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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Enzo Prestileo

Actualidad

Saliendo de Guatemala

13.12.2009 | Algo está cada día más claro y más cerca: en poco tiempo nos libraremos del mortal virus de comienzos de siglo, el kirchnerismo. Ese alivio, sin embargo, no alcanza para disipar otras espesas dudas que se ciernen sobre el futuro inmediato a esa liberación. ¿Qué vendrá después? O, en todo, caso, ¿qué riesgos acechan el cambio de manos del poder?

Empezamos a salir de Guatemala. Los signos, que comienzan a multiplicarse, también comienzan a tener efectos secundarios más permanentes que los meramente sicológicos. El primero de ellos, quizás el más importante, fue la ratificación en las urnas de junio pasado del hartazgo que prima desde hace tiempo en las mayorías. Pero los efectos concretos en la realidad de hueso y carne recién comenzaron a plasmarse desde la semana última. Para el beneplácito de aquella mayoría de votantes, y para la desesperación de quienes empiezan a sentir cada vez con más sonoridad el tic tac de las agujas del reloj en sus oídos.
Será importante que la nueva mayoría parlamentaria de la oposición se traduzca en hechos concretos. Es decir, en leyes que sigan la nueva orientación que reclama la sociedad; y en el replanteo de otras, sancionadas arteramente en el agujero negro temporal creado artificialmente por Kirchner al adelantar la elección parlamentaria cuatro meses. Habrá que revisar y habrá que cambiar cosas.
Esos signos, y otros, preanuncian el cambio de tiempos políticos. Salimos, está claro, de Guatemala. ¿Dónde entraremos?
La pregunta no está planteada al sólo efecto de terminar de darle forma a un remanido recurso semántico, al que tan afectos somos los periodistas. No. Guatepeor, aunque la relativa alegría de la liberación parezca ocultarlo, tiene siempre sus puertas abiertas para los argentinos. No es corta la lista de personajes que han comenzado a utilizar el también remanido recurso de pararse frente al espejo de lo que la sociedad desprecia, con el único propósito de que el propio reflejo muestre lo opuesto. Tantas veces ese trivial recurso resultó efectivo para convencernos, que su práctica parece haberse vuelto obligatoria. En particular para esos impresentables que no han dejado desastre por hacer, pero que, apelando a la innegable fragilidad de memoria ciudadana y agregándole el aire emancipador que brota del enfrentamiento con el nuevo juguete maldito de la sociedad -Kirchner, en este caso-, creen que atravesaron las aguas de Jordan y que sus prontuarios se han blanqueado a nuevo.
Eduardo Duhalde es el caso más emblemático, aunque no el único, de esta operación retorno. Al tiempo que náuseas, dan gracia sus intentos desesperados por conseguir que Néstor Kirchner conteste sus estocadas verbales no sólo para subirlo al ring de la pelea política, sino también para situarlo como su verdadero antagonista. Cuando en realidad, Kirchner y Duhalde forman parte del mismo patético cuadro de putrefacción política que degrada esa actividad en la Argentina desde hace décadas.
Lo mismo han hecho esos “gordos” sindicalistas que permanecen atornillados a sus sillas de poder desde hace cinco o seis lustros, y que engordaron tanto sus ya vetustos cuerpos como sus billeteras mediante la utilización oblicua de la fuerza que las leyes les dan para otra cosa mucho más importante, como lo es la defensa de los derechos de los trabajadores de sus respectivos gremios.
No es casual que Duhalde intente rescatar al radicalismo en su plan de regreso. Sabe que los dos aparatos políticos tradicionales -el otro, obviamente, es el PJ- todavía conservan bastante poder residual, y le pueden servir de escudo ante el eventual -y deseable- rechazo social.
No sólo Duhalde habita el cenagoso territorio de Guatepeor. Allí también tienen su espacio permanente otros nefastos personajes de la política, el sindicalismo, la justicia y otros rubros.
Y por si este riesgo no fuese suficiente, corremos otro todavía bastante más difícil de desenmascarar y, por lo tanto, de evitar a tiempo. Es el de la perenne “nueva política”, que no es más que la misma oxidada y corrupta política que nos trajo a este valle de lágrimas, escondida detrás de algunas caras nuevas, desconocidas o jóvenes. Los Kirchner fueron el mejor ejemplo de este mal, hace seis o siete años.
¿Cómo detectarla? ¿Cómo evitarla? No es fácil, pero hay formas de protegerse. Si es que realmente queremos hacerlo.
En general, además de provenir de las canteras de siempre, los nuevos-viejos políticos no saben otro discurso que el de prometer solucionar todos los males en poco tiempo y llevarnos al lugar “que siempre nos merecimos” -“estamos condenados al éxito”, ¿le suena?- tan pronto como se hagan cargo del poder.
Desconfiemos, por una vez, de quienes nos prometen el camino fácil y rápido. Y prestemos más atención a quienes, sin llegar a ofrecernos sangre, sudor y lágrimas -aunque harán falta generosas cuotas de las tres- nos inspiran una mínima sensación de honestidad, y no prometen grandes resultados visibles en sus períodos de gobierno. Los problemas que tenemos son imposibles de resolver sin dolor, y menos aún en pocos años.
Dentro de esos márgenes hay algunas personas por las que vale la pena apostar. Algunas son de izquierda, otras de derecha. Por lo que, va de suyo, otra de las taras que deberemos superar es la de creer ese infantil latiguillo de que “viene la derecha”, como si ello fuera algo malo en sí mismo. La historia de todos los países desarrollados -es decir, los que lograron salir de la etapa adolescente en la que nosotros nos encontramos tan a gusto- prueba lo contrario. Los desvaríos sobre luchas emancipadoras contra grandes poderes maléficos sólo pueden ser atendidos por quienes también los sufren, o por quienes no son capaces de pensar por sí mismos.
La retirada del kirchnerismo podrá ser más o menos ruidosa. Todavía ni siquiera está claro que vaya a aceptar la nueva realidad, que le impide manejarse como hasta ayer, sin tener que rendir cuentas y sin nadie que le ponga frenos. Ya amagaron varias veces con irse, y otras tantas con dar pelea en la calle a los “destituyentes”. No se sabe a ciencia cierta cuántos de sus acólitos participan convencidos de la paranoia K, y cuántos simplemente siguen el juego por conveniencia. Pero ninguna de las posibles actitudes irracionales del delirante matrimonio debiera obstar para que la salida de este retrógrado proceso no signifique un paso adelante.
Guatemala está comenzando a quedar atrás. Sólo debemos concentrarnos en no ingresar, una vez más, en Guatepeor.

