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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Enzo Prestileo

Actualidad

La histeria argentina

20.12.2009 | Declaraciones del nuevo ministro de Educación del Gobierno de Macri, Abel Posse, acerca de ciertos aspectos de la política nacional, generaron una catarata de críticas de parte de sindicalistas, políticos, periodistas y personajes públicos de todo orden. ¿Cuántos ciudadanos se vieron representados por esas críticas, y cuántos por las expresiones del intelectual devenido en funcionario?

Un día después de que el gobierno porteño anunciara que la cartera educativa dejaría de estar en manos de Mariano Narodowski para pasar a las del intelectual peronista Abel Posse, éste publicaba en el matutino La Nación una polémica columna de opinión donde criticaba con dureza ciertos aspectos de la política nacional referidos, en particular, a la falta de seguridad.
Dijo Posse, entre otras cosas, en un texto que tituló “Criminalidad y Cobardía”: “Los Kirchner lograron demoler el básico esquema constitucional de orden público y de ejercicio de la fuerza exclusiva del Estado para cumplir con la misión esencial de reprimir. (…) Reprimir es obligación del Estado en cuanto ‘contención en acto del delito inminente’. Se enfrenta al delincuente para garantizar la vida del ciudadano con sus libertades (la de circular libremente, por ejemplo) y sus bienes. (…) Lograron infectar con un virus ideológico la garantía elemental de seguridad. (…)  Lograron que los policías se sientan más amenazados e inhibidos en la tarea represiva de los delincuentes en su agresión, y que la Justicia se ausente en este momento de crisis, sin reaccionar con urgencia ante la criminalidad reincidente y concediendo excarcelaciones a una gran cantidad de menores, incluso en los casos de asesinato o uso de armas. (…) El poder Judicial parece refugiado y silencioso, pese a la tormenta con la que la mala política del Poder Ejecutivo arrasa con los principios básicos del derecho. (…) El Estado es un instrumento para conservar el poder K. (…) La sociedad tiene la sensación de habitar un país invisible, con una corrupción que nos ubica bien por debajo de los cien países más corruptos del planeta. (…) Muchos ‘garantistas’ pagaron su lujo humanista con los cadáveres humanísimos de ciudadanos honestos acribillados delante mismo de sus hijos o padres, mujeres violadas y decenas de policías que mueren sin afecto oficial ni el respeto debido a su profesión imprescindible y peligrosa”.
La columna es bastante más larga, y por supuesto no está exenta de otras apreciaciones políticas menos relacionadas con la actualidad y con mayor tinte ideológico, como las que rezan: “Impusieron la visión trotskoleninista de demoler las instituciones militares y la policía, como vengándose de los años setenta, cuando una minoría se alzó contra el Estado para imponer una revolución socialguevarista, ajena y aislada ante la inmensa mayoría, empezando por el mismo Perón, los sindicatos y los partidos”. O bien: “los guerrilleros que rodean a los K -aunque ya estaban generosamente indemnizados por sus derrotas de los ’70- lograron afirmar la tarea de demoler a las Fuerzas Armadas”.
Si bien Posse es terminantemente duro con el Gobierno, no por ello exime de culpas a la oposición: “los mismos dirigentes de la oposición hablan a media lengua (…) Son escamoteadores del tema, que se refugian en la indispensable acción recuperatoria, rehuyendo la batalla central. (…) La mayoría de susurrantes opositores no estuvieron a la altura de la batalla que exige el orden público en un país crispado y conflictivo, donde nunca existió una cultura del respeto ciudadano”.
Posse milita en el peronismo y, dentro de sus infinitas vertientes, últimamente se le conoce una marcada cercanía a Eduardo Duhalde, al que -dicen- incluso habría consultado para conocer su opinión acerca de si debía o no aceptar el convite de Macri a la función pública. De hecho, a partir de esa militancia y de esa cercanía, participó en el gobierno provisional del ex vicepresidente de Menem; luego fue embajador en el gobierno de Kirchner. Por cierto, ni durante la primera ni a lo largo de la segunda de esas gestiones, pese a que tanto el pensamiento político, la ideología y la obra de Posse son harto conocidas en el ámbito político, se lo atacó con la ferocidad con que se lo hizo en estos días. Incluso varios de los más populares y reputados periodistas de la hora lo trataron poco menos que como un nazi.
Al parecer, la táctica del Gobierno nacional, de utilizar a Posse para atacar de manera elíptica -o incluso directamente- a Macri, tuvo algunos resultados exitosos; si se lo mira únicamente desde el punto de vista de la suma y resta electoral, ya que ha contribuido a mellar -habrá que ver cuánto, en el futuro- la imagen del que parece ser su principal adversario. Los pacatos colegas -de este cronista, claro- han comprado en buena medida el “relato” kirchnerista que asocia todo lo relacionado con el orden y la seguridad a una especie de ideario reaccionario y paleozoico que sólo se le puede atribuir a dinosaurios de la derecha más rancia del planeta.
Ese “establishment” de opinadotes públicos ha sido bastante categórico en la condena de Posse. La pregunta que importa es, ¿qué piensa la gente del llano al respecto? ¿Comparte ese desprecio absoluto por el “fascista” Posse, o está más cerca de las opiniones de éste que de las de sus ahora numerosos detractores? En todo caso, como nunca el pensamiento es uniforme, ¿cuántos son unos y cuántos los otros?
Es imposible determinarlo a ciencia cierta. Pero el cronista intuye que lejos está de repetirse la proporción de condenas que se le propinaron desde los ámbitos periodísticos y políticos; ya sea en las calles porteñas, en las marplatenses, las rosarinas, las cordobesas o las mendocinas. A lo sumo, habrá opiniones repartidas. ¿O estaremos nuevamente frente a una muestra de la clásica histeria ciudadana? Esa que por un lado sale a reclamar casi exactamente las mismas cosas que Posse, en manifestaciones callejeras en Lomas de Zamora, Wilde, Lanús, La Plata, y tantas otras ciudades del conurbano o el interior, o en los cien barrios porteños; y después, cuando alguien desde la política se hace eco de esos reclamos y los traduce sin el filtro de lo “políticamente correcto”, se lo lapida por “reaccionario”.
Posse podrá ser un buen o un mal ministro. De hecho, no parece tener la ejecutividad necesaria para un área tan compleja como la educativa. Pero eso es, hoy, harina de otro costal. Lo que importa es la opinión de la gente. ¿Seguiremos histeriqueando toda la vida, o alguna vez nos animaremos a hacer lo necesario para cocinar la tortilla?

