Columna29.11.2009 | Durante la semana que pasó tuvo lugar la ronda de alegatos en el juicio a los ex integrantes del Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba (D2) que actuaron en la última dictadura militar. Aunque aún quedan por delante los argumentos de la defensa, la confrontación entre los testimonios y las reacciones de los imputados parece conspirar involuntariamente para poner negro sobre blanco cada vez con más claridad.
Las pobres coartadas caen por su propio peso. Los gestos, reacciones y respuestas de los imputados ante los relatos y reconocimientos de los testigos, no han hecho más que dejar al descubierto los hasta ahora turbios recovecos de una historia “pegajosa”. Antes de comenzar el juicio, los fragmentos de esta historia todavía permanecían pegados por el hermetismo de la lealtad o el temor. Al día de hoy, a poco más de un mes de iniciada la primera sesión en el Tribunal Oral Federal Nº1, cada jornada del juicio ha despegado capas de silencio para descubrir, debajo, capas de memoria fehaciente, tortura y terror; debajo de ellas, capas y caras visibles de complicidad e impunidad. En el camino, la incuestionable conexión entre las historias y sus protagonistas deja a los imputados inexorablemente pegados a sus antiguas andanzas de poder. Recuerdos que, con culpa y cargo, los pega y les pega cada vez más de cerca mientras resta muy poco para la definitiva jornada de la sentencia, el próximo mes.
Días atrás, el juicio volvió a trasladarse fuera de la sala del Tribunal, para realizar inspecciones oculares y tomar declaraciones de testigos en otra de las sedes donde operaba el D2. Esta vez, en pleno centro de la capital cordobesa, a pasos del punto cero de la ciudad (la Plaza San Martín), sobre el breve Pasaje Santa Catalina de la Manzana Jesuítica, al lado del Cabildo, frente a la Catedral y a sólo diez cuadras de la Casa de Gobierno. Es uno de los 13 enclaves que la D2 utilizó para detenciones, torturas, oficinas y acopio de documentación. Antes de eso era una casona familiar; tras servir como sede de diversas dependencias policiales fue ocupada paradójicamente por la Oficina de Asistencia a la Víctima del Delito. Desde el 2007 funciona allí el Archivo de la Memoria. Se estima que, mientras fue de dominio del D2, pasaron por unas mil personas entre los D2.
El recorrido se inició en el cruce de las calles Moreno y Caseros, donde se tomó declaración al por entonces subjefe de Inteligencia del D2, el ex policía César Armando Cejas, quien se limitó a señalar un escritorio explicando que sólo hacía “tareas administrativas”. Asegura no saber qué más pasaba dentro, que no entabló relaciones con otros policías del lugar y que cada uno tenía “misiones diferentes”: “no miraba nada. Mi interés era terminar con los sumarios, me concentraba sólo en eso. Todo se hacía en el mayor silencio. Escuchaba que había gente, pero no sé qué hacían. Mi interés era hacer lo mío, no sé qué había atrás de la ventana”. El juez Orosz, inquieto ante el absurdo de las evasivas respuestas, espetó: “Pero Cejas, ¿no iba al baño usted”. A lo que el acusado respondió: “No, no, en la antigüedad no, yo era una persona joven, hacia mis necesidades en mi casa. Trabajaba de 8 a 12 y de 16 a 20, así que hacia mis necesidades en mi casa”, agregando, en el colmo del absurdo: “Señor juez, quisiera pedirle que por favor no me pongan las esposas para trasladarme, tengo problemas en los codos. Yo soy un hombre de bien”. Sin dudas, cualquiera esperaría al menos un poco más de quien fuese subjefe…
Sustentados en la documentación obtenida en el Archivo de la Memoria, que visitaron luego, los jueces dieron por fin con un resto de buena memoria gracias al testimonio que obtuvieron de los sobrevivientes junto a quienes recorrieron el lugar. Finalmente, fueron cobrando forma las luces y sombras que giraban en torno al “Caso Moyano” (que demanda por el secuestro y la tortura de Carlos Moyano y otros siete sobrevivientes).
El testigo encargado de reconocer el lugar fue Manuel Nieva, quien esperaba fuera del edificio, con custodia, dentro de un auto. Por segunda vez, ingresó al lugar. Y aunque ahora lo hizo sin vendas ni esposas, pudo reconocerlo como si acabase de salir. En su recorrido, fue relatando lo que vivió allí y cada espacio por el que pasó. Explica que, en su momento, esos espacios se reconocían por las sensaciones que generaban las condiciones extremas de detención y tortura, aunque los cuartos y los pasillos son los mismos: “tres escalones por acá”, “una pared hacia allá”. “Parecía un patio, porque estábamos a la intemperie”, así se llegaba “al Tranvía, era el lugar de depósito de personas después de la tortura”. Un pasillo angosto y extenso con dos bancos largos a sus costados. Enfrente, la sala que solía ser la oficina del jefe máximo, Telleldín. “A la derecha era la tortura; a la izquierda, los interrogatorios”.
Por las mismas salas y pasillos deambuló entre golpizas y torturas Isolina Tránsito Guevara, delegada gremial que hasta 1977 trabajó en la Clínica del Niño de esta ciudad. Una vez llegada “al Tranvía”, “me pegaron puntapiés, con palos, y nos dijeron que no los reconociéramos porque íbamos a estar muertos”. Según declaró en el Tribunal, recuerda que “un hombre que cantaba muy bien el folklore” la quiso violar; que un día la llevaron al altillo, donde un hombre le sacó la venda y le dijo: “mirame, soy ‘el Gato’, quiero que veas quién es tu torturador”. Tras ser trasladada a diversas cárceles del Tercer Cuerpo del Ejército, fue liberada luego de dos años y once meses de detención. En presencia de los jueces, reconoció y señaló a Miguel Ángel “el Gato” Gómez, “este señor que está acá”. Al momento del reconocimiento, Gómez se levantó de su silla sin autorización y se acercó a Guevara, parándose a metros del estrado, en posición de formación policial.
La coartada elaborada por Gómez y sostenida durante todo el juicio consiste en presentar su legajo como prueba de que por esos días él no estaba, sino que gozaba de ausencia por licencia. Sin embargo, Jorge Omar Nieto, policía actualmente en ejercicio con rango de Comisario Inspector a cargo del área de legajos de la Policía, fue citado para esclarecer las fechas del expediente de Gómez. Según declaró, “efectivamente la licencia está asentada el 14 de enero de 1977, pero esa licencia se efectivizó el 20 de diciembre anterior”. De inmediato, “el Gato” se desencajó, tomó la palabra abruptamente y, aunque le ordenaron retirarse, se ocupó de desmentir y agraviar al testigo. El mismo Gómez que se ufanó públicamente de ser el único torturador capaz de saber llevar a sus víctimas al borde de la muerte para hacerlos hablar.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
Expone su posición sobre cómo deberían funcionar los Consejos Vecinales de Salud.