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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Enzo Prestileo

Actualidad

Soñar no cuesta nada

29.11.2009 | La Argentina vive una de las peores pesadillas de su historia. Extrañamente, no se da en el contexto de una sangrienta dictadura, sino en medio del simulacro de una democracia. Una parodia a la que nos prestamos todos: gobernantes y gobernados, oficialismo y oposición, dirigentes y dirigidos. No sabemos cuánto falta para despertar de esta pesadilla.

Soñemos. Soñemos que en un tiempo no tan lejano tanto personaje siniestro tendrá su justo castigo. Soñemos que el tenebroso matrimonio que nos gobierna terminará sus días en alguna prisión moderna, digna, limpia, cómoda, pero prisión al fin. Con carceleros pulcros y bien pagos que los custodien y no les permitan privilegios de ningún tipo. Ni a ellos ni a sus vecinos de celda que, sigamos soñando, bien podrían ser Luis Barrionuevo, quien robó durante toda su vida menos dos años; Hugo Moyano, quien extorsionó a cuanto político y empresario se atravesó en el camino de su desbocado camión; Armando Cavalieri y tantos otros sindicalistas corruptos y mercenarios.
Soñemos que en ésa o en otra igualmente decente cárcel pasarán el resto de sus días políticos que denigraron su maravillosa profesión con su hipocresía, su mendacidad y su perfidia, como Daniel Scioli, Aníbal Fernández, De Vido, Balestrini, Gioja, Capitanich, Diana Conti, Busti, De la Sota, Saadi, y tantos otros cientos. Y que en un pabellón contiguo, más fuertemente custodiado, estarán los patoteros profesionales Guillermo Moreno, Carlos Kunkel y Luis D’Elía, junto a sus camaradas de armas y de palos, pagando finalmente por tanta matonería rastrera al servicio de un gobierno gangsteril.
Soñar, dijo algún poeta, no tiene costo alguno. Y son pocas las cosas gratuitas que quedan por estos días. Sigamos soñando, pues.
Soñemos que no será posible, en un futuro cercano, cortar calles, autopistas y puentes como si se tratara de cortar milanesas. Que habrá una justicia, o no, mejor aun, una Justicia que mandará a prisión a todos los execrables de los párrafos previos, que tendrá la mano firme y la balanza calibrada a la hora de juzgar y condenar a estos y todo otro delito. Que los jueces no tendrán que tener miedo de represalias políticas, porque los políticos habrán aprendido que no se puede seguir maniatando a la Justicia sólo porque los jueces que la componen no tienen el valor suficiente como para no dejarse maniatar.
Soñemos que, por fin, habrá empresarios, y no meros vasallos del poder, que se arrastren por las cortes en busca de negocios espurios que les propongan los mandamases de turno a cambio de coimas, cuando no de tajadas mayúsculas de los mismos negocios para siniestros testaferros.
Soñemos, por el mismo módico precio, que hasta nosotros, los ciudadanos de a pie, encontramos en algún rincón de nuestro interior la fuerza necesaria para convertirnos en Ciudadanos. Aun de a pie. Pero ya no meros habitantes, como lo fuimos durante mucho más de medio siglo.
¿Cómo comenzaría un cambio tan trascendente? ¿Qué haría que, aunque más no sea algunos de estos sueños se conviertan en realidad? Difícil decirlo.
Muchos creen que el cambio debe venir de arriba hacia abajo. Es decir, que el problema es la paupérrima -lo es, obviamente- dirigencia que tenemos los argentinos. Otros -el cronista suscribe- piensan que todos, los de arriba y los de abajo, tenemos los mismos graves y terribles defectos. Y que no puede haber dirigentes razonablemente probos y rectos surgidos de una sociedad corrupta y cooptada por la desidia.
2011 es la próxima oportunidad que tienen quienes sostienen la primera tesis para demostrar que es cuestión de elegir a los políticos adecuados para gobernar. Hay, por cierto, algunos que parecen distintos de los que venimos eligiendo desde que nos dejan elegir. Hay que repetir: parecen distintos.
No son muchos, por cierto. Macri, Carrió, quizás algún radical -Cobos no encaja en la descripción, seguro-, ¿Binner? Humm...
Habrá que ver qué opone esta vez la hidra peronista para conservar una vez más el poder, después de haberse puesto el mascarón menemista durante una década y el kirchnerista durante la siguiente, que ahora agoniza. Creer que de ese informe conglomerado de mercenarios del poder puede surgir la figura que nos sacará de esta triste novela en la que se convirtió la Argentina, está más allá del alcance de la credibilidad del cronista.
Los sueños, sueños son. Y las sociedades de carne y hueso necesitan cosas sólidas y concretas de las que asirse para salir de los pozos en los que eventualmente caen. Mucho más la nuestra, que lleva tanto tiempo cayendo.
No debería importar tanto el signo ideológico del próximo gobierno. Sería un sueño hecho realidad que, más allá de que fuera de izquierda o de derecha, tuviéramos un gobierno razonablemente honesto. Y una oposición igualmente honesta que se prepare para relevarlo cuando fuese necesario.
Soñemos, pero soñemos despiertos. No hay muchas razones concretas para tener grandes esperanzas de cambio, al menos en el corto plazo. Por eso hablamos de sueños.
Una cuenta regresiva está en marcha. Todo hace suponer que terminará el día en que el kircherismo abandone el poder. La experiencia menemista fue traumática por varias razones. La kirchnerista demostró que siempre puede haber algo peor. Dos de las mil caras del peronismo, tan distintas entre sí y tan igualmente trágicas.
Al final de esa cuenta regresiva comenzará una nueva etapa. Termina una pesadilla y comienza un sueño. Que podrá, o no, convertirse en otra pesadilla. Pero por ahora es un sueño.
Cada vez más esperanzas convergen en esa tan lejana y a la vez tan cercana fecha. Los dos años que están en medio no serán fáciles. Seguramente los estertores de la agonía del monstruo traerán todavía algunos importantes dolores de cabeza. Cada vez más aquella fecha actuará como catalizador de tanta penuria. Cada vez más las caras de esta pesadilla se tornan caricaturescas.
Soñemos que aunque el Bicentenario pase sin pena ni gloria, la tercera centuria será la vencida. La que verá a la Argentina convertirse, finalmente, en lo que siempre prometió ser: un país en el que vale la pena vivir.
Soñemos.

