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Cultura

CINE DE GRANDES

Perdida en Baires

Descripcion

13.09.2009 | “Anita” es la última película de Marcos Carnevale, y me pone en un brete. Hay público que llora a mares, y por eso dice que es muy pero muy buena. Yo no quiero ser el crítico de la propaganda de Coca Cola, diciendo que una peli es olvidable mientras la chica del público la disfruta. Pero más o menos.

Hace unas semanas, en el programa “Talento argentino” se presentó una mujer que hacía danzaterapia como recurso para sobrellevar el enorme drama de su hijo enfermo crónico. Hablaba de su amor de madre, y realizaba un esquema de danza que era claramente amateur, como el que cualquier persona en similares circunstancias podría realizar para canalizar un esfuerzo afectivo más que loable. Los jurados del programa se decretaron inhábiles para evaluarla, en virtud de la alta sensibilidad de su perfomance, y la habilitaron para presentarse en cada una de las rondas siguientes para continuar dando su testimonio.
Disiento. El programa busca talentos, y por más excelso que sea el cometido de la madre, debe ser presentado en otros ámbitos, especialmente pensados para esa actividad. Porque el arte no es lo mismo que la destreza, ni que la voluntad expresiva con extraordinarias intenciones, que puede cumplir además una función social inconmensurable. El espacio es inadecuado, y la respuesta del jurado, descomprometida y efectista.
Por eso cuando hablo de “Anita”, la cuestión exige un prólogo. Dejo de lado seriamente que sea una labor extraordinaria que una chica con síndrome de Down haya interpretado de cabo a rabo un personaje sin fisuras, y sostenido la filmación completa, que es de por sí una tarea pesada y llena de sacrificios. Dejo de lado también el tema de que es importante contar historias que incluyan personas diferentes, ya que esta convivencia integra la enorme lista de temas de los que los adultos preferimos no hablar, porque hacemos como si por no nombrarlos no formaran parte del universo de lo que aún no hemos resuelto.
En nuestro interior se da el conflicto, afuera la inclusión se resuelve sola: los chicos con síndrome de Down integran familias como cualquier otra, y son fuente de un amor incomparable para sus padres. Tema cerrado. Digo esto porque la cuestión humana que menciono debe quedar excluida de la evaluación de la película, de la misma manera que sucede cuando se tratan otros temas de honda sensibilidad social que son, sin embargo, más transitados. Aquí algo me hace pensar que es políticamente incorrecto plantear una crítica puntual a un film que incluye un personaje Down, o la tragedia de los sobrevivientes de la AMIA, como si su simple presentación lo convirtiera en una obra de arte. Discutámoslo.

Muy dicho

“Anita” es un film previsible, y eso no es deseable a la hora de abordar una temática poco tratada, ya que el mundo que rodea las consecuencias del atentado inexplicable y no esclarecido era territorio virgen para la recreación histórica. Evidentemente, los antecedentes televisivos del director -que es a la vez coguionista- lo han conducido a frases remanidas, a recargarse de lugares comunes, y aun más, a incluir diálogos que no parecen enunciados por un profesional. Algunos actores luchan contra esto, y procuran a brazo partido llevar adelante la propuesta, tratando de hacer de estos textos, algo digno de ser oído. Pero Luis Luque, por ejemplo, sobreactuado, haciendo su eterno personaje de marginal desaseado que transpira por los excesos del alcohol, dice: “vos te caíste de la escalera y yo me caí de la vida”, o “vos sos mucho más inteligente que yo”. Aun un novato sabe que no parece conveniente decir lo que el espectador debiera pensar solito.
La premisa inicial es que todos somos como Anita, que quedamos perdidos luego del atentado, ya que las demás personas -que no padecen su síndrome- están igual que ella: aturdidos, sin saber qué hacer, buscando una explicación a lo inexplicable, mirando el cielo en busca de una cifra, de una clave que oriente el presente que parece no provenir del pasado de hace unas horas.
Bien, como premisa es floja e insuficiente: aunque tal vez hubiera sostenido un unitario de televisión, falta cuerda para un largometraje.
La estructura dramática es poco sólida. Alejandra Manzo, Ana, está muy digna, pero viene de hacer teatro con maestros que evidentemente han logrado despertar en ella resortes de actuación. En este caso, interpreta a una chica extraviada que se topa sucesivamente con personas que ni atinan a llamar a la policía, ni a hacerse cargo de que viven en la misma ciudad donde ha explotado la mutual judía, con la consecuencia de casi un centenar de víctimas. Otro planeta. Si bien dicen temer que sea internada en un psiquiátrico, nadie hace nada por encontrar a la familia, cuando cualquiera recuerda que en aquellos días se construyó rápidamente la leyenda urbana sobre los supuestos sobrevivientes golpeados y heridos que estarían vagando por Buenos Aires.
Otro ejemplo es la enfermera Nori, Leonor Manso, que da muestras concretas de estar llevando adelante un guión imposible que la lleva a desempeñarse como si fuera una principiante.
Y si esto fuera poco, el autor pretende escapar de los golpes bajos o no caer en escenas de mal gusto, pero se desliza por otra barranca empinada que es el estereotipo. Un gran estereotipo que recorre la pantalla de punta a punta, y solamente deja a salvo a la pequeña Anita diciendo sus textos con certeza, reproduciendo sus rituales diarios con solvencia. Su relato de iniciación es sostenido solamente por ella, y por la maestría de Norma Aleandro, que puede convertirse en columna vertebral de la película, incluso con escasos veinte minutos de actuación y un personaje plano. Poca cosa.
Es poco para ser el primer largometraje que aborda temáticas tan densas, y que además cargó expectativas sobre un elenco importante. No hemos olvidado el atentado a la AMIA, y es posible que la representación de la periferia de la explosión esté resuelta de forma interesante. Es cierto también que se logra una fotografía aceptable. Pero nunca se puede olvidar que todos están actuando la historia de Anita, como si estuvieran nada más que cumpliendo un sueño. No se ha podido dar verosimilitud a una historia que necesariamente debería insertarse como “posible” dentro de la historia nacional. Pasó lo peor, si tomamos en cuenta las pretensiones de la obra: no la creí, nunca.
Pero hubo otros seres a mi lado, habitantes de butacas vecinas, que evidentemente necesitaban menos ayuda de la mano del creador para llorar el itinerario de la sobreviviente perdida en Baires.  Y lloraron. A mí me hubiera gustado.

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