Los disfrazados

Guatepeor, fue dicho, se esconde detrás de las más diversas máscaras. Como siempre. He aquí una sobre la que debiéramos estar alerta, cuando llegue el momento.
¿Sólo las formas de Cristina, pero en particular las de Néstor Kirchner, nos parecen repudiables? ¿O también la mayoría de sus políticas? De la respuesta a esta pregunta salen, en buena medida, los caminos que se plantearán cuando, en menos de dos años, debamos quitarle los últimos vestigios de poder al matrimonio para depositarlo en otras manos.
La respuesta a la cuestión de las formas es, con toda probabilidad, harto mayoritaria. La soberbia, el autoritarismo -cuando no el despotismo-, el maltrato verbal, la coacción, la extorsión y otras bondades que ejerció la pareja durante estos largos años han potenciado hasta el infinito el deseo por depositar en el poder a alguien con rasgos infinitamente más civilizados.
Sin embargo, no por ello las formas dejan de ser secundarias. La gran pregunta es acerca de lo que pensamos la mayoría de los argentinos sobre las principales políticas llevadas a cabo en esos mismos años por los Kirchner. Porque no pocos de los que hoy parecen duramente enfrentados con ellos comparten muchas de sus ideas, de sus decisiones y de sus políticas; aunque, en apariencia, estén en la vereda de enfrente. Unos lo están por el tema de las formas, otros por meras apetencias personales y otros por simple oportunismo.
Hay que prestar mucha atención en ese punto. Particularmente en el momento de la crucial elección de traspaso de poder.
Porque luego, la pobre excusa de “al final, este/a es lo mismo pero sin malas maneras” no nos servirá para evitar otros largos años de postración.
Y no hace falta ser tan perspicaz para saber de quiénes, entre otros, estamos hablando no positivamente.

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