Columna08.11.2009 | Néstor Kirchner está corriendo una carrera contra el tiempo. Y lo está haciendo bastante bien. Le quedan alrededor de veinte meses antes de que se cierren todas las ventanillas y la gente decida si acepta o no el camino que le propone a la Argentina. Es un camino que difícilmente acepten las clases media y alta. Pero en estos veinte meses puede reunir las voluntades de la mayor parte de los millones restantes de argentinos.
La propuesta de Néstor Kirchner para la Argentina no difiere demasiado de la que el bolivariano Chávez le propone a su Venezuela. La diferencia, en todo caso, es que el país del Caribe tenía un terreno socioeconómico mucho más apto para adoptarla que el que brinda la sociedad argentina. Sin embargo, en el sobrado lustro que lleva gobernando la familia Kirchner, algunas de esas condiciones se han ido facilitando.
En la situación actual, es probable que algo más de un cuarto de la población no tenga otra opción que seguir el camino que propone el actual mandamás del peronismo. Es decir, quien domina el todavía fabuloso aparato clientelístico que administra el omnímodo movimiento y domina la voluntad de la clientela. Néstor manda, hoy por hoy, en ese aparato. Y parece muy difícil que ese dominio cambie en los próximos veinte meses. De ahí el apuro, la carrera contra reloj que corre el ex actual mandatario. En ese periodo de tiempo tiene que agregar a esa base de “clientes” un porcentaje que oscila entre el 10 y el 15 por ciento del resto del electorado. Si lo consigue, y con ello se asegura el máximo poder hasta el 2015, es probable que no sólo luego pueda extender aún más ese reinado, sino que también su proyecto de país cuente con enormes posibilidades de convertirse en realidad.
Es difícil, en un mundo tan ecléctico como el de comienzos del tercer milenio, definir si para entonces el sistema político por el que se regirá la Argentina será el de una democracia. Tal como entiende la Democracia en la parte desarrollada del mundo, muy probablemente no lo sea. Es decir, cumplirá seguramente con una serie de formalidades que exige la diplomacia internacional básica para evitar la ingerencia de otros países en el funcionamiento interno del país. Habrá, con seguridad, elecciones regularmente, un Congreso en funcionamiento y un Poder Judicial no muy distinto del actual. Ninguna de esas formalidades pondría en peligro el reinado de la dinastía K. Nada muy distinto, en síntesis, de lo que ocurre desde hace algún tiempo en Venezuela; a lo que se acercan velozmente Ecuador y Bolivia.
Muchos creen -en particular, entre los habitantes de la todavía considerablemente importante clase media- que es imposible llegar a esa situación. Que el pueblo argentino es diferente y no aceptaría ser gobernado de esa manera. No pueden dejar de mirar su propio ombligo mientras en sus cabezas pesa de manera decisiva el recuerdo de las décadas en las que su propia clase social, la clase media, era la que decidía el rumbo del país. Tenía el número necesario y suficiente para poner fin, muchas veces de manera estúpidamente atolondrada e ilegal, a cualquier gobierno que encaminara las cosas hacia algún lugar que no parecía apropiado o la hacía padecer por mas tiempo del que podía soportar.
La clase alta nunca tuvo ese poder. Ni siquiera a través del dominio de los principales resortes de la economía, aunque éstos fueron más de una vez utilizados para montarse en la fuerza que la clase media generaba. Pero los ricos, además, siempre estuvieron mejor informados. Supieron, y saben, anticiparse a los problemas. Es decir, saben en qué desembocan las decisiones de gobierno a corto o mediano plazo. Y hacen lo necesario para no sufrir las consecuencias de esas decisiones.
Los más informados saben desde hace bastante tiempo hacia dónde quiere llevar Kichner al país. Hicieron lo que pudieron -no mucho, como se ha visto hasta ahora, a pesar del poder que los propios Kirchner y sus propagandistas astutamente les atribuyen- para poner zancadillas al paso del matrimonio. Pero no lograron demasiado. Desde hace un tiempo ya han comenzado a aplicar la sabia máxima que recomienda subirse al carro del enemigo, cuando se está convencido de la futura derrota.
Últimamente dudan. Como también lo hace la clase media. Es un momento de duda para la gran mayoría. Tanto unos como otros leen las noticias que muestran a un Kirchner hiperactivo y consiguiendo victorias políticas, económicas y hasta sociales casi a diario a partir, irónicamente, de la más dura derrota electoral de su carrera hace menos de cinco meses.
La duda se debate entre dos incógnitas. Al final del estrecho camino por el cual -pese a todo- siguen caminando los Kirchner, ¿los espera un precipicio y el país volverá al monótono camino anterior, tomando el próximo periodo de gobierno para destruir lo que los K edificaron? ¿O el trabajo de recolección de los pedazos dispersos de poder en el que está inmerso Néstor terminará por darle ese anhelado 10 o 15% de votos necesarios y Argentina cambiará su derruida apariencia de decadente Europa sudamericana por la de un país tan sudamericano como la mayoría de los que componen este sufrido subcontinente?
A juzgar por la tarea llevada a cabo en menos de cinco meses, la utopía kirchnerista es todavía bien posible. Es cierto que dentro de seis o siete semanas perderá una carta vital para sus logros: la mayoría parlamentaria en ambas cámaras. Sin embargo, en política las matemáticas no funcionan tal y como las aprendimos en la escuela. Es decir, si bien el aceitado funcionamiento de escribanía de la legislatura nacional seguramente desaparecerá, nada asegura que el oficialismo no pueda conseguir los acuerdos necesarios para seguir aprobando las leyes que desea y obstruyendo las que no. Claro que ahora tendrá que pagar, por ello, precios que antes no pasaban ni remotamente por la imaginación de los espadachines mayores, Pichetto y Rossi. Sin embargo, el fin una vez más justificará los medios. Y los costos.
La oposición puede cambiar el destino de las cosas de la política. Pero para eso deberá dejar de reposar en la tonta suposición de que el resultado de la elección del 28 de junio no puede ser revertido por los Kirchner. Y deberá hacer lo necesario para que la gente les preste la atención que necesitan en estos próximos veinte meses.
Es la única forma en que puede evitar el drenaje de ese 10 o 15% de votos, vital para el proyecto de Néstor Kirchner.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.