Columna08.11.2009 | Así estamos. Hace meses ya, sin saber por cuánto tiempo más. Secos, como se seca la paciencia a veces, de tanto esperar a que algo suceda. De la lluvia, ni rastros aún; sobre acciones concretas y serias para evitar que todo termine de secarse, ni señales. Calientes, con temperaturas al tope, sin que quiera rozarse con nada, excepto con el teléfono, para denunciar quién tiene la canilla más abierta.
Ya no es novedad para nadie. De hecho, sorprendería demasiado que alguien no se haya enterado de que una gran parte del país se está muriendo de calor, de sed, de esperar. La alarma ya ha corrido, tarde pero al fin, por todos los medios de alcance nacional. Aunque las advertencias venían dándose desde hace tiempo, pero quizás todo sea más noticia cuando se está en la cresta del conflicto, o tal vez quien tenga el mínimo poder de afectar sobre las crisis sea más héroe cuanto más grave sea el problema. Como sea, lo concreto es que por aquí todo hierve. Y en el escenario de las acciones humanas, la lluvia nunca ha sido capaz de abundar tanto como la torpeza por estos días.
La tierra está seca, volándose. En temporada de vientos y calor, nunca antes se había dado semejante recurrencia en las tormentas, de tierra por supuesto. Durante las últimas semanas, varias veces han llegado densas nubes al permanentemente despejado cielo cordobés. Y se han ido. El levante repentino de las ráfagas de viento las barre con la misma violencia con que aplastan el termómetro, reduciendo los registros de más de cuarenta grados hasta un promedio de veinte o menos. El breve lapso que dura el relativo respiro alcanza, siempre y cada vez, para dar por (con) tierra todo pronóstico.
A veces me pregunto si la misma mano que dibuja los índices del INDEC tiene algo que ver con las insólitamente desacertadas previsiones del Servicio Meteorológico Nacional… ¿O será que siempre se ve tan de lejos el interior? ¿O será por eso que, a fin de no lidiar con ciertas distancias, desde hace quince años la Nación delegó a cada provincia el control y manejo de sus recursos hídricos? Esto me confunde: los ríos, lagos y vertientes provinciales, ¿son, en efecto, propiedad exclusiva de cada distrito provincial, sin más? ¿O hacen al patrimonio de todo un país? Creería que el sistema hídrico natural por sí mismo hace a todo el territorio de un país. ¿Usted qué cree?
Como sea, lo cierto es que aquí varios se lavan las manos. Tal vez porque pueden y por allí, lejos de aquí, les sobra agua para eso. Mientras tanto, en el pago chico ciertos Juanes no pierden la costumbre de ejercer la política de la intentona, ni de repetir la (des)acción del gesto turbado de la foto. Y como la ideología que por cada rincón reina es estrujar bien lo que hay y rascarlo hasta el fondo, en lugar de cuidar lo que se tiene, nuestro Juan de la Sonrisa Vertida sólo atina a evaluar las chances de empezar a conseguir grandes cantidades de agua de otros lados. Tiene una idea, una gran idea para todos nosotros: construir un gran gran acueducto, de kilómetros y kilómetros de extensión, para llevar agua a Córdoba y el Gran Córdoba desde el río Paraná, o en todo caso desde el Salí-Dulce. Pero tiene un problema: le falta plata para tirar los caños. Por eso tocó el timbre de alguien, de alguien grande y poderoso, a quien de vez en cuando recurre y le sonríe. ¿Todavía se pregunta a quién le golpeó la puerta? Pues al Gobierno Nacional, cuándo no. Total, las discusiones sobre las bellezas y miserias del federalismo son para otro momento, o valen sólo para algunos temitas.
