20.09.2009 | “El secreto de sus ojos” es la película del año. Y habla de todo lo que no se puede. Del sistema judicial argentino, que no se puede arreglar. De un amor que no se puede nombrar. De una muerte que no se puede olvidar ni cobrar. La cuestión es qué hace uno con lo que le queda en las manos.
Si hay algo maravilloso en envejecer es adquirir el poder impune de desdecirse. Poder decir “yo, que una vez dije A, ahora te digo B”. Jamás en la vida creí que entraría a una sala de cine a ver una película en la que actuara Guillermo Francella: casi diría que por una estúpida cuestión de principios le venía esquivando el bulto, como previendo lo nerviosa que me iba a poner ante sus miradas babosas hacia las nenas de colegio, y su picardía heredera de la soberbia itálica y la viveza andaluza, mezcla extraña de cafetín empolvado. No es santo de mi devoción, ni actor de mi pantalla.
Por eso es que me encantó que me sopapeara con una lección de teatro, que en realidad me dio el director Juan José Campanella, ejecutor de una dirección de actores que no le permite al capo cómico estereotiparse en la suya. Francella compone el primer personaje de su carrera que no es él mismo, y eso sólo ya valió la pena.
“El secreto de sus ojos” es una película sobre el poder y el no poder, sobre la imposibilidad, sobre las manos atadas. Es sobre todo lo que se nos impone sin que atinemos siguiera a reflejar la angustia que nos produce que la vida nos tire con artillería pesada. Es un filme sobre todo lo que no podemos hacer cuando se va el tren a Jujuy en la vida de alguien, cuando se va el tren del amor, el tren de la historia nacional, con unos atropellos y unas muertes que no se irán de nuestra retina ni aunque pasen treinta años.
Es una película sobre todo lo que no tiene arreglo. Porque la venganza no le sirve a nadie, y no arregla nada ponerle cuatro tiros a quien se ha llevado la mitad de tu vida. Es un filme que juega a decirte, como el personaje del viudo Morales: “no piense más, sáqueselo de la cabeza y no piense más”, cuando sabe que el efecto será el contrario.
Y el espectador se identifica con el protagonista Benjamín Expósito –Ricardo Darín–, que no ha podido sacarse las imposibilidades que le ha planteado la vida: ni a la mujer que amó y creyó lejos, ni a la mujer que vio muerta a golpes. Nada se va de su mente, y necesita de una vez por todas hacer que las fichas ocupen un lugar relativo para descansar: escribir una novela.
La película recorre los vericuetos del policial negro con reminiscencias de los cincuenta, entre la novela que nos muestran y la que él escribe. Es un empleado judicial que se ha jubilado, y por fin se dedicará a la escritura del caso de violación seguida de muerte que definitivamente cambió su vida en 1974. Pero ese episodio es el filtro desde el cual puede verse la estructura, la máquina que solamente puede producir miedo: un sistema judicial que juega el rol que le cabe en cada uno de los episodios históricos que sacudieron esta nación.
El proceso
Toda la historia se sostiene en un sistema judicial inexplicable. La construcción imponente del edificio que alberga a los magistrados y sus equipos de trabajo aparece como una burla irónica frente a la anarquía, la desidia y un entramado de intereses que poco tienen que ver con aquello que se supone equilibrado en las columnas grandilocuentes, capaces de sostener a los cielos. Un juez es un pedante que cumple con la fantasía negra que todos hemos tenido alguna vez: no tiene idea de lo que firma, y sus empleados sostienen el chiste haciendo firmar su propia declaración de incapacidad para el cargo. Una secretaria de juzgado que asciende por supuestos méritos académicos que nadie conoce, y por un apellido escocés que le abre las puertas. Unos teléfonos que no comunican con los ciudadanos del mundo exterior. Unos ordenanzas inútiles que pasan con la temporada, y que son poco más que mascotas. Unos personajes intocables, y un círculo que utilizan los convictos para los fines non santos de cuanta organización delictiva ancle en funcionarios del Estado. ¿Le suena? A todos.
Las secretarías de los juzgados se pelean para no hacerse cargo de las causas, porque si no tendrían que trabajar, y se las tiran como fardos de pasto indeseables. En medio de la desidia generalizada, el que pone en marcha la rueda es un empleado que no pertenece al mundo profesional del derecho: un perito mercantil que es oficial del juzgado y cose expedientes a la antigua, con aguja e hilo. Expósito es que el cose, el que junta las hojas. Y a la vez reúne las piezas de este rompecabezas macabro del caso policial que se le ha venido a parar adelante.
Y no lo puede dejar. Porque se lo impiden los ojos del viudo, esos que no encuentran un espacio en la cabeza que saque sus días de las nada.
La película impacta, a qué decirlo. Desde donde se la mire: el sentido, la historia, la narración y los actores. Pero se podría escribir solamente sobre las miradas, como si el casting hubiera estado hecho sobre actores que miran, y miran bien.
A estas alturas es redundante hablar de los ojos de Darin, de su capacidad expresiva y de su potente presencia escénica que lo deja parado siempre en la verosimilitud en la interpretación de cualquier personaje. Los ojos de Soledad Villamil son de los más poderosos del cine nacional, y sus rasgos le dan un plus interesante para la pantalla grande. Aunque en este caso, es ella uno de los sitios más delgados del hilo: su personaje tiene rasgos ñoños frente a la tragedia, no alcanza la densidad necesaria para ser la mujer capaz de enfrentar al sospechoso del crimen y hacerlo quebrar. Le falta carnadura.
Pablo Rago, desde una mirada casi infantil, sostiene la película en los ojos del amor mostrados con lente macro. Nadie puede mirarlo a los ojos a él sin sentirse por un instante el enamorado de la historia. Es el hombre que sigue al pie de la letra las indicaciones, el simple, el que espera, el que se hace cargo del trabajo hormiga para que todas las cosas estén donde deben estar.
Cuando el espectador la vea, me dirá qué hacemos con la posible lectura simbólica. Es decir, con entender que la víctima y los deudos de este crimen son las víctimas de los crímenes de la historia nacional para los que alguna vez se pidió perpetua. Allí sabremos si la novela de Eduardo Sacheri, “La pregunta de sus ojos”, está llevándonos a pensar -más allá de un crimen inmerso en una historia de amor bellamente contada- qué es lo que vamos a hacer nosotros con nuestra propia historia. Cómo es que damos salida a ese secreto que guardan los ojos de todos los que han nacido por aquí.
No deje de verla por segunda vez, porque la historia, trascendida ya la intriga, le hablará de nuevo.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.