Columna07.02.2010 | Desde aquél “¿qué te pasa, Clarín, estás nervioso?” que durante los prolegómenos de un acto electoral en la provincia de Catamarca, Néstor Kirchner le destinó al grupo empresario dueño del matutino porteño, se ha desatado un debate interno en el periodismo tan estimulante como soterrado. Ahora empieza a salir a la superficie.
Como no podía ser de otra forma, en un país donde la degradación es el común denominador de prácticamente todas las actividades, el periodismo de estos tiempos deja mucho que desear. Los motivos son varios y diversos. Paradójicamente, en este último cuarto de siglo -coincidente, pero no casualmente, con el retorno de los tiempos de la democracia- en el que las escuelas de las distintas especialidades periodísticas proliferaron como hongos, la profesión se banalizó como nunca. Se tiñó de una superficialidad funcional a su aspecto comercial y al espíritu ligero, light, de una época intrascendente.
En este contexto omnipresente -es obvio que, como en todo, hay excepciones tan remarcables como proporcionalmente escasas-, las políticas clasistas y extremadamente confrontativas que propuso el gobierno de los Kirchner sirvieron para desbaratar las cuidadas apariencias con que algunos de los segmentos más ideológicamente identificados de la sociedad, moldearon las prolijas caretas con las que transitaron los turbulentos tiempos que la Argentina vivió desde, prácticamente, comienzos de la década del ‘70.
El Grupo Clarín fue el símbolo elegido por Kirchner. Pero también por todo el arco de periodistas que sostiene las mismas premisas anticapitalistas que alimentan el ideario K. Independientemente de la valoración cualitativa que le pueda caber a cada uno de los medios que el grupo posee, tanto las espadas -algo desafiladas, por cierto- que el Gobierno apadrina, como aquellos que sin identificarse plenamente con las políticas K se irritan con la sola mención de grandes grupos empresarios, aprovecharon para cargar contra la empresa indudablemente más exitosa entre las que se dedican al periodismo en Argentina, con una furia impensada.
De ahí que la polémica Ley de Medios tuviera una cantidad de apoyos que el Gobierno no ha conseguido ni remotamente en ninguna de las políticas que propuso, cuando menos, desde la desdorosa derrota electoral de mediados del pasado año.
El proyecto del Gobierno, ahora ley, espera por su aplicación para probar cuánto puede cambiar del actual panorama mediático nacional. Pero mientras tanto, ha desatado una cada vez más furiosa polémica acerca del papel que los medios, e implícitamente los periodistas que de ellos participan, deben desempeñar con respecto al poder político de turno.
Sin querer, esa ley ha tenido el mérito de dejar al descubierto una porción importante de la hipocresía que se esconde detrás de opiniones, en apariencia, “objetivas”.
Entre otras lindezas que las distintas posiciones van esparciendo por el éter y el papel, no faltan acusaciones “cuasi mafiosas”, diría Cristina, a periodistas que trabajan por sobres de dinero compradores -hay que suponer- de silencios o mentiras. Periodistas ingenuos al punto de no darse cuenta cómo son manipulados por sus patrones para decir/escribir lo que ésos patrones quieren sobre quienes ellos quieren las veces que quieran. Periodistas pusilánimes que, con tal de mantener su trabajo ocultarían, cualquier información que comprometa a esos perversos patrones. Y así...
Claro está que, los que opinan esto, son las incorruptibles voces de la independencia y la objetividad, al servicio del pueblo, para enseñarle a separar la paja del trigo a la hora de leer o escuchar las noticias.
¿Cómo se explica que, después de décadas de tomar a Clarín como referencia, muchos periodistas ahora se despachen contra ese perverso “monopolio” plagado de periodistas reptiles, que se arrastran por un magro salario, dispuestos a decir lo que Magneto y su banda les ordena, ya literal, ya oblicuamente? Vale decir que el grupo no tiene más que entre el veinte y treinta por ciento, en el mejor de los casos, de la participación en el mercado de los diarios, de la TV o de la radio. ¿Qué cambio radical se produjo de uno o dos años a esta parte como para que, de repente, todo lo que antes era neutral ahora se haya teñido de pura especulación mercenaria?
Nada sustancial. Simplemente, la escalada confrontativa del Gobierno obligó a tomar posiciones en ciertos temas tabú para buena parte de la sociedad. En particular, la parte más informada de ella.
La confrontación del Gobierno con el campo fue un disparador extremadamente potente. Son muchos más de los que se piensa los argentinos que conforman una suerte de elite culturosa-intelectual que, sin medias tintas, odian al capitalismo y a todos sus derivados. Entre ellos, lo que consideran que a la oligarquía terrateniente -el campo, para ellos- el Gobierno, justamente, le quiso meter la mano en el fondo del bolsillo; a los que Clarín puso en el lugar de víctimas. Fueron imágenes muy difíciles de digerir para quienes, después de décadas de moldear una imagen moderada, sintieron que la ignorante clase media era arriada hacia las cercanías de los patrones de estancia que, de la mano del establishment financiero, sojuzga a esta Nación desde tiempos inmemoriales.
Y Clarín estaba contribuyendo con todo su potencial propagandístico a ese odioso propósito. Imperdonable. De pronto, los Barone, los Víctor Hugo y tantos otros, descubrieron la verdadera cara de Clarín.
Clarín siempre tuvo los mismos intereses. Siempre fue un grupo que privilegió lo rentable por sobre la calidad. Siempre fue superficial. No desde hace un mes, un año o un lustro. Tiene sus intereses, como toda empresa, lo que no la convierte en un monstruo derrocador de gobiernos o un ejército con periodistas soldados que a cambio de un sueldo venden el alma de su profesión. Clarín quisiera controlar la opinión pública, pero no lo hace. Se puede estar informado por medios gráficos sin necesidad de tocar nunca un ejemplar del “Gran Diario Argentino”; por radio, sin escuchar nunca una señal del grupo; o por TV, sin perder absolutamente nada de la realidad. Clarín es una voz más. Potente, pero sólo una voz más. Es mucho mayor la concentración en varios otros rubros.
La pelea con Clarín oculta los mismos prejuicios anticapitalistas que se esconden detrás de la mayoría de las políticas gubernamentales. Y como el anticapitalismo tiene mucha prédica en Argentina, muchos aprovechan para ocultarse detrás de esa máscara.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
Persona travesti al que la Justicia de Córdoba le otorgó la guarda de dos pequeños que eran maltratados por sus padres.