Columna27.12.2009 | De a poco, como si fueran planetas en formación, las partículas dispersas de la oposición al kirchnerismo van agrupándose en torno a algunos núcleos “duros”. Dejando de lado al amorfo peronismo, que se siente cómodo en cualquier lugar del arco ideológico, se empiezan a vislumbrar dos conglomerados mayores. Uno de centroizquierda, todavía con varias cabezas; y otro de centroderecha, cuyo epicentro es Macri.
Ya se dijo en esta columna que, si bien se hace cada vez más evidente que el ciclo kirchnerista se aproxima aceleradamente a su fin, todavía no están claras las ideas fundamentales sobre las que se construirá el futuro gobierno; más allá de los nombres y los hombres, genéricamente hablando, claro. En ese sentido, los ciudadanos deberíamos ser muy cuidadosos en diferenciar a unos y otros opositores. No es lo mismo oponerse a Kirchner por sus ideas acerca de la economía, plasmadas en las retenciones al agro, las trabas a la exportación de carnes, granos o lácteos, la estatización de empresas de servicios, la confiscación de los fondos de pensión privados, la negación a integrarse al FMI, la centralización absoluta de los recursos fiscales y su reparto a las provincias –¡y hasta a los municipios!- en función de la subordinación política, que oponerse por sus formas despóticas y su obsesión por el poder.
No es que no sea importante tener gobiernos respetuosos de los tiempos constitucionales y de las reglas de la política civilizada. Lo es, y mucho. Es indispensable llegar cuanto antes a contar con administraciones que no manipulen las instituciones hasta convertirlas en juguetes de sus delirios de poder, que no cedan a la tentación de utilizar el monumental peso del Estado para callar a los medios de comunicación que los aguijonean con sus críticas y sus investigaciones. Que no desvíen los recursos de ese mismo Estado para sus propias necesidades políticas y electorales Que no recurran a sofismas ideológicos con el propósito de dividir a la sociedad, para luego cooptar a la porción más necesitada de la ayuda estatal mediante el uso y abuso del clientelismo. Estas prácticas deleznables aún son inexcusablemente toleradas por ciertos intelectuales frustrados, creyendo que todavía vivimos inmersos en una guerra ideológica sometidos por poderes “neoliberales” de los que hay que -redundancia al margen- liberarnos. Sin embargo, acabar con ésas prácticas es un imperativo tremendamente importante y urgente.
Aunque, si nos conformamos con que los futuros gobiernos sean un poco más respetuosos de las formas, un poco menos obsesivos con la prensa, un poco más tolerantes de la diversidad de opiniones y con que estén libres del virus de la hegemonía, el paso que daremos será muy corto y no nos pondrá a salvo de recaídas. Y las recaídas, lo hemos comprobado con cada una de ellas, siempre nos dejan más sumergidos que antes en el abismo.
Hace falta tener el valor para plantear esos necesarios cambios en las formas. Pero mucho más que eso hacen falta políticos, partidos y gobiernos que estén dispuestos a patear el tablero del atraso que rige la política argentina desde mediados del siglo pasado; que lideren a la sociedad hacia la modernidad que transitan los países desarrollados. Políticos con… agallas. Hombres y mujeres que no renieguen de sus principios ni de sus ideas, sean éstos de izquierda o de derecha. La sociedad argentina está compuesta por, al menos, una o dos generaciones a las que se convencieron de que la izquierda significaba subversión y terrorismo; y una o dos generaciones, las posteriores, a las que se bombardearon con el latiguillo de que la derecha significa golpes de Estado y fascismo. Es exasperante el maniqueísmo que exuda la política, pero también el grueso de la intelectualidad argentina. El periodismo no escapa a ello. Por el contrario, es, probablemente, la profesión más corroída por esa venenosa prédica. Probablemente las generaciones vivas de periodistas políticos ya no puedan escapar a ese karma. Estamos –por cierto, como debe ser- para bien o para mal, librados a la suerte que nos toque respecto a los políticos que dominen la escena luego del kirchnerismo.
Los hay, muchos, de la misma patética clase que los que gobiernan, y gobernaron desde el retorno de la democracia. Pero también hay de los otros. El problema más grande que éstos últimos enfrentan son sus propios miedos. Miedo a ser rechazados por una sociedad que, creen, no está madura para aceptar -con seguridad, bastante traumáticos- los cambios que impondría pasar del modelo de política clientelista y caudillista que predomina en varios países sudamericanos aún, a otra moderna, de premios y castigos, de administración eficiente de los recursos y de respeto a las leyes. Miedo a que el tránsito se los devore a ellos, y a que el esfuerzo caiga en saco roto. A que, a mitad de camino, en medio de los temblores lógicos -eso a lo que Carrió llama el “parto”- los inescrupulosos cultores de la política actual aprovechen para llevar nuevamente el agua a sus molinos y la Argentina quede condenada por muchas más décadas. O para siempre, a ser un insignificante país periférico que alguna vez le hizo creer al resto del mundo que tenía lo necesario para convertirse en un país central.
Por eso, una vez más, es importante, es fundamental que la ciudadanía que todavía no cayó en la marginalidad a la que condena la pobreza, sepa distinguir entre unos y otros.
En 2011, si es que el kirchnerismo no se desintegra por el camino, o eventualmente cuando ello ocurra, debemos estar preparados para saber cuál de los senderos en que se bifurcará el camino no hay que tomar. No es tan importante, como quedó dicho, si tomamos un camino hacia la derecha o hacia la izquierda. Ambos, si están liderados por políticos razonablemente honestos y con las suficientes agallas como para iniciar los grandes cambios necesarios, podrán empezar a sacarnos del pantano. Después de cierto tiempo, si resisten los embates iniciales, el recambio de izquierdas y derechas será tan natural como lo es hoy en cualquiera de los países desarrollados.
Pero en la bifurcación estará el sendero que nos lleva también, nuevamente, al abismo. Es más corto. Es un atajo. Y por eso mismo, es más tentador. Cuanto más abajo caemos en el atraso, más rápido queremos recuperar lo perdido. Y el atajo siempre está ahí, con una cara atractiva, con una oferta mágica, con palabras viejas que, vaya a saber por qué, siempre nos endulzaron los oídos. ¿Qué cambio nos puede ofrecer Duhalde? ¿Cuál Solá, Reutemann o Scioli? Todos ellos, como también Cobos, estuvieron de acuerdo con las políticas de Kirchner hasta la pelea con el campo. Duhalde sólo se enfrentó por el control del peronismo bonaerense, no por otra cosa.
Demos espacio a algo nuevo. No podemos perder más de lo que hemos perdido hasta aquí, por no hacerlo.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.