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MAR 07 Septiembre 2010 | Mar del Plata

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EL OJO CORDOBéS

Había una vez, en Córdoba

06.12.2009 | Un mar lejos del mar, clavado justo en el centro mediterráneo del país. Un mar inmenso, profundo, tanto o más salado que cualquier costa marina. Crecía y decrecía según los años, engordaba y se ensanchaba al contacto con los ríos. Hasta que lo alcanzó y lo tocó el mismo destino que parece ir contagiándose sobre todas las cosas de por aquí: pulverizarse, esfumarse, volatilizarse, desaparecer.

No sólo es la infortunada suerte que le cabe a los fondos públicos, o a las obras públicas, que se volatilizan entre el viento del misterio o la promesa publicitaria. Es también la nefasta suerte de diversos personajes públicos, que florecen un día y se esfuman hasta nuevo aviso, llevándose consigo ciertas luchas, arengas y pseudo convicciones. Pero, lo que es aún peor, el mismo destino corre para Córdoba en toda su extensión real. Como viene quedando plasmado en esta columna desde hace tiempo, la superficie de esta provincia está pulverizándose, volatilizándose y desapareciendo a un ritmo que impresiona. Vastas zonas de bosques y montes pulverizados en cenizas tras los incendios y el desmonte. Sierras enteras hechas polvo y transformadas en carga de camión con el avance de la explotación minera a cielo abierto. Agua de ríos, lagos y embalses que desaparece y se evapora a grandes y firmes pasos con la sequía. Otros que dejan de serlo para convertirse en depósitos de líquido fétido y letal por la contaminación. Poblaciones que se van borrando del mapa mientras todo lo anterior ocurre. Y un mar, un extenso y antiguo mar, que de a poco y sin retorno posible va achicándose y convirtiéndose en tierra yerta y nubes de sal.
La Laguna de Mar Chiquita, o mar de Ansenuza, es la superficie lacustre más grande de la Argentina, con una superficie que ronda los 6.000 km2, y el lago endorreico más grande del mundo. Está ubicada sobre el nordeste provincial, en los confines con Santa Fe y Santiago del Estero. Su formación y características son tan extrañas como únicas. Esta enorme masa de agua salada es alimentada por los caudales de los ríos Salí-Dulce, el río Suquía (ex Primero) y el río Xanaes (ex Segundo). Además, recibe el aporte de las aguas subterráneas que brotan del acuífero guaraní. Antes de llegar a sus orillas, los afluentes de los ríos forman humedales de hasta 10.000 km2 de extensión en la margen norte. Sobre la orilla del este, los Altos de Chipión o Cuesta de los Morteros funciona como dique natural que impide el flujo de las aguas hacia la Cuenca del Plata; es agua que no se vierte hacia ningún otro lado. La falla geológica sobre la que se ubica es un antiguo golfo marítimo, de ahí la abundancia de sulfato de sodio que saliniza el caudal de agua dulce que fluctúa de acuerdo a las temporadas de bajada o creciente, haciéndola mucho más salada que el agua de mar. En general, ocupa un territorio que prácticamente carece de elevación. Por ese motivo, unos pocos metros de subida en la laguna se traducen en kilómetros de superficie inundada, y unos pocos metros de bajada se transforman en kilométricas sequías. Con todo, la laguna da lugar  a un ecosistema transicional muy particular donde conviven la vegetación halófila (propia de suelos salinos) con otra típica del bosque natural (chañares, quebrachos), junto a unas 350 especies de fauna de agua dulce y aves migratorias que se han adaptado (flamencos, patos, loros, halcones, pecaríes, quillas, etc.). Reúne un 25% del total de especies de aves autóctonas argentinas.
Pero no sólo es una reserva natural invaluable. También es el origen y el sustento de ciudades como Miramar, fundadas en sus proximidades y que desde las épocas previas a declararse efectivamente “fundadas” viven del turismo que allí se genera a partir de las playas, las actividades náuticas o los centros termales.
Pero, como se dijo al comienzo, la suerte reinante de la volatilización ha llegado hasta allí. El alerta y el pánico vienen haciéndose oír desde hace algunos meses con la aparición de nubes de sal que, desde las orillas de la laguna, han viajado por más de 400 km atravesando la provincia hasta llegar a ciudades como Villa María, donde se han vertido en forma de sal como si Dios se estuviese dedicando a sazonar a los cordobeses, sus casas y caminos. Aunque no es obra de Dios, ni mucho menos.
El fenómeno forma parte de un proceso natural de hemiciclos, o ciclos recurrentes de inundación y sequía. Cada temporada de bajada, cuando el agua ya no retorna a su caudal anterior, deja un remanente de terreno yerto y salitroso que, luego de convertirse en fango salino, se seca y evapora los residuos de humedad junto con la sal. Sin embargo, el desmonte que cada año produce más sequía, y la sequía que cada año va achicando el caudal de los ríos, están provocando la mayor bajante que ha tenido hasta ahora la laguna. Se trata de una situación irreversible, que al día de hoy ha dejado más de 200.000 hextáreas de suelo salado e infértil. En condiciones normales, las aguas salitrosas que se evaporan en los períodos de sequía son retenidas por los cordones de vegetación natural de los montes que circundan este humedal. Pero, como esos montes ya no existen, sino apenas sus cenizas, el polvo y las nubes de sal se trasladan al antojo del viento. Además, y por la misma causa, la disminución en las lluvias y el desvío de las aguas de los ríos para paliar la sequía (regando campos de monocultivo o, en el mejor de los casos, llevando agua potable a algún que otro pueblo) le quita agua a la laguna y su bajante, entonces, se torna aún más drástica.
Nunca se habían registrado superficies fangosas de hasta un metro o más de profundidad, donde los baqueanos no se atreven a cruzar por miedo a que se les hundan los caballos. Nunca había llovido sal de tal manera en tan distantes zonas de la provincia. Nunca habían vivido, los cordobeses de por aquí y por allá, la experiencia de no poder soportar ni siquiera dentro de sus casas la filtración de la sal, el olor y el ardor insoportable que genera. Nunca hubo, hasta ahora, un alerta tan patente y tan grave sobre los daños reales que nacen de la desidia y la indolencia que nos gobierna.
Según dicen, las consecuencias verdaderas de esta bajante se verán cara a cara con nosotros dentro de diez años. Según dicen, los efectos de esta bajante irreversible actuarán por, al menos, cien años. Para entonces, ninguno de nosotros podrá ver qué ha ocurrido y qué ocurrirá después. Para entonces, el mar que hubo una vez en Córdoba, y que hubiese podido seguir siendo fuente y origen de diversas formas de vida y, a la vez, regulador del clima, será la espada que pende sobre el destino de todos. Para entonces, si fuese posible, el gobernador cordobés que acaba de firmar el convenio para desviar aguas de la laguna y sus ríos quizás, tal vez, en una de esas, se lo piense…

