Columna22.11.2009 | No hay país, en todo el mundo desarrollado, que haya logrado llegar a ese sitio en un lustro, ni en dos, ni en tres. Pasar del subdesarrollo al desarrollo lleva décadas, aun haciendo bien los deberes. Los argentinos, sin embargo, le exigimos a cada gobierno que, a lo sumo, al final de su segundo período nos deposite en ese mundo soñado. Quizás, después de la traumática experiencia del kirchnerismo hayamos aprendido a ser un poco más pacientes.
Hay una paradoja, en el camino hacia el desarrollo, que juega en contra de los países que pretenden alcanzarlo rápidamente. Generalmente ésos países tienen que desarmar las estructuras estatales, económicas, políticas y sociales que han impedido establecer las bases para su desarrollo. Pero hacerlo y construir las nuevas no sólo implica que el tiempo necesario trascienda los períodos de gobierno establecidos por las constituciones nacionales de la gran mayoría de dichos países. Además, normalmente supone también una primera etapa de muy alta conflictividad.
Argentina, sin ser el único, es uno más de estos típicos casos. Durante bastante más de medio siglo ha construido en el sentido equivocado. Cada sucesivo gobierno, consciente de que aun gozando del período máximo que le otorga la Constitución, supo que no estaba en condiciones de atravesar la etapa de la destrucción de las estructuras vetustas y la construcción de las nuevas sin ofrecer respuestas a las necesidades cotidianas de la población. Y, cada uno de ellos, prefirió concentrar todas sus fuerzas en aprovechar esas paleozoicas estructuras en beneficio propio; algo que, en caso de no cometer errores políticos “no forzados”, le resultaría infinitamente más fácil que la otra tarea.
Una vez elegido ese camino, el inevitable paso siguiente fue la búsqueda del atajo no institucional que les permitiera atravesar los límites temporales que la Constitución les ponía para ocupar el poder. De allí que, prácticamente sin excepción, todos los gobiernos que llegaron a cumplir con sus períodos legales buscaron la forma de esquivar las leyes para conservar el poder. Hasta ahora no lo han logrado -salvo Carlos Menem, mediante la Reforma Constitucional de 1994, que llevó el máximo de años de seis a los ocho actuales- aunque no por ello dejan de intentarlo.
Pero la consecuencia inevitable de esos intentos, incluso de los que resultan frustrados, es la de mayor atraso y mayor anquilosamiento estructural, social y mental del país y sus habitantes. Cada vez que asistimos al intento reeleccionista ilegal o ilegítimo -lo mismo da- de los sucesivos gobiernos, retrocedemos un casillero más en la carrera hacia el desarrollo. Y cada vez será más difícil, para el siguiente gobierno electo, optar por el camino adecuado. Porque, como sabe de antemano, se condenará al casi seguro rechazo social una vez que inicie los necesarios cambios estructurales.
El conocimiento de esta realidad es lo que lleva, desde hace algunos lustros y cada vez más frecuentemente, a reclamar un acuerdo o pacto entre las fuerzas políticas más representativas. De esta manera, conscientes del riesgo político que tal acuerdo o pacto implica, estas fuerzas aceptarían sacrificar una o dos generaciones dirigenciales en aras de impedir que los tantos oportunistas que intenten lucrar políticamente con el descontento popular que inevitablemente surgirá en el camino del cambio -como lo han hecho en las últimas décadas-, puedan lograr su propósito, interrumpir el proceso y retroceder nuevamente al crudo subdesarrollo que desde hace setenta años padecemos.
Como se ve, el desafío requiere de una altura política, civil, ética y moral. Y cuesta imaginar que, en esta etapa de la Argentina, eso se encuentre presente; no sólo en muchos políticos sino, incluso, en muchos de sus habitantes.
Pero, sin negar la posibilidad de que intentemos ver el vaso medio lleno allí donde otros lo ven medio vacío, también se puede argumentar que otros países que parecían condenados al mismo destino de mediocridad que la Argentina de estos tiempos, han encontrado a esas personas. Países como España hace ya algunas décadas, a partir de sus fundacionales Pactos de la Moncloa, pero también Nueva Zelanda, Irlanda y varios países asiáticos si miramos la totalidad de globo, o nuestro vecino Chile, si no queremos irnos tan lejos. Los chilenos no han alcanzado todavía el desarrollo, pero ya saben, como lo sabemos sus vecinos argentinos, brasileños, uruguayos o peruanos, que ese desarrollo está, en Chile, a la vuelta de la esquina. Que ya no dependen de la suerte o de tal o cual dirigente político. La tarea difícil está hecha, ahora sólo les queda insistir y ajustar detalles. Pero es seguro que la mayor parte del siglo XXI encontrará a la gran mayoría de su población disfrutando de una calidad de vida que nosotros, esos mismos vecinos, todavía tendremos como utopía.
Quizás la involuntaria aceleración del proceso de deterioro que el kirchnerismo ha producido sirva como aliciente para intentar el paso trascendental. El primer paso. Quizás el espejo chileno -en el que uruguayos, brasileños y hasta colombianos y peruanos ya empezaron a mirarse, sin por ello dejar de lado sus propias idiosincrasias- nos sirva también a nosotros para lograr algún acuerdo mínimo entre las fuerzas políticas mayoritarias. Para derribar los muros mentales que nos atan a prejuicios oxidados del pasado. Y también para impedir a los siempre listos oportunistas de la política interrumpir el proceso, aprovechando los inevitables sacudones que tan tremendo cambio produciría en vastos sectores de la población.
Con madurez, sin prometer la felicidad instantánea que cada cuatro años esos oportunistas nos proponen, y a la que de manera ingenua –cuando no cómplice- adherimos.
El 2011 es la siguiente parada del tren de la ilusión. Los ilusionistas estarán allí, listos para volver a asustarnos con los fantasmas de siempre. La única diferencia es que cada vez somos más los que sabemos que ellos no tienen más para prometer que la miserable propuesta de igualar para abajo. De que al final del camino nuestro sufrimiento se palie con el de nuestro prójimo, y de que el bienestar del progreso sólo quede para las fantasmagóricas figuras, mitad humanas mitad mitológicas, que salen por televisión. Por supuesto, ellos, los artífices de esas hortelanas políticas, incluidos.
Faltan dos años para que el tren vuelva a parar en nuestro andén. Mucho y poco tiempo a la vez. Usemos este tiempo para pensar. Y para pedir a Dios, o a quien sea en quien creamos, que la otra opción, la del camino largo, esté disponible en el próximo menú.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.