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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De

Cultura

AGUAFUERTES VIOLENTAS

Amor de padres

Descripcion

13.09.2009 | Los hechos que marcan el paso del tiempo en el aspecto cultural son muchísimos. Pero para ver desde un sitio cómodo y estable la manera en que cambian las cosas, no hay nada tan práctico como examinar los nuevos puntos de vista. El mundo en algo avanza. No será en mucho, pero es algo.

Lo llamamos punto de vista para acortar, claro. Porque habría que decir  “cambios que se producen en la manera en que el hombre mira la realidad que lo circunda, y en la carga emocional con que la evalúa”. Y a eso se suman las modificaciones que sufren sus usos y costumbres para hacer que algo le resulte cierto, discutible o probable. Nada tan histórico como el concepto de verdad. Nada tan discutible como decir que lo que hoy es, mañana será, y antes fue.
Digo todo esto con pinta de perogrullada porque no lo es. Porque esos usos y costumbres hacen que admitamos o no ciertas prácticas como parte de la literatura del lado de los buenos o de los malos. Hace años nos contaban la historia caballeresca del príncipe que se enfrentaba con el dragón a lanzazos para rescatar a la doncella cautiva, y que sería premiado con la mano de la chica como prenda a su coraje. Hoy casi ni se sostendría. Habría que ver cuántos ejemplares de ese dragón quedan en pie en ese mundo fabuloso, para sacar la cuenta de si vale la pena matarlo, porque al fin y al cabo doncellas hay muchas, y dragones no. Además, es un animal mitológico; de encontrar uno sería más cinematográfico rescatarlo de los experimentos genéticos de la “agencia” que traer a la pánfila de la princesa, que de seguro es una consentida, que hasta cree tener derecho de copiarse en la facultad, porque tiene auriculares invisibles. La sola presencia del dragón sería más majestuosa que la de cualquier humano y nadie se jugaría a perder el prodigio por quedar como un valiente. O sí, y diría que lo tuvo que matar porque era el camuflaje de las armas nucleares de otro.
Por otra parte, la mano de la princesa como premio a la gesta ya no es admisible ni siquiera en el cuento infantil, porque cualquier pequeño de jardín de infantes diría que es posible que al muchacho no le guste esa chica, o no se haya enamorado de ella, o no sea la novia que él quería tener. Y en vano será explicar que las casas reales eligen esposa por otras razones, porque ya hasta los príncipes se casan con quien les da la reverenda gana.
Siguiendo con el ejemplo del cuento tradicional, las repeticiones de Caperucita Roja cada vez se sostienen menos ante la audiencia contemporánea. Por un lado, el personaje del leñador es casi innombrable. Recuerdo yo muchos otros cuentos en los que llegaba ese trabajador del asesinato vegetal como representación del hombre simple y fuerte que terminaba en misión de rescate. Hoy sólo es apto para afiches de Greenpeace, en los que se mencione a un mercenario capaz de cualquier cosa por unos pesos. Me refiero al sujeto de la camisa leñadora al que corta árboles con un hacha: ningún niño en edad escolar se identificaría con él. Ya casi no se puede contar ese cuento en que para salvar a la ancianita alguien mata al lobo y le llena la panza de piedras, vaya crueldad a nuestros ojos. El lobo come por instinto y más valdría matarlo dignamente para salvaguardar a la familia que someterlo a semejante tortura.

