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99.9 Radio Mar del plata
VIE 12 Marzo 2010 | Mar del Plata

Columna
De Amelia Ambrós

Dejame que te cuente

Una mujer que abrió un libro

19.09.2008 | Y después del título, encontró lo siguiente: “Tres Anillos para (...) Siete anillos para (...) Nueve Anillos para los Hombres Mortales condenados a morir. Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro. Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlo, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en  las tinieblas (...) donde se extienden las Sombras”. 


Era un atardecer del octubre frío y lluvioso de 1977. La joven lo leyó porque, cuando no sabía qué hacer con su vida, sólo podía acudir a dos lugares: una iglesia o una librería. El silencio de la iglesia no le quitó el desasosiego esa tarde tan particular. Caminando por Corrientes, pensó en entrar en la gran librería en la que tenía crédito desde años atrás, pero estaba muy llena de gente.
No quería tener demasiado ruido a su alrededor, así que volvió a su barrio, que guardaba el secreto de una librería de apariencia pequeña pero llena de tesoros. Entre ellos, un librero.

En la vida hay amores

Un librero no es un vendedor de libros, sino un ser muy especial. Es un catador de libros y de clientes. Como ciertos perros, los libreros de raza suelen tener olfato fino y paciencia selectiva. El que la protagonista de mi historia iba a visitar esa tarde era particularmente feroz: capaz de negarse de mala manera  a venderle un libro carísimo a un cliente, por el simple hecho de juzgar que sólo lo quería para abultar la biblioteca.
Ella no había seguido ese destino. Él la había adoptado, por capricho aparente, cuando era una alumna de colegio secundario.
Es importante aclarar que la protagonista de mi historia no era del tipo de lo que se suele imaginar como una rata de biblioteca. No era callada ni pensativa. Era vital, malhablada y alborotadora, como cualquiera de sus compañeras del Normal; una adolescente del común. Mucho más tarde, quizás demasiado, supo cuáles fueron las causas de tan temprana preferencia, que no era la recomendación de su profesor de Matemática, como ella había supuesto. Le contaron que el librero decía que ella tenía con los libros los gestos y modales que caracterizan a un lector, ya desde esa época atolondrada.
Parece que hubiera un destino que encamina a unas personas hacia otras cuando Eros está  de por medio. Así como los amantes se reconocen sin palabras y los amigos se entienden a primera vista aunque los separe un mundo, libreros y lectores también tiene sus claves ajenas a la razón (y debe de haber otros misterios que unan a hombres con plantas, animales y seres inanimados que sólo los entrevemos en sueños).
Ella no se dio cuenta, pero ya en la segunda vez que entró en su librería –coto de caza de aves extrañas- él había comprendido que ella era una formidable lectora de esas cosas que eran las que se debían leer y que iban de la física atómica a la filosofía, pasando por ciertas novelas innombrables por lo bastardas.
La probó con algo bien complicado. Ella llegó buscando una novela que no sabía definir, pero que no era el habitual best seller: “Usted sabe, Señor Fiorentino... recomiéndeme algo que me interese...", le dijo. Él le contestó: “Pruebe, hija, con esto, que es barato", y le tiró El monte análogo, de René Daumal. Visto a la distancia, fue una apuesta muy alta, pero no se equivocó. Ella cayó, como el cazador había previsto.
Volvió al día siguiente, después de salir de la escuela, a contarle que se había pasado la noche en vela leyendo hasta que terminó el libro y que la habían bochado en Física por dormida, pero que estaba encantada. Obtuvo un don inesperado: un crédito para comprar libros... ¡a los dieciséis años! No era la especulación de un mercader. Él estaba dispuesto, en realidad, a regalarle libros a esa sanguínea adolescente de cobrabilidad dudosa, por el sólo placer de verla leer.
Pero la vida es complementaria y simétrica: ella estaba dispuesta a dejar de comprarse ropa nueva para ir a bailar por el sólo placer de pagarle al nervioso, enjuto y loco librero que le daba el alimento encuadernado que ninguno de sus coetáneos podía brindarle.
La relación fue aumentando en amor y púas a medida que ella crecía. Él indicaba, como siempre, hasta que un día ella empezó a negarse a obedecer: “¡Déjeme elegir, Don Fiore, yo ya soy grande!". “Sí –respondía él-, cada vez más grande y más estupidizada por sus estudios". Ella quería comprarle los  libros recomendados por sus profesores. Él se negaba a vendérselos. Él sabía que ella tenía crédito en cuatro de las más importantes librerías de Buenos Aires, pero que siempre volvería, porque él tenía “aquel bocadito delicioso e inhallable".
Ella sabía que él tenía un subsuelo lleno de libros fuera de circulación, al que accedían los elegidos. Un día la escalera dejó de tener rejas y ella accedió al Paraíso.

