10.01.2010 | Juego absurdo. De apariencia inocente, de fondo perverso: el objetivo y el goce están, nada más ni nada menos, que en el choque. Participan niños y adultos, fascinados con la inmadura e irracional poesía del impacto y el golpe, a sí mismos y a los otros. Peor aún cuando salen de la pista y lo juegan en tierra real.
Porque, a fin de cuentas, no va mucho más allá la fascinación ciega que genera el rally entre sus espectadores. Esos que acampan casi estoicamente a la vera de un camino, en medio del monte, para ver pasar por unos segundos fugaces un auto, un camión, una moto, a gran velocidad, echando barro y polvo. Una aventura que encuentra su coronación, por supuesto, si se llega a ser testigo de un accidente. Ese recuerdo, sin más, valdrá los días de espera, calor o frío que se hayan invertido. En Córdoba, el rally y sus diversas formas readaptadas y reimplantadas de lo mismo ya conforman, desde hace unos años, una suerte de folklore. Patrimonio no sólo de la cita anual obligada de gran parte de la franja social masculina, sea cual sea su extracción sociocultural o económica. El público femenino ha ido ganando terreno allí. Pero no se trata solamente de un folklore propio de los espectadores; funcionarios, empresarios y demás encuentran en estas carreras su oportunidad de recaudación anual. En subsidios, inversiones, publicidad, merchandising y tantos etcéteras, el rally moviliza una enorme cantidad de recursos. Económicos fundamentalmente. La deuda queda en lo que viene después, en los restos de la carrera, cuando toda la gloria y la prensa abandonan las rutas y no quedan más que despojos de trazos pisoteados y, por supuesto, una que otra muerte en el camino. Porque las muertes, al fin y al cabo, son condimento esencial de este deporte que, confieso, no comprendo aunque me esfuerce.
En paralelo a la carrera oficial, hubo y hay aún otra carrera paralela que nunca ha podido llegar a atravesar la línea de llegada. Una carrera sin fin, la que corren y recorren, una y otra vez, año tras año, los individuos y organizaciones que por diversos motivos se oponen a la realización de estos eventos. Claro que para el común, pasan por protestones y aguafiestas. Pero, lamentablemente, no cuentan ni contarán con la misma prensa ni la misma euforia que los otros para lograr difundir sus fundamentos y hacer conocer la otra realidad, la que queda en estos pagos cuando las luces se han apagado.
Desde mediados del año anterior, por lo menos, y hasta el día de hoy, quien encabeza esta carrera incansable en oposición al rally (al Dakar, o a otras especies de lo mismo) es la Fundación para la Defensa del Medio Ambiente (FUNAM). Su derrotero comenzó con la denuncia de un hecho, llamativamente muy poco conocido por la opinión pública, de la donación que el Gobierno nacional hizo a los organizadores del Rally Dakar 2010 Argentina-Chile de seis millones de dólares en concepto de… si alguien lo sabe, que nos lo cuente. A raíz de este hecho, la FUNAM intimó legalmente al Jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y al secretario de Turismo de la Nación, Enrique Meier. Asimismo, realizó un pedido formal para que se investigue al director de la competencia, el francés Etienne Lavigne; representante, además, de la empresa Amaury Sport Organisation, una corporación mulimediática francesa que se ocupa, entre otras cosas, de organizar grandes eventos deportivos de nivel internacional como el Tour de France, la gran Maratón de París, entre otros tantos. Un dato curioso sobre esta empresa es que no sólo se jacta de tener 4.000 empleados y de ser responsable de la organización de numerosos eventos deportivos internacionales de renombre, sino que para llevarlos a cabo suele elegir estratégicamente sus escenarios: los deportes de menor riesgo como ciclismo, atletismo y golf, tienen lugar en Europa; los otros, de los que varios países europeos se deshicieron por no querer quedar pegados a una imagen cuestionable donde el destrozo y la muerte van de la mano, van directo a los países tercermundistas, que los albergan y reciben con avidez, y hasta les pagan por eso. Quizás no sea un dato muy difundido, pero la que en pocos días terminará de cumplimentarse aquí, es la misma competencia antes conocida como Rally Paris-Dakar, que de unos años a esta parte se suspendió por las revueltas milicianas en África y del que París solicitó expresamente desvincularse; lo mismo hicieron, por ejemplo, Granada y Lisboa.
En fin, en nuestro país los recibimos con una bienvenida de seis millones de dólares. Los gobiernos de Mendoza y la Rioja pusieron su parte. Córdoba, también. Reaccionó la FUNAM, reaccionaron también otras ONG. En algunos casos, el Rally Dakar 2009 debió modificar sus hojas de ruta; ese mismo año, por la presión ejercida desde la FUNAM, el Gobierno cordobés se vio obligado a dar a conocer los itinerarios que mantenía en secreto a sabiendas del daño ambiental que producía el paso del rally por ciertas zonas protegidas. Se han denunciado en varios casos, asimismo, las intimaciones que algunos propietarios privados de tierras recibieron para permitir el paso de la carrera, como también los daños de los que nadie se responsabilizó una vez finalizado el raid.
Y es que la denuncia y la lucha pasan fundamentalmente por ahí, por la protección ambiental que en esta provincia pone frágil sobre frágil: un ambiente en extremo frágil y dañado, cada vez más; una defensa frágil ante la desidia de los que tienen la responsabilidad de actuar; y un conjunto de funcionarios y empresarios de conciencia más frágil aún, que ven pasar la carrera con el jugoso sabor de las ganancias económicas, a costa de lo que sea.
Para que un evento de estas características pueda, en efecto y legalmente, realizarse aquí, debe contar previamente con la autorización que le brindaría un estudio de impacto ambiental, tal como está previsto por la ley nacional 25.675. Pero no se hizo ningún estudio. Se autorizó sin autorización y con subsidio mucho antes. Se publicitó aun sin publicarse, como es debido, en el Boletín Oficial. FUNAM intimó, denunció, presentó acción de amparo. Antes de caer en un lío legal irreversible, el Gobierno cordobés publicó la autorización en su Boletín, evitando el agujero legal. Pero de estudios ambientales y protección de sus reservas naturales, ni noticias. Invirtió logística de bomberos, policías, Gendarmería y Defensa Civil y “vengan y hagan lo que querái”, pero no invirtió ni un gramo de conciencia sobre su propio suelo y su único y verdadero patrimonio e identidad: el suelo sobre el que existe.
No hay mucho más, sólo autitos chocadores para divertirse entre algunos. El resto, el remanente genuino de estas corridas, quedan donde ya nadie muestra. Acostumbrada a manejarse como si fuera una isla de la fantasía, Córdoba sigue viendo pasar los autos rápidos mientras su tren sigue varado y sin boleto de vuelta.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.