Mambrú

Y hay más. El soldado que marcha para la guerra es insostenible como personaje positivo en el mundo contemporáneo, lejos ya de la imagen de cándido que marchaba -como los tres alpinos- a proteger su nación de fuerzas extrañas. El soldado de hoy como parte de un ejército profesionalizado, poco tiene de aquella vida tenida por ejemplar en otras épocas, en las que el honor pasaba por la defensa del territorio.
El tiempo sienta a los espectadores de diferente lado de la platea, y hoy –me atrevo a decir que afortunadamente- ciertos procedimientos son imposibles de aceptar. Por ejemplo, los castigos ejemplificadores a los chicos.
Cuando yo era chica consumía cientos de revistas de historietas, como las de La pequeña Lulú, quien padecía a una mamá muy glamorosa que le pegaba algunas veces con un cepillo de pelo, y otras con un elemento muy pintoresco  hecho para sacudir las alfombras. Solamente verla dibujada con el cepillo en la mano sugería el final de la historia. Nadie podría leer hoy la tira y entender el código sin horror.
Una reunión de amigos de cuarenta y tantos muestra la generación de la inflexión, y el cambio. Algunos cuentan que sus padres los golpeaban de una forma absolutamente natural, y además anunciada: “en un rato te voy a pegar”, o “cuando llegue tu padre, cobrás”. ¿Alguien me puede explicar qué quiere decir cobrás? ¿Será el modo en que se enseñó a utilizar el lenguaje cínico como una manera de generar resentimiento familiar? Por algo no somos nosotros ninguna maravilla: no pegamos, pero usamos la palabra de manera incisiva.
Más de una vez hemos estado en la playa y escuchamos a una señora fastidiada porque se le corre el bronceador: “Florencia, ¿querés cobrar?”. La nena la mira azorada y le dice: no… Lo cual quiere decir, “¿cómo se te ocurre que puedo querer?”.
Una mujer odiosa le decía a su hijo, a la vez que le tiraba del pelo como de una rienda de caballo: “¿te gusta?”. Estoy desquiciada o es un gesto únicamente destinado a generar en el otro un odio encarnizado. Es una madre con rabia. Rabia de que el hijo esté allí, porque la sociedad dice a cada rato que la maternidad complica la vida individual de la madre, pero aún no ha aceptado la posibilidad de renunciar a ella sin lidiar con el rechazo de las miradas familiares. Punto de vista a medio camino.
Ya no hay películas en las que se vea el castigo a los niños como un hecho naturalizado. Los golpes son violencia sobre un débil, y muestran los daños de una familia disfuncional. Los usos y costumbres de este país ya no los aceptan como parte de la verdad contable, puesta en palabras o en imágenes. Pero aún queda el universo del discurso, y las frases que socavan no solamente la identidad -“sos igual a tu padre, no vas a llegar a nada”- sino también la culpa: “¿por qué no estudiás? ¿Por qué me haces esto a mí?”.
Seguimos generando el miedo a través de las palabras como instrumento de control, y no hay demasiadas voces de alerta sobre su efecto arrasador. Incluso nadie se escandaliza demasiado cuando dicen los padres en pleno restorán: “ahora viene el señor y te lleva”, o “me voy, me voy y te quedás solo”. Dios santo, libéranos de los padres amorosos. Es una cuestión de punto de vista cambiante, lo sé. Una abuela decía: “porque te quiero te aporreo”. O en otros momentos más filosóficos: “quien bien te quiere, te hará llorar”. Todos creían que eso era la sabiduría.

Con un lápiz

La perspectiva es el arte de dibujar volúmenes en un plano para recrear la profundidad y la posición relativa de un objeto. El punto de vista. En un dibujo, la perspectiva simula la profundidad y los efectos de reducción a las dos dimensiones, tal como los apreciamos a simple vista. Pero fue recién en el Renacimiento cuando se gestó la perspectiva como disciplina matemática, para conseguir mayor realismo en la pintura.
Es también perspectiva esa ilusión visual que, percibida por el observador,  ayuda a determinar la profundidad y situación de objetos a distintas distancias.
Por analogía, también se llama perspectiva al conjunto de circunstancias que rodean a aquel que mira un asunto, y que influyen en su percepción o en su juicio. De ahí que se diga: "veamos este problema con determinada perspectiva".
Desde un punto de vista geométrico, podemos simular el efecto visual de la perspectiva proyectando los objetos que son tridimensionales sobre un plano en la denominada perspectiva cónica. Recibe este nombre por el hecho de que todas las líneas de proyección parten de un punto a modo de un cono. Por este procedimiento se pueden obtener imágenes realistas. Sin embargo, no puede imitar la visión estereoscópica del ser humano.
Nos dicen que un método sencillo para calcular y comparar proporciones, sobre todo distancias verticales y horizontales, consiste en usar un lápiz como regla. Seleccione el objeto que quiere usar como parámetro para el dibujo y luego tome un lápiz con la punta para arriba, sin olvidar sostener el brazo bien estirado. Alinee la punta del lápiz con la parte superior del objeto, y el dedo con la parte inferior. Esta medición permitirá calcular proporcionalmente los otros objetos. Quizá debamos empezar a estirar un lápiz cuando la realidad nos meta en problemas de dimensiones exorbitantes.

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