Columna27.09.2009 | Llega octubre y tenemos como excusa el clima que hace siempre lo contrario de lo que le estamos suplicando. La gente se concentra más o menos en los mismos sitios día tras día, llevada por unas razones secretas que se dicen explícitas. Es decir, todos nos vemos en la misma esquina, cuando tenemos una ciudad en plena pampa que no termina nunca.
Una primera observación muestra que el triángulo territorial trazado por nuestros mini shoppings ha devenido en mapa renovado del microcentro real. La gente pasea por dentro de tales espacios abigarrados, hace compras en la creencia de que se trata de una localización menos afectada por la inseguridad que otras zonas. El shopping es el sitio elegido para tomar café, pasear y ver cosas que planea comprar.
Los cines están también prácticamente concentrados en ese sector indiferente, que se desmaya de espaldas al resto de la ciudad, y que poco tiene de intercambio con las necesidades de una urbanización extendida que ha terminado desarrollando tantos centros comerciales como grupos humanos existen. La cola para sacar entrada es lo único que se hace al aire libre, y es mínima, ya que muchos se aseguran de haber reservado con anterioridad sus ubicaciones para reducir el trámite. Consecuencia evidente: nadie ve a nadie, como no le toque sentarse a su lado en la sala.
Los negocios no sólo están en los exiguos locales, sino que se alquilan los rincones de pasillos para extremar las rentas, y hay stands de lo más variados a donde quiera que cabe una butaca. Es que el shopping es un espacio especial del consumo posmoderno, que ya fue ampliamente analizado por teóricos diversos, y re diseñado en el país por Beatriz Sarlo, que desarrolló la teoría del no-lugar en versión vernácula.
Se dice que la modernidad estaba marcada por la asistencia a ciertos “lugares”, donde la comunidad se escenificaba, se implicaba en un tiempo y se interrelacionaba con un espacio determinado. Los hombres y mujeres concurrían a bailes de clubes y salones donde se veían y reconocían, a reuniones de tertulia, donde se mostraban talentos. A comidas familiares, donde se reforzaban los vínculos. A convocatorias laborales, donde se hacía específicamente eso que se había ido a hacer: negocios, con la conciencia perfecta de la hoja del calendario que estuviera corriendo, y en el sitio geográfico sobre el cual dichos empresarios -o aspirantes a serlo- estuvieran extendiendo sus tentáculos.
La posmodernidad está caracterizada por la existencia de no lugares, sitios que están totalmente desvinculados del espacio que los rodea, y del tiempo en el cual han sido concebidos. Son espacios de limbo, suspendidos en la nada.
Un shopping es un ejemplo perfecto del no lugar. Allí jamás pasa el tiempo: ni el tiempo entendido desde el punto de vista calendario, ni el tiempo diario, ni el atmosférico. En el interior de un shopping se pierde la conciencia de la temperatura exterior, no se sabe qué clima hace, ni siquiera en qué mes se está. Unas sencillas referencias escenográficas de la decoración suelen recordad que es Navidad, y que hay que comprar regalos. Fin de la cuestión.
En un shopping -como en una disco, un no-lugar algo más antiguo- no se sabe si ha amanecido o anochece, con algunos hilos de tenue tormenta en un horizonte aun color ciclamen. Nadie sabe cuántas ni cuáles son las aves que se han escondido en los árboles de la puerta. En una disco el tiempo jamás pasa, a no ser que los zapatos acusen a la dueña por sus excesos, y la obliguen a mirar el reloj. En una disco, el fin de la fiesta lo marca la billetera.
Un no-lugar jamás indica, de manera alguna, la referencia del sitio donde está enclavada. No hay en ellos ningún detalle que indique que el centro de compras se encuentra en Bariloche o en Salta. Un shopping es igual a otro. Tiene las mismas franquicias decoradas de la misma manera y carece de sorpresa, que compensa con seguridad y concierto. El visitante siente ese leve descanso interior que da ir por territorio conocido, donde sólo hay que pensar en comprar porque ni siquiera una hoja del árbol de la puerta puede filtrarse intempestivamente.
No puede terminarse el papel en el baño. No puede faltar personal. No puede haber huelga, ni paro. No hay un mago sacando palomas de una galera, ni vendedores de aspiradoras en cuotas. Nadie hace nada en un shopping que recuerde a la vida real. El shopping es un muestrario tan verídico como una pasarela, donde las mujeres son perfectas y lejanas, nunca tienen dolores, ni lloran por depresión, ni se les arruina el color del pelo.
Sólo ellos
A las puertas del shopping han dado en convocarse los adolescentes como una palada de realidad que se estrella contra los vidrios dobles, triples y cuádruples. Sin demasiado que hacer, se apoyan en los escalones a construir un lugar verdadero que lucha por atravesar las murallas del no-lugar y cambiarlo. Como solamente podría hacerlo el ejército que pretende ingresar al castillo derrumbando sus murallas.
Las barras de chicos son desprolijas, bulliciosas, desarmonizadas. Son la forma que tiene la ciudad de compensar tanto glamour junto, con un restito de vida bien terrenal. La mitad de la gente los critica a ultranza, y luego acuerda con los amigos encontrarse en el mismo sitio, o con la novia nueva para tomar un helado. Los guardias de seguridad -en tanto- los miran con cara de perros de custodia, porque ni piensan permitir que tanta juventud junta les desordene la cuadrícula. Si pensamos que un shopping siempre está trazado de forma tal que los paseantes demoran en recuperar la orientación cardinal -ya que no hay demasiadas referencias palpables allí para entrar y salir con rapidez-, solamente los pibes pueden burlar los trucos y correr de punta a punta esquivando todos los controles, simplemente porque han visto pasar a alguien.
Los adultos no les confían, y dicen que lo de ellos es pura imagen. Que solamente piensan en el flequillo y en sacarse fotos con las cámaras de sus teléfonos. Acabáramos. Con lo interesantes que somos los adultos. Con todas las cosas que nosotros hacemos, que no son compras en los mismos negocios del shopping cuyas vidrieras ellos acaban de ensuciar con las manos. Nosotros, que nos sentamos a ver pasar caras en el café, ése que ellos sólo ven de pasada porque los corren las hormonas.
No digo que el shopping sea suyo. Pero sí que cuando las pesadas puertas se abren de golpe, y entran oleadas de púberes enflequillados y enzapatillados, es como si una hoja de árbol de verdad se hubiera colado a la fuerza. Como si hubiera entrado un pedazo de la realidad exterior a este universo impenetrable. Sacarlo, les va a costar un Perú.
La ciudad está al borde del quebranto económico, y el Intendente pretende tapar el enorme agujero negro con una desmedida suba de tasas impositivas. El gasto en sueldos se triplicó, pero las cuentas dependen hoy en día de los favores que hacen la Provincia y la Nación a esta administración. Una vergüenza que esconder bajo la alfombra.
Hace unos días, los marplatenses fuimos sorprendidos por una importante pegatina en la vía pública con el rostro de Florencio Aldrey Iglesias y la leyenda Aldrey + Otero = Mafia. Lástima que esta clase de verdades se vuelquen de manera anónima, lo cual le resta impacto y verosimilitud al asunto. El tema fue recogido por distintos medios de comunicación, que reprodujeron el libelo, continuidad de una volanteada que, con la misma foto, se había desparramado anteriormente por toda la ciudad con otra leyenda: “Gallego, dejá de robar”.
Persona travesti al que la Justicia de Córdoba le otorgó la guarda de dos pequeños que eran maltratados por sus padres.