Columna15.11.2009 | Aunque es un fenómeno propio de las grandes urbes, muy en particular de la Ciudad de Buenos Aires, también es cierto que allí se concentra la mayor parte de la población del país. El humor de la calle se enrarece cada vez más. Paros, cortes de calles, piquetes. Violencia cada vez mayor. ¿Hasta dónde llegará?
Quizás no llegue a ser necesario que la presión produzca una explosión de alcance imprevisible. Quizás, con suerte, ¿una casualidad?, ¿un disparador?, ¿un contagio? Algo, quizás, que nos evite atravesar el astillado y polvoriento camino del estallido. Quizás no.
Los argentinos -no todos, claro, pero sí muchos- estamos acumulando una angustia difícil de digerir desde, por lo menos, comienzos de siglo. Por comodidad, lugar común o haraganería intelectual, resultó infinitamente menos fatigoso aceptar el diagnóstico trillado hasta el hartazgo según el cual “la traumática salida de la convertibilidad había matado a la bestia del caos”. De ahí en más, bienaventurados nosotros, porque sólo nos quedaba trepar desde el fondo del pozo.
Nada de eso. Había que salir de la convertibilidad, cierto. No era más que una trampa vulgar de economía-ficción, de ésas que tanto nos gustan porque tienen el halo épico y trascendente que encontramos irresistible. Un invento argentino que volvía a demostrar que somos distintos, originales, mejores que ellos. Había que salir, pero no lo hicimos. Más bien, nos explotó en la cara. El gran invento argentino resultó, una vez más, una farsa. Como nosotros mismos.
Semiinconscientes, producto del desgarrador estallido, elegimos aquel balsámico diagnóstico que aseguraba que tocamos fondo. No reconocimos, como siempre, ninguna culpa en lo sucedido. La culpa debió ser toda, cómo no, de ese demonio soberbio y pelado que, con malas artes e ilusionismo, nos robó una década completa de nuestras vidas, amparado por los retratos sagrados del general y su dama. Retratos traducidos a su vez, en esos diabólicos años, por un medio indio, medio árabe, norteño y patilludo e igualmente hábil en las artimañas del engaño, al punto que nos hizo creer que era rubio y de ojos claros.
Fuimos pobres e inocentes víctimas. Compramos felicidad instantánea, a un dólar -o un peso- y no desconfiamos de tan colosal limosna.
No importaba. Ya estábamos fuera de la trampa. Ahora todo sería mejor cada día. Lo único que no debíamos hacer era repetir nada, absolutamente nada de la década maldita. Y así llegaríamos, una vez más, a la felicidad. A un dólar de costo, claro. O a tres pesos.
Allí empezó a acumularse la presión que hoy hace bailotear la tapa de la olla. Algunos políticos intuyeron lo que venía. Entre ellos, uno se lanzó a la aventura de intentar hacerse del poder. La confusión que dejó la explosión previa le sirvió de plataforma; y el hombre se hizo, nomás, del poder. De allí en más, el nuevo predicador no necesitó más que subirse a una pequeña tarima para advertirnos que si no apoyábamos todas y cada una de sus redentoras propuestas, el maléfico demonio neoliberal volvería para devorarnos vivos.
Desde entonces, muchos argentinos somos incapaces de atravesar el muro mental que nos auto impusimos, temerosos de caer nuevamente en otro abismo del que no sabemos si podremos volver a salir. Ese miedo, justificado o no, nos ha empujado mucho más hacia el fondo del pozo que cualquier otra política, por perjudicial que fuera. Nos quitó la capacidad de hacerles sentir a los gobernantes que eran nuestros delegados. Y ellos lo aprovecharon. Y lo siguen haciendo hasta hoy.
Desde que Néstor Kirchner se hizo del poder político en Argentina, no hemos parado de sumergirnos más y más en ese paranoico temor a volver a caer en el abismo. O peor, a caer en uno del que probablemente ya no podamos salir.
De allí la pusilanimidad con que enfrentamos la degradación permanente de la convivencia. Cuando alguien, por un impulso generado en dolor de la pérdida, se decidió a salir a pedir protección contra la inseguridad, nos despertó por un momento. Bastó que se descubriera que el fulano en cuestión era humano, es decir, imperfecto, para que nuevamente, blandiendo en alto la calavera del retorno de los demonios de los ’90 y sus secuaces, Kirchner nos metiera en la cueva. Luego alzó la voz en único sector que, como tal, ha mostrado cierta dignidad ante el avance de la locura: el campo.
El nuevo sopapo nos mantuvo despiertos por un tiempo algo más largo que el que logró hacerlo el “ingeniero” Blumberg. Pero una vez más nos ganó la desidia.
Ahora, la presión acumulada -consecuencia de nuestra indolencia, más que de las destructivas políticas kirchneristas- amaga con hacer estallar otra vez la olla.
La inseguridad, nuevamente; el intento de sometimiento del campo, nuevamente. Pero también el caos del espacio público que se incrementa día a día hasta niveles intolerables, el aumento lacerante de la pobreza y la indigencia. Y la creciente sensación de que, como en los malditos ‘90, nuevamente nos embaucaron con las promesas de un crecimiento económico que derramaría sobre todos pero que, vemos ahora, parece haber caído como por un embudo en las arcas de los corruptos de estos días; y en las del matrimonio gobernante, claro está. Todo esto ha logrado que flote en el ambiente la sensación de que, como diría Cordera, “se viene el estallido”.
Puede que nunca lleguemos a eso. Así sea. Pero, a menos que encontremos la forma de canalizarlo pacíficamente, el desastre puede estar a la vuelta de la esquina.
El Gobierno utiliza, con lógica, el recurso de acusar de “destituyentes” a quienes advierten sobre el peligro; así bautizaron sus ideólogos intelectuales a todos aquellos que no agachan la cabeza y dicen “sí, Néstor”. La oposición, timorata, no sabe bien qué hacer. Está, casi toda ella, encerrada entre las trampas semánticas del Gobierno y los prejuicios que derivan de aquellos miedos del retorno al caos de comienzo de siglo. Sus máximos dirigentes, al igual que los más respetados periodistas, intelectuales y politólogos, no se animan siquiera a pedir represión. Y represión es lo que corresponde allí donde se violentan las leyes. Es lo que ocurre en cualquier lugar mínimamente civilizado del planeta. Aquí tememos quedar estigmatizados como nazis, o cosa parecida.
En tiempos de recordación de muros que cayeron para liberar pueblos enteros, sería bueno comenzar a derribar este muro mental que nos condena a vivir presos de nuestros errores.
La ciudad está al borde del quebranto económico, y el Intendente pretende tapar el enorme agujero negro con una desmedida suba de tasas impositivas. El gasto en sueldos se triplicó, pero las cuentas dependen hoy en día de los favores que hacen la Provincia y la Nación a esta administración. Una vergüenza que esconder bajo la alfombra.
Hace unos días, los marplatenses fuimos sorprendidos por una importante pegatina en la vía pública con el rostro de Florencio Aldrey Iglesias y la leyenda Aldrey + Otero = Mafia. Lástima que esta clase de verdades se vuelquen de manera anónima, lo cual le resta impacto y verosimilitud al asunto. El tema fue recogido por distintos medios de comunicación, que reprodujeron el libelo, continuidad de una volanteada que, con la misma foto, se había desparramado anteriormente por toda la ciudad con otra leyenda: “Gallego, dejá de robar”.
Persona travesti al que la Justicia de Córdoba le otorgó la guarda de dos pequeños que eran maltratados por sus padres.