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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Enzo Prestileo

Actualidad

¿Nadie tiene otro modelo?

10.01.2010 | Pasarán muchos años antes de que la sociedad argentina tome conciencia del terrible mal que le hizo el “modelo” socioeconómico vigente a sus posibilidades de desarrollo. Una izquierda fosilizada ideológicamente y una derecha vergonzante han despejado el camino para que los aventureros de turno nos atrasen varias décadas, consolidando la pobreza actual y propiciando su ampliación futura.

El modelo económico –y por derivación, social- vigente desde comienzos de la década se puede definir, sin exagerar, como un sistema centralmente planificado, adaptado a algunos de los límites que impone la cultura occidental. Ni siquiera podemos hablar de los límites que establecen las leyes o el sistema democrático mismo. Porque las primeras son violadas reiteradamente sin que la Justicia se anime a castigar a los violadores, cuando éstos detentan el poder político. Y el sistema democrático es más fácilmente tergiversable aún, ya que está basado en la voluntad de los integrantes de las sociedades a defenderlo. Y en una sociedad anémica -y anómica- como la nuestra, esa voluntad es poco menos que nula.
¿Por qué centralmente planificado? Aun cuando suene tremendista, la planificación centralizada se basó, hasta su virtual desaparición con la caída del Muro, en la pretensión de igualación económico-social, dirigida y controlada por una amplia, férrea y poderosa burocracia estatal.
Por cierto, al no poder derogar la fachada democrática que permite ciertas libertades básicas, el poder político que intente instalar este sistema -el kirchnerismo, en este caso- necesita colonizar todas o casi todas las instituciones que la democracia destina a lo opuesto. Es decir, al debate permanente de ideas entre sectores que pretenden imponer las propias. El kirchnerismo lo hizo.
El primer paso requiere ganar elecciones libres. Kirchner encontró, en su momento, una suma de situaciones políticas que le permitieron obtener esa victoria sin necesidad de mostrar demasiado sus cartas. Cosa que, hay que admitir, casi nadie hace. Con Duhalde en situación de “acomodar” el acto electoral a sus necesidades, y habiendo sido su objetivo personal el de evitar a toda costa que Menem volviera al poder, logró que el peronismo no menemista apoyara a su delfín: un santacruceño al que no conocía demasiado pero al que, habrá supuesto, podría controlar con facilidad.
Ese primer paso estaba dado. El resto fue mérito del propio Kirchner para explotar las fobias de la sociedad y conseguir así una cuota de poder enorme. En particular, una amplia mayoría legislativa que le permitió no sólo allanar el camino del Poder Ejecutivo hacia un gobierno casi sin controles ni límites, sino además una Justicia sumisa por la amenaza que representaba un organismo tan poderoso como intimidante: el Consejo de la Magistratura, en manos de dos de las espadas más fundamentalistas del kirchnerismo, Diana Conti y Carlos Kunkel.
La oposición política, confundida y extremadamente atomizada, no encontró, a lo largo de más de seis años, la forma de ofrecer un mensaje atractivo a la sociedad. Todavía hoy no puede hacerlo, y apenas si intenta capitalizar la lógica caída de popularidad del Gobierno.
Con un panorama tan propicio, los Kirchner comenzaron a instalar su “modelo”. Desde el principio, había que desalentar la actividad privada, de manera que cualquier proyecto económico importante pasara inexorablemente por el Estado. Es decir, por el Gobierno. Durante el de Néstor, hubo reprimendas públicas contundentes para aquellos que no entendieron o no acataron las nuevas condiciones. Así sucesivamente, varias empresas y sus dueños o ejecutivos fueron públicamente presionados. Supermercadistas como Coto y Jumbo, petroleros como Shell o ESSO, y hasta multinacionales como Techint fueron puestos en vereda rápidamente. Al campo, entretanto, crecientes retenciones.
El empresariado quedó rápidamente mudo. Comenzó entonces la etapa de igualación hacia abajo. Donde hubiera recursos, debían pasar rápidamente a manos del manejo estatal. Así, el Correo, Aerolíneas Argentinas, las AFJP o el agua, por ejemplo, pasaron a control estatal. Algunas proveían recursos financieros; otras, políticos, por concesiones ideológicas a eventuales aliados.
El efecto fue el obvio: las inversiones comenzaron a menguar, hasta casi desaparecer. Durante los primeros años de la década, la megadevaluación de Duhalde destruyó el consumo y generó una capacidad productiva ociosa enorme; vale decir, por otra parte, que ya se había incrementado fuertemente durante el menemismo. Fomentar el consumo tenía, entonces, varias facetas positivas. Enormes ventajas políticas de corto plazo, una recuperación -no crecimiento- tan fuerte como fuerte fue la caída y la obtención de financiamiento para uso discrecional del Gobierno.
Así desembocamos en la situación actual: alcanzada casi la totalidad de la capacidad productiva; el campo resistiéndose a ser depredado por la voracidad fiscal, aunque varios sectores como la lechería y la carne fueron terriblemente afectados; y el Gobierno amenazando con quedarse con YPF por la misma combinación de motivos financieros y políticos.
En seis años, el kirchnerismo logró decapitar a todo aquel sector que asomó la cabeza. Eso es igualar hacia abajo. La excusa fue la distribución de esos “excedentes” entre los más pobres. Así no ha salido del subdesarrollo ningún país. Por el contrario, así es como muchos han condenado a sus sociedades a permanecer en él. Eso es lo que sucedió en Argentina.
Sin embargo, y aun ante la evidencia del fracaso de tan retrógrada política, no escuchamos propuestas distintas. La izquierda se convenció de que está bien igualar hacia abajo, aunque con mejores modales que los de los Kirchner. La derecha, que presuntamente cree en la potencialidad de los privados, aun con la necesidad de un Estado muy fuerte, no se anima a salir del placard.
Mientras tanto, nosotros, la sociedad, miramos y escuchamos, tan confundidos como desorientados. Pero también tan víctimas como victimarios, ya que fuimos nosotros quienes sucesivamente dimos alas a estos aventureros retrógrados, incluso a sabiendas de que sus grandilocuentes promesas de felicidad instantánea eran tan utópicas como irresponsables.
Fuimos, hasta ahora, parte del problema. Por más que nuestros patéticos líderes lo hayan sido más.
Alguien, en algún momento, deberá hacernos propuestas adultas.
Alguien deberá proponer un modelo distinto, en el que no todos seamos iguales, sin por eso condenar a nadie a la pobreza.
¿Dónde está hoy ese “alguien”?

