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Columna
De

Moda de crisis

08.02.2009 | Es cierto aquello de que nunca digas que de esta agua no he de beber, porque uno no sabe cuándo saltarán nuevas liebres y hablará de lo que jamás le importó.

No conozco a nadie más lejos del tema de la moda que esta escribiente. No es una cuestión circunstancial de edad y peso, sino que desde que era una jovencita espigada, me olía mal eso de “dice Fulano que hoy se usa tal o cual cosa”, donde Fulano era un famoso modisto que a mí me resultaba un don nadie que quería imponerme un uniforme que debía cambiar al año siguiente.
Salvo la minifalda de Mary Quant, a la que adherí por gusto y conveniencia, siempre preferí el anonimato de lo clásico. Quizás porque me gustaba más gastar mi plata en otras cosas que me daban mayor placer que la pilcha.
Hace tiempo –y hasta hoy- apareció la moda de la marca. Marcas siempre hubo, pero hasta los setenta eran algo que una remera llevaba atrás y escondida, salvo la coronita de laureles de las Fred Perry en el ámbito exclusivo del tenis.
La ropa finolis nunca tuvo marca, ni siquiera ahora. El tema de “lucir marca” es cosa del medio pelete, que quiere aparentar lo que no es, y sólo es carne de diván de los psicólogos que analizan cómo fomentar el consumo.

Para muestra, una serie


A veces me entretengo viendo la repetición de ese monumento a la estupidez que es Sex and the city. En algún tiempo se la vendió como una serie audaz, sólo por la libertad con la que cuatro mujeres treintañeras, solteras y profesionales hablan de sexo. Y hablo en pasado porque ya fue: nada que pertenezca más a la finiquitada era Bush que S&C y toda la chick lit.
A decir verdad, las protagonistas no hablaban de nada más atrevido de lo que podía oírse en una peluquería... en la época en que mi mamá se hacía peinados batidos. 
La novedad era ponerlo en la TV, como una graciosa concesión a la “libertad” femenina, pero jamás dejó de dar el mensaje más conservador y tradicional: la mujer sólo aspira al gran amor como meta real y final. Como las novelas de Corín Tellado, pero con un guiño posmoderno de humor “hago como que me río de esto”, pero en el fondo no me río nada.
Una mujer es libre de tener sexo -¡qué otra cosa queda sino aceptarlo!... ya no se puede encerrar en casa a estas chicas profesionales-, pero no es, hasta que no consigue un buen hombre que la ame y la guíe por los difíciles caminos de la vida. Basta ver el abatimiento de las protagonistas cuando cavilaban acerca de una vejez solitaria. Las mujeres son sentimentales, melodramáticas, incapaces de pensarse a sí mismas como seres independientes.
En realidad, la serie sólo fue una gran vidriera para vender la ciudad de New York, sus modistos, sus zapaterías, sus marcas y los lugares a los que había que ir si se quería pertenecer...
¿Pertenecer a qué? A una imaginaria clase alta que se supone feliz. Digo “imaginaria” porque esa clase alta, si es todo lo alta que se quería mostrar, no frecuenta los lugares a los que las protagonistas aspiraban. 
La clase de los verdaderamente poderosos es inaccesible, aun en la democrática América. Sigue manteniendo eso tan viejo de que “el nombre de una mujer de nuestra clase aparece en los diarios tres veces: cuando nace, cuando se casa y cuando muere”; lo demás es discreción. Los poderosos no sólo no necesitan mostrarse, sino que no quieren ni les conviene. Y Dios sabrá si serán más felices que el  resto de los mortales.
Como la serie era un gran cazabobos para los rastacueros de los que hablaba Jauretche, que existen en  todos lados, y como su meta principal era vender marcas para la gilada con tarjeta de crédito, tenía diálogos fantásticos como el que sostuvieron Carrie y Samantha una vez que ésta quería comprarse un bolso de cuatro mil dólares, cuya marca no recuerdo:
Carrie: -Pero no es tu estilo...
Samantha: -No importa. Si lo uso, todos sabrán que llegué...
¿A dónde llegó? A pertenecer. A eso que los brasileños llamaron alguna vez “café society”: Caras, Hola y demás pavadas. La felicidad es lo que los otros creen que soy. Majaderías, despropósitos, mentecateces, disparates y el resto del diccionario de sinónimos de Word de la palabra “tonterías”... Porque “boludeces” no figura.