Cómo era entonces

Cuando los desmontes no arrasaban furiosamente con el suelo, cuando la sequía no chupaba o evaporaba las aguas, la Laguna de Mar Chiquita era la prometedora orilla donde se construyeron “hoteles” de habitaciones de barro y postes de quebracho en 1908. En 1912 los turistas ya llegaban en tren, a un poblado sin Estado donde la electricidad permitió la llegada de pobladores estables.
En la década del ’20, el viejo hotel “Miramar” dio nombre al asentamiento e hizo de la fangoterapia (avant la lettre) el atractivo principal, recomendado incluso desde Alemania e Italia como algo único y milagroso. Hacia el ’50, la cría de nutrias sumó la peletería al turismo como industria autóctona. En los ’60, la retirada de las aguas anunciaba la sequía. Y así fue. Hasta que a mediados de los ’70 (con más de 100 hoteles y en pleno auge), la inundación arrasó con 200 familias, 37 manzanas, 120.000 metros de edificación, todas las plazas públicas y todo el esplendor. Quedaron sólo 2.000 de sus 4.200 habitantes. En 1992, mediante un convenio con el Ejército, se detonó la dinamita que pulverizó la Miramar submarina. Dicen que sólo les tembló el pulso al momento de activar la explosión de la cúpula de la Iglesia Santa Teresita, por lo que se solicitó al párroco que activara el detonador. A más de diez años, cuando la inminencia de la reconstrucción es tan probable como ridícula, la reducción de la laguna está devolviendo a la vista y al paisaje los escombros de la vieja ciudad dinamitada.

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