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MAR 07 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Enzo Prestileo

Actualidad

El secreto de la excelencia

14.03.2010 | Lo sucedido con la película "El secreto de sus ojos" fue una muestra cabal del doble estándar de millones de argentinos. En particular, cuándo no, de los "pobresistas" entre los que, claro está, destaca el matrimonio presidencial y todo su séquito. Además de haberse vuelto adoradores de "los mercados", ahora también cantan loas al dios Hollywood.

Este cronista estaba exultante de alegría. Cinéfilo aficionado, había quedado maravillado al salir del cine y predijo, como tantos otros seguramente, que esa película estaba para cosas mayores. Era sin dudas la que había que seleccionar para mandar a la competencia previa por los Oscar y, por qué no, se podía soñar con que quedara seleccionada entre las cinco finalistas que llegarían hasta el día de la fiesta hollywoodense.
La noche del pasado domingo la extendió con la ayuda de algunas vituallas tardías, café fuerte incluido, hasta el punto en que la adrenalina previa fuera suficiente como para no necesitar de ayudas extras. No sabía que la estatuilla al mejor film en lengua foránea se entregaría recién antes de los cuatro Oscar principales: a mejor actor, mejor actriz, mejor director y mejor película; por eso, a medida que se acercaba el momento, la mezcla de expectativas y nervios lo mantenía despierto. Hasta que finalmente Almodóvar abrió el sobre y pronunció las cinco palabras en perfecto castellano; obvio, ¿no?.
Saltó en la cama -el colchón resultó ser resistente-; aceptó, feliz, el pase de factura de su mujer mediante los consabidos “¡te dije!”. Recibió la inesperada llamada telefónica de su hija -que era televidente de la misma revelación, a sólo 600 kilómetros del teatro Kodak, aunque en el mismo estado de California- para compartir la distante misma alegría.
Hasta aquí, no es más que la crónica de cómo vivió el momento uno de millones de argentinos que compartió, en la madrugada del domingo al lunes los más noctámbulos o durante la mañana siguiente la mayoría, una de esas alegrías que se festejan como sólo los éxitos deportivos se suelen festejar.
A partir de entonces, es decir, desde esa misma madrugada y tic profesional mediante, comenzó una recorrida que se profundizó en horas más normales del lunes, sobre las reacciones de medios, periodistas y público en general, reflejadas en canales de televisión, radios, diarios y, cada vez más inevitablemente, en Internet.
Lo que el cronista encontró fueron reacciones normales de gente normal. Esto es, alegría por doquier, algún entendible exceso de chauvinismo, chistes de ocasión. En fin, grosso modo, lo que esperaba encontrar.
Lo que no esperaba encontrar -¿o, en el fondo, también lo esperaba?- era la misma alegría incontenible en personas que, a juzgar por lo que pregonan, debieran haber despreciado o minimizado el acontecimiento, en lugar de resaltarlo como lo hacemos quienes entendemos de manera muy diferente determinadas cosas.
¿O es que acaso la competencia feroz para acceder a recompensas para los vencedores, es decir, los mejores, ahora resulta ser buena? ¿Cuántas cosas hay más representativas del capitalismo en su versión, si se quiere, más salvaje, que Hollywood y la entrega de los Oscar? ¿Es que la alegría por el triunfo de lo que uno considera propio hace olvidar lo que, se supone, son las creencias de toda una vida?
Las preguntas de este tipo podrían ser infinitas, pero el punto ya está expuesto.
Y el punto, para que no haya lugar a las interpretaciones surrealistas a las que somos tan afectos, es que la competencia hace a la excelencia. La película de Campanella es excelente. Por eso ganó. Por eso tuvo posibilidades ciertas de ganar, ya que bien pudo haber perdido con otra película igualmente excelente. Difícilmente la hubiera perdido con una película mediocre. No en los Oscar. Sí, quizás en alguna otra disputa muy menor, donde la que la feroz competencia que plantea el capitalismo pudiera haberse reemplazado por las relaciones entre competidores y premiadores, por la corrupción, la politiquería barata o la mera propaganda disfrazada de competencia.
En pocos días, hubo quienes comenzaron a elogiar a los mercados cada vez que éstos responden positivamente a alguna de sus demagógicas medidas; y ahora, quizás ante la lógica incontinencia por la alegría del triunfo de lo que se considera en alguna medida propio, han pasado a glorificar a uno de los símbolos máximos del capitalismo: Hollywood. Se trata de quienes han hecho carrera sobre las bases de la crítica constante y aviesa al capitalismo, y han logrado así llegar a la conducción política del país. También de aquellos que se solazaban con la última crisis financiera del mundo desarrollado prediciendo el fin del capitalismo ahogado en su propia corrupta génesis. Y de esos que desde países con la mitad de su población inmersa en la pobreza se animan a criticar ácidamente cada tropiezo de aquellos que llevan décadas, cuando no siglos, progresando en serio y logrando mejores estándares de vida para sus pueblos,
Esto mismo ocurre con la mayoría de los que apoyan a nuestros gobernantes por creer que realmente se están plantando contra los defectos -que, es obvio, tiene y muchos- del capitalismo. En realidad, lo que quieren es combatir sus virtudes, porque están apoyadas en el esfuerzo individual, para el logro de beneficios colectivos a través de un Estado que controle y distribuya adecuadamente el producto de aquel esfuerzo, sin coartar la libertad ni la prosperidad de quienes demuestran ser los mejores en esa competencia. Esos despistados que critican a las empresas y a los empresarios por buscar denodadamente el mayor lucro posible, como si ellos mismos no disfrutaran al máximo de los frutos que sus propios esfuerzos y talentos les brindan, como viajar por el mundo, disfrutar del arte, del deporte de elite, de los mejores espectáculos, de la buena gastronomía o tantas otras cosas legítimamente ganadas.
Sin embargo, todavía ése, el discurso anticapitalista, es el mayoritario. Y peor aún, es el mayoritario por el simple hecho de que es el mayoritariamente aceptado por los argentinos. Nos guste o no a lo que pensamos lo opuesto. La prédica anticapitalista lleva décadas prendiendo en nosotros.
¿Cambiará algo por lo ocurrido con las reacciones por el Oscar a “El secreto…”?
No cambió antes con muchos otros acontecimientos similares. Es difícil creerlo.

