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99.9 Radio Mar del plata
VIE 12 Marzo 2010 | Mar del Plata

Columna
De Adriana Derosa

Cultura

CINE DE GRANDES

A fuego lento

Descripcion

27.09.2009 | “Julie y Julia” es la nueva película de Nora Ephron, que despertó el interés indiscutido del público femenino. Sólo puedo prometer la belleza de las imágenes y una estimulación sensorial interesante sobre los básicos intereses humanos del apetito. No lo hará volar, pero sí producir saliva.

Quienes comentan una película, no lo hacen desde un sitio aséptico, como una sala de aislamiento de una clínica de recuperación. Eso sólo sucede a los críticos que asisten a funciones especiales en las que se privilegia la soledad del encuentro con la obra. En este país, muchas veces el objetivo no se cumple: amigos y acompañantes hacen el mismo ruido con las palomitas de maíz que los chicos del sábado a la tarde.
Yo veo las películas en situación normal, si se entiende por normal ocasiones similares a esas en las que las que ve todo el mundo. Con la misma cola, el mismo frío, en ese encuentro social de una sala pública donde la realidad nos despeina un poco y nos saca del limbo intelectual en que el arte se desintegra.
Vi “Julie y Julia” con mayoría de público femenino de tercera edad, y algunos maridos que parecían arrastrados al compromiso. Una señora entró vociferando con sus amigas: el esposo de Fulana no terminaba de morirse nunca, y ella se había hartado de estar en la clínica. Otra me gritó que retirara el teléfono celular de mi falda, porque -aunque estuviera silenciado- le molestaba: era como una amenaza de sonido o de iluminación intempestiva. La misma señora comentó en voz alta su sensación ante cada cuadro del filme, a todo el auditorio.
Ciertas personas acuden al cine muy contaminadas por el fenómeno de las películas en el living, gracias al auge de la reproducción doméstica. Trasladan a la sala sus vicios con toda la impunidad del caso. Por eso hablan como si esta función tuviera la misma tecla de pausa que el control remoto, y hacen apreciaciones acerca de las situaciones que observan, la brillantez de las actuaciones, o el truco de la luz. Debería existir una sanción social a la interrupción, mucho más severa que el chistido.
Hay veces que los espectadores mismos se confabulan y constituyen un complot homogéneo de habladores, que se contestan de fila a fila: son los famosos grupos de amigos que se encuentran en el cine cuando deberían hacerlo en un café. Eso fue lo que pasó.

Mi ritual


Es decir que vi la película, pero complicada con el entorno. Tenía una butaca entre dos grupos numerosos, y los codos hundidos en mi propio abdomen, ya que la profusa abundancia de comida hacía que las espectadoras colindantes se hubieran sentado como verdaderas aves a punto de levantar vuelo: las golosinas y bebidas hicieron un picnic primaveral de puertas adentro.
Vi una película de cocina que reproducía un prodigio tecnológico: por uno de los avatares el destino estaba yo viendo cocinar, pero sumergida en una nube de olor a fritanga pocas veces visto: habrá que ver el esfuerzo de producción.
Lo digo así porque a estas alturas, todos saben de qué se trata la última de Meryl Streep, que coprotagoniza junto a Amy Adams: la historia de dos cocineras separadas por cincuenta años de historia, en momentos cruciales de sus vidas. La primera ha sido la inspiración de la segunda, pero ambas llegaron a la cocina en un momento en que sintieron un vacío existencial y la insatisfacción ante sus propios desempeños laborales. Ambas trabajaban en oficinas del Estado y habían visto de cerca las consecuencias de tragedias: la primera con la Segunda Guerra Mundial, la segunda con el atentado contra las torres gemelas.
Ambas encontraron en la cocina un arte cuyo desempeño daba estabilidad a la realidad, y hasta cierto grado de previsibilidad en las consecuencias de los actos humanos. La receta de cocina se apoya en la fe de que reproduciendo unas acciones, las consecuencias pueden ser de controladas. La receta habla de mundo estable en la que una causa genera un efecto, y no otro. Una comida hecha sobre una receta siempre es la misma, o al menos eso pretende un libro de cocina.
Las dos mujeres tuvieron maridos tolerantes con sus carreras públicas, pero ninguno de los dos tuvo una carrera personal cuyos destellos pudieran resultar eclipsados por los de sus mujeres. El primero interpretado por el siempre discretísimo Stanley Tucci. El segundo, Chris Messina, es el soporte de la crisis de cada fracaso.
Hasta aquí las coincidencias, porque los cincuenta años de historia que las separan dejan estelas en las prácticas de rutina. Julia Child, la cocinera emblemática de Norteamérica de los cincuenta, representaba un prototipo femenino cuya vida económica estaba resuelta por la actividad de su esposo. Podía probar seis veces la receta de la langosta Termidor hasta que fuera perfecta, y vivir en una amplia casa parisina a cuenta del Estado. Podía pensar, relajarse, y hasta tomar con calma la realización de un libro que le costó ocho años de viajes internacionales y desvelos. La segunda, Julie Powell, tuvo que lidiar con la realidad de 2002. Sumergida en un sucucho contemporáneo, con una cocina oscura y sin resto económico, se privó de horas de sueño para cumplir a la vez con su empleo de mala muerte, y con un desafío que la devolviera a la vida: realizar todas las recetas de Julia, y comentarlas en un blog.

Hasta acá


La película de Nora Ephron no es una obra de arte, pero sí un compendio de imágenes bellísimas y de planos estimulantes, que ponen ante el espectador dos vidas marcadas por las épocas que atraviesan con las cacerolas en la mano. Algo no permitió condesar la narración como hubiera hecho falta, porque el relato se vuelve moroso y reiterativo. De hecho, los vericuetos que recorre la Child para la publicación el libro hablan de su tenacidad, pero también hacen que el espectador sueñe con adelantar algunos cuadros.
Por más amor que le pongamos, hay frases en el guión que no se pueden dejar pasar de largo, sobre todo cuando parecen verdades incuestionables y resisten poco análisis. Ejemplo: “las mujeres aprenden a cocinar porque aman a sus esposos”. No me animo ni a tipiarlo. Se me ocurren, a vuelo de pájaro, por lo menos diez razones importantes para aprender a hacer un guiso. Si él está para compartirlo, tanto mejor. Si sólo viene a limpiar el piso cuando se cae el pollo, bueno: será su forma de estar en el mundo. Si está para comer y pagar los gastos, será una pena. Pero la cocina no es un acto de servicio de género.
Huele a diablos. Creo que volveré a verla sin la señora que revuelve los pochoclos porque, sin lugar a dudas, la composición de personaje de la Streep, venida en años y caracterizada de manera formidable, vale la pena el esfuerzo. Bon appétit.

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