Volvamos a ese anochecer

Si bien conocía la librería al dedillo y sabía que iba a encontrar lo de siempre, volvió. El olor de los libros le hacía bien y quizás la ayudara a vencer su tristeza: esos amigos no solían morirse, ni irse, ni traicionar.
Él debió comprender su desconsuelo ni bien entró, ya que la dejó bajar al sótano con un simple saludo. Después de ojear un rato, subió sin ningún libro. No había nada que hacerle... Se estaba por ir cuando el librero le comunicó:
“Mire, entró éste...", y le alcanzó un libro de tapas verdes con un paisaje ingenuo en la tapa y le dijo “Mire, niña, esto es exactamente lo que usted necesita hoy".

Un cuento de hadas

Y era verdad. Era lo que yo necesitaba  esa tarde desde la que pasaron tantos años. No sólo esa tarde, sino que El señor de los anillos se incorporó a mi vida, como sucedió con tanta gente en el mundo. Tuve que esperar ¡dos años! para que apareciera el segundo tomo. Demasiada espera, pero yo estaba ahí siempre preguntando si había aparecido. Y después un año más para el tercero.
Todavía los guardo, subrayados todos; el primero se descompaginó, pero lo arreglé. No los presto, prefiero comprarlos y regalarlos: esos tomos viejos, de hojas amarillas y frágiles, con ese exquisito olor a libro son míos y de nadie más. No puedo prestarlos, porque no sé cuándo los puedo necesitar.
En realidad, no sólo los guardo, sino que cada dos años, más o menos, vuelvo a releer sus mil y pico de hojas, de cabo a rabo. Y muchas  veces, cuando la tristeza viene por mí, como lo hace con cada uno de nosotros, yo tengo un amigo que sabe confortarme y al que puedo volver.
No es un simple cuento de hadas, como alguna vez lo llamaron, sino algo mucho más profundo: un verdadero mito.

Nosotros y los mitos

¿Por qué nos gustan tanto? ¿Por qué hoy se sigue reestrenando La Guerra de las galaxias o se filma El señor de los anillos? Porque nuestra vida es un mito heroico. Los héroes verdaderamente mitológicos no son Rambos o James Bonds,  todopoderosos  o súper cancheros, sino tipos comunes, como usted y como yo, lector.
Están, como nosotros, llenos de defectos. No confían demasiado en sí mismos, no se creen aptos para las pruebas, les fallan las fuerzas, tienen momentos de duda, suelen esquivar algunos bultos. Tienen miedos y culpas y no están seguros de no fallar hasta el último minuto. No fallan, pero tampoco salen indemnes de la prueba: una parte de ellos mismos muere con el mal que destruyen.
Los mitos parecen felices, pero conllevan una carga de lo opuesto, porque no son justamente cuentos de hadas, sino profundas verdades vitales. Y por ser relatos sabios suelen ayudarnos en el momento en que flaqueamos.
Por eso siempre tengo mi libro a mano, porque cuando me encuentro desamparada, cuando pienso que no tengo más fuerzas, cuando quiero abandonar e irme, cuando me siento traicionada, siempre encuentro una situación en la que el protagonista pensó lo mismo que yo y siguió adelante. La filosofía puede ser consuelo para algunos otros, más ingenuos quizás, que necesitamos de los mitos para seguir.

N de la R: El presente artículo ha sido publicado con anterioridad en este espacio.
 

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