Crisis

La palabra “crisis” viene del griego y en su origen refiere a decidir, cortar. La mejor traducción podría ser “momento de decisión”. Las crisis nos llevan a tomar decisiones.
Si yo fuera formadora de opinión en moda en alguna de estas revistas para féminas lelas (Dios no lo permita, ni por ellas ni por mí), ahora lanzaría en tapa el siguiente título, con su correspondiente artículo:

TÍTULO: ¡La hora de lo usado y lo natural!

ARTÍCULO: ¡Chicas, estamos en crisis! Los mercados se han caído, el mundo se ha vuelto pobre, las tarjetas de crédito se revelaron como una trampa y nosotras no podemos estar ajenas. ¡No señor! Una mujer actual va con el ritmo de los tiempos.
Iríamos contra el medio ambiente, contra los pobres y, lo peor de todo, ¡contra la moda! si quisiéramos renovar nuestro guardarropa, comprarnos nuevas cremas o pretender lucir espléndidas cuando medio mundo se ha quedado sin empleo...
¡Hay que ser considerada! Todo eso está out y es políticamente incorrecto, así que tomen nota, si no quieren estar afuera. Lo in es lo barato, lo sin marca o la marca trucha (dejando claro que lo es), lo viejo verdadero (¡no vintage, please!), las telas de oferta –¡el percal es súper-in!-, los vestiditos hechos por una misma o por la abuela (nuestra madre, de esto no sabe nada, es una out total), los zapatos muyyy usados y con los tacos que nos caigan cómodos, las ojotas de $10, las verdaderas alpargatas, los bolsos recauchutados, las remeras que dejó nuestro hermano mayor con unos bordados mal hechos por nosotras y que se note. Los jeans que habíamos amado pero abandonado años atrás porque “ya fueron”. Sólo hay que lavarlos y... ¡ya está: a la moda total! ¡Súper innnn!
Vestite con lo que se te ocurra, todo está permitido... ¡Hasta crear tu propio estilo! ¿A que no lo  habías pensado?... ¿Qué? Eso de tener tu propio estilo y no el que te indican los que manejan tu dinero. (¡Y tu vida, pedazo de gil!) ¿Cremas? ¡Ninguna! Para hidratar: rodajas de pepino; para cerrar poros: una máscara de clara de huevo con una gota de limón y otra de desinfectante... Para no envejecer: no hacerse problemas... (La vejez siempre se nota, hagas lo que hagas, la llevás en los ojos y en el alma, así que las cremas son al pedal). 
¡Aprovechá la crisis y vestite como se te venga en ganas! Y si podés: pensá o imaginá, que no hace daño. Podés, por ejemplo, pensar o imaginar qué es lo que te haría feliz realmente... ¿¡Lo podés creer!? Vos sola podrías decidirlo... Cuando salgamos de la crisis, si no cambiaste o no pensaste, volverás a ser la misma tonta que labura para pagar una tarjeta que te paga la pertenencia a una clase que sólo quiere pertenecer. No te preocupes: nosotras te aconsejaremos todo lo que tenés que hacer con tu vida. Y siempre por pocos pesos semanales”.   
 
Una pregunta para usted, lector varón: ¿cuánto hace que sacó la tarjeta para pagar su nuevo celular, su nuevo auto, su blackberry, su remera con dos polistas, su personal trainer o ese vino joven que cuesta un huevo y tiene el mismo color violeta que el del tetrabrik y el mismo gusto, porque es una estafa de tipos que no quieren gastar en añejar y le venden una verdura bien verde?
¡Ojo, mi varón con el techo de cristal, no vaya a tirar piedras al de las mujeres, porque a usted también lo manejan! 

Que la crisis nos sea leve  a todos.

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