Talento

Juan José Campanella mismo, el talentosísimo director cinematográfico de “El secreto…”, pero también de “El padre de la novia”, que llegó a la instancia final de la disputa por el Oscar y de tantas otras joyas cinematográficas, es sin embargo uno de esos despistados mencionados en la columna central de esta página. Le caben las mismas generales de la ley que a todos cuando se mete en terrenos que no domina; acuden a la memoria del cronista los casos de Maradona y Hebe de Bonafini, como muestras gratuitas.
A fines del pasado mes de septiembre, el economista Enrique Szewach utilizó el ejemplo de “El secreto de sus ojos” para demostrar que el talento y el esfuerzo siempre son recompensados, sin necesidad de que se los subsidie.
Sin embargo, por sostener las mismas falsas consignas que tantos otros, el director polemizó con Szewach, acusándolo de las mismas tonterías de las que el pseudo progresismo -es decir, el “pobresismo” nac&pop- argentino acusa a todo aquel que, como este cronista, insiste en que los argentinos debemos adoptar cuanto antes un capitalismo hecho y derecho.
El capitalismo, asociado a una verdadera democracia liberal -esto es, aquella en la que la ley es sagrada y las instituciones se respetan- ha demostrado ser la vía por la cual los pueblos progresan, dejando atrás la pobreza y el atraso.
Aquí, sin embargo, incluso gente talentosa como el director de la brillante película que trajo el segundo Oscar para la Argentina, que festejó como un niño con un juguete nuevo sobre el escenario mayor del capitalismo mundial -mientras a la distancia el resto de los argentinos nos enorgullecíamos con él-, pregona que lo que necesita el país son políticas opuestas a aquellas. Que con la cerrazón mental, política, económica y social que pregonan los Kirchner y sus seguidores, que viviendo con lo nuestro como pregonan los economistas que se quedaron en la mitad del siglo pasado, vamos a estar mejor.
Si no se tratara de gente de cuya generosidad y bonhomía el cronista está completamente convencido, como Juan José Campanella, Víctor Hugo Morales, Orlando Barone, Federico Luppi, Florencia Peña, Diego Capusotto y tantos otros protagonistas de la argentina mediática, se podría pensar que son ejemplos del egoísmo más extremo imaginable. Es decir, de gente que disfruta del bienestar que se granjeó con su talento y esfuerzo, pero no quiere que sean muchos quienes compartan esos beneficios. Es gente que no consigue, pese a su talento, descubrir el secreto.

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