¿Es PRO la derecha?

Uno de los motivos por los que estamos estancados es la falta de equilibrio en la propuesta política. Por increíble que pueda parecer, el kirchnerismo ha conseguido inocularnos un temor tan grande hacia todo aquello que tenga que ver con la derecha, haciéndonos creer que inexorablemente quien tenga esa etiqueta deber ser un genocida homófono y misógino, que nos privó de la mitad de la receta del progreso. Porque no hay país que haya progresado sin un verdadero sistema político donde derecha e izquierda se hayan turnado en el poder, corrigiendo sucesivamente los excesos de la contraparte y aportando la riqueza de la propia visión del mundo, de la sociedad y del ser humano mismo.
Aquí no. Aquí una facción ha logrado demonizar a la otra, así como, justo es reconocerlo, en tiempos no tan lejanos la facción demonizada fue la hoy dominante.
Es un comportamiento infantil que nos priva de progresar. Es decir, nos condena a vivir con millones de pobres que podrían no serlo, millones de indigentes que podrían vivir mucho mejor. Es como si viviéramos con sólo la mitad del cerebro.
En Argentina, lo más parecido que existe en el sistema político a una derecha del tipo del que tienen las sociedades europeas o la norteamericana, es el partido que creó Mauricio Macri. El PRO. Por cierto, históricamente el peronismo ha sido el partido político que más y mejor albergó a los dirigentes que, naturalmente, tienen esta inclinación política. El mismo Perón, más allá de su infinita ambigüedad, era un militar con muchas ideas de derecha. Y Menem fue el último dirigente que representó algunas de ellas. Sin embargo, esa fatídica ambigüedad es la que pervirtió al sistema. Ya que tanto la derecha como la izquierda del peronismo, al no ser dogmáticas sino esencialmente pragmáticas, no eran ni una cosa ni la otra. Ni chicha ni limonada.
El PRO, sin embargo, todavía tiene enormes dificultades para terminar de aceptarse a sí mismo como ese partido de derecha -o centro derecha, para ser más concesivos con la corrección política- que la Argentina necesita tanto. Esta indefinición sale a la superficie cada vez que alguno de sus dirigentes expresa de manera contundente una posición, digamos, de derecha. Así ocurrió con Posse, o más recientemente con Diego Guelar.
Si no lo propone el PRO, ¿quién puede, desde la izquierda, proponer algo sustancialmente distinto?

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