Los unos y los otros

Por ahora la histeria sigue ganando por goleada. La proporción de crítica –feroz, en general- es enormemente superior a la de respaldo, respecto a los dichos de Posse. Es cierto, hay una o dos expresiones en el largo comentario de Posse que abren la puerta para que aún los más desapasionados y objetivos critiquen con razón cierta ambivalencia referente a los innegables crímenes del Estado de hace tres o cuatro décadas. Pero utilizar esas referencias secundarias -aún así, completamente admisibles, pues la opinión no es delito- para ocultar la materia central de lo dicho por Posse referido a la degradación social en la que viene cayendo la Argentina desde hace muchos años, sólo puede responder a la malicia, la insensibilidad o al extremo fanatismo ideológico.
Posse dijo, claramente, algo obvio: la seguridad no existe, la legalidad tiene cada vez menos valor, y hasta el lenguaje se está corroyendo aceleradamente. No es necesario ser filósofo para darse cuenta. Pero es necesario ser valiente para decirlo públicamente en un país adormecido por las sucesivas inyecciones de una ideología setentista que no ha hecho otra cosa que destruir el tejido social hasta el punto de un velado pero innegablemente creciente enfrentamiento de clases. No casualmente, para nada, como ocurre en Venezuela. O como ocurre cada vez más en Bolivia y Ecuador.
La falsa máscara de una supuesta liberación de un demonio capitalista y occidental que nos somete y condena a la pobreza, esconde detrás a una amorfa masa de postergados sedientos de revancha, “viejóvenes” revolucionarios congelados hace tres décadas y políticos corruptos que no hacen más que conquistar poder y dinero desde aquel entonces.

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