Columna01.11.2009 | Durante la semana que pasó, finalmente comenzaron a desarrollarse las jornadas de declaraciones de testigos por la causa Albareda, que puso en el banquillo a la policía de Córdoba por sus turbios asuntos durante la última dictadura. Algo sucio, cada vez más sucio, queda al descubierto tras el paso de cada testimonio.
Con la declaración de cada testigo, más y más capas de silencio van removiéndose para dejar al descubierto de qué iba la cosa en el Chalet de Hidráulica, sede de las actividades y operaciones de la D2 o Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba durante la última dictadura. Vengo siguiendo de cerca esta historia desde hace un tiempo y debo decir, en honor a la verdad y la sinceridad de la que -más que periodísticamente, humanamente- no puedo despegarme, que pocas cosas me han puesto los pelos tan de punta. Y pocas cosas han sido capaces de provocarme tanto asco y horror. Porque quizás, lo que más revuelve las tripas, en realidad, es advertir que parece no haber frontera ni límite para el horror ni la crueldad. Más allá de los hechos o de las circunstancias, nunca seré capaz de comprender, justificar ni asumir que se puedan sentir simultáneamente orgullo, honor, grandeza y gozo con la mutilación, el sufrimiento y la muerte. Pero sucede; los hechos hablan por sí mismos. En cualquier época y en cualquier lugar del mundo. Esta vez, aquí y ahora, ventilándose en los tribunales lo que no pudo seguir enterrándose por más años.
Hasta ahora, no hubo una jornada de declaraciones que dejara tanto eco y levantara tanto polvo como la del día miércoles, cuando el testigo Ramón Calderón recordó, relató y describió con pelos y señas cómo fueron las últimas horas de Albareda en manos de su jefe, el ya difunto Raúl Pedro Telleldín. Según Calderón, quien ejerció el cargo de guardia en el Chalet de Hidráulica desde 1976 hasta 1980, Ricardo Albareda fue trasladado a la sede de la D2 durante la noche del 26 de septiembre de 1979. Allí, donde también ejercían como guardias Antonio y Hugo Carabante y el recientemente fallecido Jesús González (como consecuencia de un suicidio, que aún no termina de aclararse si fue inducido o no), fue arrojado de manos de Telleldín, Hugo C. Britos y Américo P. Romano: “llegaron de civil con Albareda, que estaba con uniforme de policía y esposado. Lo ataron con alambre a una silla y Telleldín le dijo a Britos que le arrancara las insignias y lo degradara”. Calderón, bautizado por sus pares con el alias “Kung Fu”, recuerda que entonces “Telleldín le pidió a Romano que trajera una botella de whisky”. Luego, le dijo a todos los presentes, incluido Kung Fu: “esto les va a servir de ejemplo para el día que traicionen a la Policía. Van a morir igual”. Una vez dicho esto, Calderón detalla que Albareda fue brutalmente golpeado. “Telleldín sacó un bisturí y le dijo a Albareda: ‘usted camina por el peso de las bolas. Te las voy a cortar’, y le cortó los testículos”.
Según testificó el ex guardia, luego de ese hecho pidió autorización para retirarse de la habitación donde estaban mutilando a Albareda, pues “me sentía mal”. Aseguró, además, que más tarde le contaron que Telleldín le introdujo a la víctima los testículos seccionados en la boca, y se la cosió. Luego de cumplir con su sesión de tortura y mutilación, que “amenizaron” con música a todo volumen “para tapar los gritos”, declara que Telleldín, los hermanos Carabante, Britos y Romano comieron un asado fuera del chalet mientras esperaban a que Albareda se desangre.
Cuenta Calderón que, horas más tarde, vio cómo arrastraban el cuerpo de Albareda hasta un auto, “como una bolsa de papas”. Antes de irse, el jefe Telleldín le ordenó a sus guardias que limpiaran “bien la sangre con lavandina. Y cumplimos. He visto muchos detenidos y muchas cosas que la mente humana no puede creer”. Aseguró que nunca supo dónde llevaron el cuerpo, y que esa noche sintió terror.
Días antes de su testimonio ante los jueces, en diversas entrevistas que se le realizaron Calderón aseguró que “hay cuerpos en el fondo del lago”, refiriéndose al Lago San Roque, sobre cuyas orillas se ubica el Chalet de Hidráulica, en el Valle de Punilla. Dice que trabajó en el “D2 desde el inicio hasta el fin de la dictadura. Casi siempre en el Chalet”. Según atestigua reiteradamente, “no me olvido de nada. He sido testigo de todo. Yo escribía los nombres de los detenidos, los escribía en una carpeta; pero además tengo una memoria visual perfecta. Hasta el día de hoy los podría reconocer”.
Mientras asegura haber sido testigo de más de 200 muertes, insiste en repetir que no quiere ser traidor al D2 ni actuar por despecho. Pero que, aun así, si se planta con un helicóptero sobre el lago es capaz de señalar puntualmente el lugar donde han sido arrojados los cuerpos de cientos de desaparecidos: “Yo los llevo a tal lugar, piso la tierra, ustedes cavan y los sacan. Les voy a decir dónde están, cómo se llamaban, quién los tuvo y qué policía los llevó. Y los van a encontrar. Les voy a dar el nombre y apellido de cada hueso”.
De acuerdo a su testimonio, Calderón advierte que lo sucedido con Albareda era parte de una rutina diaria. Que cada día llegaban hombres y mujeres a la D2, a quienes esposaban de una mano a la cama que estaba en los dormitorios. Que, luego, comenzaba “el triste espectáculo. Les daban ‘máquina’, picana. Los ponían en una mesa grande y les colocaban 220 con una batería”. Que a otros “les metían la cabeza en un tacho de 200 litros de agua”. Los oficiales cumplían turnos de siete días de trabajo, de 24 horas, y catorce días de descanso. Al reincorporarse, volvían a la misma rutina de “gritos de desesperación. Después de torturarlos, los mataban o les aplicaban torniquetes: los estrangulaban con una cuerda. Las brigadas se llevaban los cuerpos en Falcon o Renault 12 sin identificación policial”.
El testigo también insiste en asegurar que nunca asesinó a nadie, “porque no se los permití. Por eso me frenaron la carrera todos estos asesinos. Pero ahora todo lo que vi lo puedo contar. No le tengo miedo a nada. Porque soy enfermo, igual que ellos, pero también porque me traicionaron”.
En verdad, no logro definir cuáles son las motivaciones reales del testimonio de Calderón, con tanta porfía en los detalles y tanta más aún en la recurrencia de sus dichos. No creo ser capaz de comprender cuál será su concepto de “justicia”. Pero menos comprendo por qué aún nadie lo ha puesto sobre un helicóptero y ha metido los dedos en el agua y el barro.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
Persona travesti al que la Justicia de Córdoba le otorgó la guarda de dos pequeños que eran maltratados por sus padres.