En fin, que parece que nuestro Juan de las Inversiones Tardías ya dio un pasito más en su plan. Necesita entre cien y ciento cincuenta millones de pesos para su acueducto, obra para cuya licitación ya se han mostrado dispuestas y entusiasmadas varias empresas brasileñas, y también el Banco Nacional de Desarrollo de Brasil. Tras reunirse con el ministro de Planificación Federal Julio de Vido (¿qué era antes este señor?), nuestro Juan de las Reuniones Urgentes trajo su respuesta jugosa: asegura que la Nación está trabajando conjuntamente con Córdoba para realizar un “estudio de prefactibilidad” para la realización del acueducto, obra que pretende ser el broche de oro de su mandato cuando aquella arranque y él, casualmente, termine.
Años vendrán y años pasarán. Cuántas lluvias vendrán y pasarán y cuántas sequías más nos pesarán para que la crisis hídrica no se transforme, como viene haciéndolo, en una constante que cada año se cobra más y mejor con aquello de lo que tantos Juanes no se han ocupado, es algo que nadie puede saber ni prever. Por lo pronto, tenemos una promesa, y tenemos un plan. La Ciudad de Córdoba y la zona del Gran Córdoba tendrán abundante agua de unos años a esta parte; siempre y cuando, claro, esas vertientes de que pretende colgarse aún rindan como lo hacen hoy.
Ahora bien, acerca de soluciones que planteen un horizonte más amplio y abarquen al resto de la provincia, nada se dice ni se ha dicho. Aquí abundan las zonas y localidades donde la sequía es parte consustancial de su naturaleza, lugares históricamente secos y calientes. Como Quilino, ubicada a 150 km de la capital, un lugar donde, al día de hoy, hace un año que no llueve. O como Rayo Cortado, un mínimo pueblo ubicado a 160 km de la capital, donde ya no hay agua para sacar de ningún lado; en el peor momento del calor y la sequía, el único pozo de donde sacaban agua quedó obsoleto. Ninguna canilla de las 450 casas que allí se asientan recibe desde hace varios días una gota de agua. Por ahora, no tienen más opción que beberse la promesa, la de un camión cisterna que se demora. La de un pozo, simple de abrir, ni demasiado difícil ni demasiado profundo, pero que nadie allí puede perforar por falta de dinero. Hoy, en el lecho del río de Rayo Cortado sólo quedan huellas de piedra y arena. Ni pan tienen, porque no hay agua con que amasar. Unos miles de pesos les salvarían la vida, literalmente. Pero parece que a nuestro Juan de los Grandes Acontecimientos sólo lo atraen y lo mueven las obras ambiciosas, complejas y grandiosas.
Casi en simultáneo con la declaración del alerta roja por la crisis hídrica que castiga a la provincia, nuestro Juan reinauguró la tradicional Plaza San Martín, ombligo fundacional de la capital de la provincia que, venida a menos desde hace varios años, por fin tuvo su turno para aggiornarse. Junto al maltratado Giaccomino, nuestro Juan del Corte de Cintas tuvo su foto y su sonrisa, mostrándose feliz con el resultado de la inversión de cinco millones de pesos invertidos por las arcas provinciales. Ahora, los cordobeses de la capital tienen nuevos bancos y espacios de sombra donde sentarse. Qué suerte… aunque con menos podría haberse salvado la vida de más de un pueblo seco y cortado por el rayo de un flash.
La ciudad está al borde del quebranto económico, y el Intendente pretende tapar el enorme agujero negro con una desmedida suba de tasas impositivas. El gasto en sueldos se triplicó, pero las cuentas dependen hoy en día de los favores que hacen la Provincia y la Nación a esta administración. Una vergüenza que esconder bajo la alfombra.
Hace unos días, los marplatenses fuimos sorprendidos por una importante pegatina en la vía pública con el rostro de Florencio Aldrey Iglesias y la leyenda Aldrey + Otero = Mafia. Lástima que esta clase de verdades se vuelquen de manera anónima, lo cual le resta impacto y verosimilitud al asunto. El tema fue recogido por distintos medios de comunicación, que reprodujeron el libelo, continuidad de una volanteada que, con la misma foto, se había desparramado anteriormente por toda la ciudad con otra leyenda: “Gallego, dejá de robar”.
La legisladora brinda su posición sobre los DNU y las relaciones de las distintas provincias con el gobierno nacional.