Columna06.12.2009 | Desde hace algunos meses, semanas en algunos casos, han comenzado a salir de sus escondites los jueces y empresarios. Aparecieron con vida, tras seis años de paradero desconocido, los responsables de impartir justicia y de crear riqueza. Esperaron, como siempre, que el poder no tuviera más poder. Antes de eso se dejaron humillar y se arrastraron con repugnante obsecuencia.
No faltará quien pueda exhibir el nombre de tal o cual juez o empresario que se haya resistido al avasallamiento del kirchnerismo, dejando a resguardo su dignidad. Seguramente los hubo, y no merecen los conceptos que destinaremos al resto: la enorme mayoría de sus camaradas. Seguramente, esas pocas personas dignas -porque la dignidad hace a la persona, no al cargo ni a la profesión- han pagado con sus bolsillos, su tranquilidad y hasta con su seguridad el atrevimiento de serlo. De ser dignos frente al poderoso. Acrecienta su mérito. Porque, además, se sobrepusieron a la indignidad de sus colegas y quedaron aislados bajo los reflectores de aquellos miserables que ostentaban -y ostentan aún- el poder. Vaya en el nombre de uno, que viene a la memoria del cronista, el homenaje al resto: Juan José Aranguren, presidente de Shell Argentina, quien resistió las presiones patoteriles -por cierto, con el apoyo del directorio de la central anglo-holandesa- de un presidente y su camándula de matones a sueldo. Y lo hizo en el momento en que el jefe de la pandilla gozaba del más alto favor popular.
Salvadas las tan escasas como honrosas excepciones, rápidamente hay que afirmar que la actuación de la justicia y el empresariado ha sido, desde la llegada de los Kirchner al poder, de lo más vergonzante en sus respectivas historias. Incluso peor que los papeles que les cupieron durante las dictaduras. Porque, amén de los confusos tiempos históricos que las cobijaron, representaban en sí una amenaza mucho más atemorizante que la que pueda representar un gobierno “civil”, por más autoritario y mafioso que fuese. Porque llamarlo “democrático” sería, más que una exageración, una pura mentira; cimentada incluso en recientes e involuntarias palabras de la Presidente, que en referencia a la situación política de Honduras se atrevió a decir que “toda aquella forma de organización social donde no rijan plenamente todos los derechos y garantías, no es una democracia”. A confesión de parte...
Por cierto, cabría excluir a los pocos empresarios y jueces realmente convencidos de las bondades del “modelo” kirchnerista, ya que ellos sí actuaron conforme a sus ideales. Aunque haya jueces que consientan el avasallamiento de los otros dos poderes por parte del Ejecutivo. Jueces que miran para otro lado cuando se trata de investigar a delincuentes ligados al Gobierno. Otros que aceptan ser sojuzgados por una caricatura de tribunal donde dos soldados del emperador hacen y deshacen de acuerdo al grado de obediencia de los magistrados; más que jueces, verdugos mercenarios, rentables por el mejor postor.
Y qué decir de los empresarios K, que creen que la libre empresa es un diabólico invento del neoliberalismo que debe ser combatirse hasta la destrucción total, mientras reparten loas en banquetes transversales y hablan de ganancias socializadas y pérdidas privatizadas como la verdadera panacea del desarrollo. ¿Cómo llegaron semejantes sátrapas a ocupar lugares de privilegio entre los empresarios? ¿Quién lo permitió, sino sus “camaradas”, término nunca mejor empleado?
Decíamos al comienzo que por estos días se empiezan a escuchar las voces que permanecieron calladas cuando había que hablar. Cuando hablar podría haber servido para evitar un retroceso fenomenal. No tanto en lo económico y lo legal -mucho peor de lo que estábamos no se podía ir- sino en el legado de basura ideológica de estos años de estúpido retorno a utopías retrógradas, que ya eran retrógradas hace cuarenta años, cuando empezaron a invadir las cabezas de millones de mentes tan fértiles como indefensas. Legado que se depositó en otros millones de mentes tan igualmente fértiles como indefensas.
Esos mismos empresarios y jueces que cuando, por el contrario, los gobiernos son débiles, no hesitan en tumbarlos con continuas zancadillas. Tal vez no como consecuencia de afiebrados complots. Pero sí, igual o peor aun, de la autodestructiva filosofía del sálvese quien pueda que nos gobierna desde hace ya demasiadas generaciones.
No hay lugar en estas líneas para hablar de los sindicalistas. Una verdadera casta de mafiosos a la que sólo el retroceso a épocas más salvajes en las que la ley del Talión prevalecía, podría depararles un justo castigo. Estas líneas son para advertir sobre la terrible corrosión social que hace que, justamente, quienes debieran ser componentes vitales de la maquinaria social necesaria para acabar con esa nauseabunda caterva -que, para peor de males, utiliza el traje de cordero de protectores de los trabajadores- estén casi igualmente corruptos y tomados por una expansiva metástasis de indignidad.
Las bravuconadas que se empiezan a escuchar tienen poco valor. Kirchner y su pandilla están en retirada. Es de esperar que no escapen a un futuro sin libertad.
En todo caso, la oportunidad que se le abre a la sociedad en su conjunto y a los políticos que aparentan tener algo de esa dignidad casi desaparecida -pronto, en el momento del relevo de la pandilla- será también para jueces y empresarios. Tendrán la posibilidad de empezar a convertirse en algo cada vez más parecido a eso que hasta ahora no fueron del lado de adentro de su propia piel: jueces y empresarios.
Jueces que impartan justicia de acuerdo a su sapiencia e ideas. Y no de acuerdo a las consecuencias que les traería a sus carreras profesionales impartir justicia de acuerdo a su sapiencia y sus ideas.
Empresarios que tengan ideas de negocios y se jueguen sus patrimonios en ellas. Que no sólo cacen en los gallineros donde los invitan los gobiernos de turno, a cambio de sucios acuerdos de reparto de las gallinas fácilmente cazadas.
Miles de jueces y empresarios con una moderada valentía, entre los que se destaquen algunos pocos dignos de emular.
Porque sin jueces que se atrevan a luchar por la justicia ,y sin empresarios que se jueguen por sus ideas de negocios, los países no prosperan.
Y Argentina no tiene jueces ni empresarios, salvo pocas excepciones, desde hace demasiado tiempo.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.