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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De

“De vez en cuando la vida”

17.10.2008 | La canción de Serrat habla de los momentos en que la vida es maravillosa. Hay otros en los que nos sumerge en torbellinos de dolor, y otros en los que nos obliga a parar.


Tenemos que parar más allá de nuestras obligaciones, de nuestra voluntad o de nuestro deseo. Y si no lo hacemos, la vida no nos regalará un sueño, sino que nos tirará por la cabeza algo -desde un resfrío a un accidente- que nos obligue a hacerlo, nos guste o no. Y lo normal es que no nos guste.
¿Por qué hay que parar? ¿Por qué abandonar “la normalidad" centrada en la actividad y la búsqueda del éxito mundano que –se cree- lleva a la felicidad, para volvernos hacia adentro? No es raro que produzca miedo: nos han convencido de que parar e introvertirse es enfermizo.

La pérdida del alma

Desde Bacon y Descartes -que impulsaron la idea de que lo importante es lo útil y el dominio de la naturaleza, y que se logra a través de la razón- hasta hoy, nos han educado cada vez más en la extroversión: lo importante es el mundo externo. Es más, nos han convencido de que, como no se puede ver, ni medir, ni pesar, no existe eso llamado alma, que es un simple invento de las religiones o de los “primitivos", y que sus manifestaciones son enfermedades, por lo que su cuidado pasó a ser del cerebro y quedó a cargo de los médicos que reemplazaron a los chamanes. No parece un buen cambio. Por los resultados, digo…
Como el alma seguía metiéndose en todo, aparecieron otras entidades tan poco mensurables como ella, pero con otros nombres. Por ejemplo, el “inconsciente", que tiene a su favor ser lo contrario de la razón materialista, cuya única verdad y realidad es la acumulación de signos exteriores, tan adorados por la mentalidad burguesa, cuya jerarquía de valores tiene centro en el dinero y se expande sólo hasta lo que éste puede comprar o aparentar.
El inconsciente pasó a ser una especie de albañal donde se acumulan pasiones turbias, taras genéticas, monstruos prehistóricos inadmisibles para la vida en sociedad. La parte de atrás de la casa paqueta.
Muchos supieron desde el comienzo que detrás de la conciencia no hay solamente desechos, pero no es eso lo que cree el común de la gente; de ahí el temor a la introversión. ¿Por qué volverse hacia adentro, si uno encontrará algo horrible o, lo que es peor, un vacío sin fin? Entonces evitamos parar. Parar es introvertirnos, volvernos hacia adentro. Y ver qué hay.
Si nos negamos, el monstruo que suponemos mora en nuestro interior, y al que no queremos atender, nos lo hará ver de las peores maneras. Valga una extrapolación; si lo que hacen sus artistas es lo que la sociedad sueña, allí está la prueba: cuanto más opulenta y ganadora, más monstruos imaginarios crea. Y lo que es peor, cuanto más racional es, más catástrofes es capaz de producir. Una vueltita por la tele y los diarios le confirmarán esta realidad, querido lector.

La crisis

Cuando paramos, la cuestión no es fácil. Al principio nos siguen dominando nuestras rutinas, que no nos salvan de la página en blanco escrita por otros que creemos ser y que, cuando la empezamos a cuestionar, parece borrarse: el blanco domina todo. Uno quiere volver a lo cotidiano o, en su defecto, crearse otra costumbre que, se dice, es más sana. Paso a explicar.

