20.09.2009 | Si hay algo que quedó atrás, es aquel mote que rellenaba nuestras adolescencias con miradas esquivas de abuelos y tíos, vivillos y cínicos como pocos: estábamos nosotros en la edad del pavo. Y más aun lo estábamos cuando se acercaba la fecha del picnic de la primavera, ocasión de pavos en exposición.
Era el momento en que nuestros familiares comenzaban a planear la manera en que lograrían permitirnos disfrutar del mentado encuentro con todos los compañeros del curso, y a la vez mantener el alerta permanente.
Eran madres y padres de chicas. Los padres de varones descansaban en la completa tranquilidad de que los intereses de sus hijos comenzaban y terminaban en la pelota de rugby -que llevarían o improvisarían con un par de abrigos atados- y aquel disco de Almendra que al fin habían conseguido comprar. Los padres de varones consideraban que el picnic de la primavera era lo más normal del mundo, ya que no los atizaba la fantasía de resultar abuelos precoces de hijos díscolos. A los nuestros, sí.
Las madres y tías de las chicas comenzaban a tirar líneas para ser ellas las que acompañaran al grupo en la salida al legendario balneario Alfar: aseguraban que esto les representaría una extraordinaria ocasión para tomar un poco de sol. Nosotras, con la malla en la mano, las mirábamos desoladas al son de “no pueden hacernos esto”. Ellas sostenían un desesperado intento de que las chicas de la familia jamás tuviéramos vida en el ámbito de lo privado, porque tal privacidad era para la época, el principio del fin.
No es que nuestras compañeras no quedaran embarazadas a los dieciséis años. Por supuesto que sí lo hacían, y así ha sido desde que existe el mundo. Pero lo cierto es que no acontecía a los catorce. Y las que quedaban embarazadas, se casaban y así pagaban sus culpas. Esa era la regla de oro, y ninguna familia decidía hacerse cargo de un plumazo de las dos crías.
Para evitar aquellas complicaciones, al principio íbamos al picnic con chaperonas, hasta que comenzamos a tener los suficientes bríos para negarnos. Pero aun en el momento en que lo conseguíamos, estábamos a la expectativa de que la visita de nuestros padres se concretara en cualquier momento. Anunciado hasta el cansancio, el mensaje era: andá, pero mirá que te voy a ir a ver.
Pavos de veras
No había forma. Las muchachas no teníamos esfera de lo privado, y consideramos que no la tendríamos jamás. Nos comprábamos la ropa con nuestra madre o nuestra abuela. Nos revisaban el correo aun a riesgo de que les explicáramos que se trataba de un delito federal. Nos pedían todo lujo de detalle acerca del significado de los símbolos que incluíamos en las cartas a nuestras amigas. Todos nuestros actos eran hechos públicos en la familia: “Susana va a salir hoy con Alberto. Habrá que ver cómo se portan”.
Es que no nos ponía una ficha nadie. Estábamos en la edad del pavo para todo el mundo y ninguno de nuestros actos, por ende, era digno del más mínimo respeto. Nuestras acciones eran entendidas por la familia como provisorias y estaban sujetas a las posibilidades de germinación del futuro. Estábamos en la edad del pavo, el pavo que se engorda para más adelante, para que sirva de menú navideño. En aquel presente, no servía ni de decoración al corral, porque tenía acné y dientes grandes. Un adolescente era un “mientras tanto”.
Por lo común, las escenas privadas estaban mal vistas en el ámbito de lo familiar, escolar y social. “¿Qué hacen ustedes solos aquí?” era una frase común y corriente. No había forma de estar solo un rato con alguien, ni siquiera caminar con una amiga por la orilla del mar: ¿qué hacían?, ¿de qué hablaban?, ¿qué dice Norita de esto y de aquello?
Nuestras madres supervisaban lo que teníamos puesto, es decir nada demasiado ajustado ni demasiado desabrigado, ni escote, ni mini. Un buen jogging, un short grandote y una remera donde cupieran dos como nosotras. Un buzo talle 52 y zapatillas Topper. No te olvides la campera, nena. Llegábamos envueltas en pilcha como un esquimal.
La comida la hacía mi mamá, y como en mi casa me encantaba la tortilla de papas, también me debería gustar en público. Pero la verdad es que la tortilla me dejaba un olor a rotisería que iba en contra de mis planes subsiguientes. Así que en general la canjeaba por unos de esos pebetes de jamón que habían improvisado las madres menos dedicadas. De todas maneras, el olor penetrante de la tortilla había ya invadido mis fueros más íntimos, y no había arreglo. Esquimal encebollado: virginidad garantizada.
Todo el mundo tomaba el 221, cuanto más temprano mejor. En general supervisados por algún adulto que verificaba que nos encontrábamos con el grupo, y que no había infiltrados de otra escuela. Estuvimos horas explicando que el desconocido en cuestión era el hermano de Fulano, que iba en otra dirección y que ni siquiera lo conocíamos. Peor.
Ya allí marchábamos a renacer, a sacarnos las pelusas del invierno. A recordar cómo era el mar y quiénes eran esos que iban a la escuela con nosotros si les sacaban el blazer azul. A hablar de algo que no fuera la prueba de matemáticas. Y nada más; los compañeros de curso eran como primos y no nos movían un pelo. La cosa estaba en tomarlos como excusa para poder entrar en diálogo con algún muchacho del Industrial que estuviera casualmente por allí.
Brotes de pavo
Es que la primavera es el renacer, y alguna vez el pastor de Europa le había compuesto poemas maravillosos, llevado por la alegría de comprobar que se iba la nieve, y él y su ganado habían sobrevivido. Habría otra cosecha y otro año de vida y otros hijos. Nosotros festejábamos nada más que el abandono de la bufanda. Algunas afortunadas, la recuperación de la musculosa. Yo no, porque no me dejaban. Bueno, no me la prohibían. Mi mamá la hacía corta: no había elementos para la depilación axilar, es decir “musculosa vedada”. Ella decidía cuándo se depilaba uno, es decir cuando fuera a la playa si es que estaba para malla. Piernas peludas, virginidad garantizada. ¿Hablé de lo privado?
En este lado del mundo celebrábamos un día fusible donde podíamos salirnos de la mirada adulta por un ratito, en una época en la que no había botellón ni tetrabrik, aunque sí toda la voluntad transgresora del mundo. La cosa era cómo y cuando pasar la voz para la fuga, y hacer lo contrario de lo que nos hubieran encomendado, gracias a Dios.
No había ojos seguidores como los de mi madre. Por suerte, a los pocos años dejé de creerle. De otra manera no hubiera habido picnic que celebrara el surgimiento vivaz de las feromonas, que yo creía que eran plantas trepadoras. En realidad, capaz que trepaban por mi lóbulo frontal con la lentitud de un veneno haciendo estragos. Pero no es el caso.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.