Juicio político

Todos somos destituyentes. No hay crítica al Gobierno que no termine en esa acusación neologista. Acaso cabría preguntarse si ese escudo de criptonita que cree haber encontrado el Gobierno tiene realmente los poderes mágicos que le atribuye.
¿Acaso el Gobierno está exento de que el Congreso, eventualmente, le pida juicio político? ¿No está, acaso, previsto en la Constitución el juicio político en caso de que hubiera sospechas ciertas que lo ameriten? ¿No cabe preguntarse, incluso, si no hay ya mérito suficiente como para que la oposición active ese mecanismo?
Las barbaridades que el matrimonio Kirchner -muy en particular el ex presidente- ha perpetrado en estos años hubieran dado lugar al pedido de juicio político, sin dudas, si el peronismo hubiese estado en el lugar de la oposición. En cambio, la actual oposición todavía sufre los complejos derivados de la crisis de comienzos de siglo. Y el Gobierno, que lo sabe, explota esos miedos.
Los sonoros hechos de corrupción en que está inmerso el Gobierno nacional -la valija de Antonini, el enriquecimiento meteórico de los Kirchner, el mafioso financiamiento de la campaña electoral, etc.- son motivos más que suficientes como para que tenga que rendir cuentas ante la Justicia. Y el mecanismo constitucional para ello es el juicio político.
La oposición cree que cumplir con esa obligación -no derecho, obligación- que le exige la Constitución la convertiría en golpista, o destituyente, como dicen los teóricos del kichnerismo. De la misma manera que titubea a la hora de fustigar con dureza la inacción gubernamental cuando, por ejemplo, se corta la circulación por un puente internacional.
En unos días más el Congreso cambiará su composición. Si la actual era el impedimento para que la oposición cumpliera con su deber, ya no existirá.

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