“Me levanto temprano y voy a caminar, me quedo diez minutos mirando el mar mientras hago respiraciones yoga y pienso afirmaciones positivas: estoy condenado a la felicidad (inspiro), estoy condenado a la felicidad (exhalo), estoy condenado a la felicidad…". En ese momento, indefectiblemente, aparece uno de nuestros demonios, que nos murmura al oído:
-¿No te sentís ligeramente idiota?
En vano uno comienza a murmurar la frasecita positiva; el demonio habla más fuerte:
-Ser un idiota light es peor que ser completamente estúpido... ¿No te parece?
Cuando uno la está gritando para hacerlo callar, parado junto a los Lobos mientras inspira y exhala como un fuelle, y lo único que evita que el mundo lo tome por chiflado es la existencia del celular, que permite que la gente vocifere sola por la calle, el dragón se compadece:
-No quiero parecerme a nuestra filósofa nacional, pero si querés llorar, llorá…
Y si uno no llevó los carilina, volverá a su casa secándose los mocos con la manga, sin importarle que todo el mundo careta lo vea, porque si hubo que parar, seguro que hay mucho que llorar.
Por desgracia, en ese momento uno se perderá algo reconfortante: la compasión con la que lo miran los demás. Todos tenemos algo que llorar. Y nadie sabe qué es.

La recuperación del alma


Si uno es un racional-materialista recalcitrante de esos que creen que la voluntad del ego puede domar la fantasía, se pasará un tiempo repartiendo resmas de carilinas limpios y usados en la casa de sus amigos. Y mandando al diablo a todos los muchachos de buena voluntad que le insistan en el pensamiento positivo y “dale que vos sos fuerte y ya te va a ir mejor", expresión que siempre produce más carilinas sucios, mientras el demonio, fumando sobre el hombro, le rezonga:
-¿Por qué no te quedás un tiempo solo de una buena vez? Si no es ahora, será en el momento de tu muerte… Es i-ne-vi-ta-ble, te lo anticipo…
Si uno cede al demonio -que es lo correcto-, lo mejor es buscarse la música que más lo conmueva, del estilo de la muerte de amor de Tristán e Isolda, y llorarse todo. Cuanto más conmovido, más rápido.
¿Y por qué llora? Porque no puede contestar ninguna de sus preguntas: qué quiero, para qué vivo, por qué hago esto o lo otro… Un día se quedará sin lágrimas y se dedicará a mirar el techo hasta las once de la mañana en la cama diciéndose cosas tan horribles que ninguno, pero ninguno –se lo juro- de sus demonios sería capaz de inventar. Sólo piensa desde su razón: sus culpas, sus tonterías, sus indefiniciones, sus ambigüedades, sus odios, lo que hizo, lo que dijo, dejó de hacer, lo que dejó de decir…. Su miedo al futuro de vejez y muerte.
Lo lamento: otra vez los carilina, hasta que el potro del ego racional y materialista se dé por vencido. Renuncie. Se duerma con un “¡Ma, sí… basta, que sea lo que Dios quiera, yo ya no puedo ni sé nada!
Al otro día, el milagro. Se despierta con el canto del zorzal, que siempre canta en el jardín de su vecino. Pero lo oye, lo escucha y se da cuenta de que era la voz de su demonio. Ve -por primera vez en años- las canas que tiene su gato viejo. Mira el fondo de una margarita y concluye que tiene la misma forma que una galaxia en espiral. El café tiene gusto de infancia. Se mira al espejo y le parece que sus canas le sientan bien.
-“Pero muy bien, che, muy bien" -se dice al espejo… Y es feliz como un niño cuando sale de la escuela.

Congratulaciones: su alma, que se había perdido en su lucha por lo exterior, ha vuelto.
Ahora, tiene que volver que volver al exterior, pero con dos opciones: se lo cree todo de nuevo y se mata porque los mercados suben o bajan o, cuando la radio le cuenta el desastre, desengancha el Ipod y silba bajito la canción de Serrat, porque reconoció que la vida siempre gasta bromas que no pueden ser dominadas hasta que el ego no se rinde.

Este artículo debería estar auspiciado por Papelera del Plata, que fabrica los carilina, pero como no lo conseguí, me quedo con la memoria de Rilke que decía: “No quiero que me quiten mis demonios, porque con ellos se irán mis ángeles". Y sin enmendarle la plana, me pregunto si la razón sabe quién es quién entre ellos.

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