquillos inmigrantes habían hecho de las calles de Buenos Aires una torre de Babel, que ni siquiera iba a ser ordenada definitivamente por una ley de educación primaria obligatoria.
De allí en más intenté entender por qué para aquella pobre mujer había sido tan importante que yo repitiera las líneas que como un mantra daban sentido a su vida menguada por las circunstancias.
Ella me habrá apartado para siempre del piano. Pero yo no me quedé atrás: me aparté para siempre de las atrocidades cinematográficas de aquel museo. Las mezclas que yo hacía en la soledad de mi habitación eran bastante menos sistemáticas, pero también mejor olientes. Experimentaba, por ejemplo, acerca de cuántos días demorarían en pudrirse las hojas de los árboles en frascos cerrados. Y en los ratos de silencio, desarrollaba la tesis de que entrecerrando un poco un ojo, con el otro veía las bacterias; tal era la importancia de tales microorganismos al decir de mi madre, que los llamaba caseramente microbios. Los microbios estaban en todos lados y yo, sádicamente, primero los miraba y después me los comía, con tal de llevarles la contra, ya que me habían explicado que eran invencibles.
Del Día del Maestro, ni hablar. Mi mamá se olvidaba del regalo, y siempre comprábamos a la noche lo que se podía. Yo nunca estaba al nivel de los que se habían esmerado una semana, o de los que, en plan organizado, habían juntado dinero para una joya. La relación entre los regalos y Sarmiento fue siempre para mí una incógnita. Gloria y olor, creía yo, y me extrañaba sobremanera. Porque la profesora de música, con su extraño aroma a cosméticos rancios, tenía el olor, pero se llamaba Esther. Qué raro, dije yo, y me dediqué a pensar en otra cosa para perder más tiempo.

Sarmiento

No lo abruman el mármol y la gloria,
nuestra asidua retórica no lima
su áspera realidad. Las aclamadas
fechas de centenarios y de fastos
no hacen que este hombre solitario sea
menos que un hombre. No es un eco antiguo
que la cóncava fama multiplica.
O, como éste o aquél, un blanco símbolo
que pueden manejar las dictaduras.
Es él. Es el testigo de la patria,
el que ve nuestra infamia y nuestra gloria,
la luz de Mayo y el horror de Rosas.
Y el otro horror y los secretos días
del minucioso porvenir. Es alguien
que sigue odiando, amando y combatiendo.
Sé que en aquellas albas de setiembre
que nadie olvidará y que nadie puede
contar, lo hemos sentido. Su obstinado
amor quiere salvarnos. Noche y día
camina entre los hombres, que le pagan
(porque no ha muerto) su jornal de injurias
o de veneraciones. Abstraído
en su larga visión como en un mágico
cristal que a un tiempo encierra las tres caras
del tiempo que es después, antes, ahora,
Sarmiento el soñador sigue soñándonos.

Jorge Luis Borges

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