Columna14.03.2010 | Lo sucedido con la película "El secreto de sus ojos" fue una muestra cabal del doble estándar de millones de argentinos. En particular, cuándo no, de los "pobresistas" entre los que, claro está, destaca el matrimonio presidencial y todo su séquito. Además de haberse vuelto adoradores de "los mercados", ahora también cantan loas al dios Hollywood.
Este cronista estaba exultante de alegría. Cinéfilo aficionado, había quedado maravillado al salir del cine y predijo, como tantos otros seguramente, que esa película estaba para cosas mayores. Era sin dudas la que había que seleccionar para mandar a la competencia previa por los Oscar y, por qué no, se podía soñar con que quedara seleccionada entre las cinco finalistas que llegarían hasta el día de la fiesta hollywoodense.
La noche del pasado domingo la extendió con la ayuda de algunas vituallas tardías, café fuerte incluido, hasta el punto en que la adrenalina previa fuera suficiente como para no necesitar de ayudas extras. No sabía que la estatuilla al mejor film en lengua foránea se entregaría recién antes de los cuatro Oscar principales: a mejor actor, mejor actriz, mejor director y mejor película; por eso, a medida que se acercaba el momento, la mezcla de expectativas y nervios lo mantenía despierto. Hasta que finalmente Almodóvar abrió el sobre y pronunció las cinco palabras en perfecto castellano; obvio, ¿no?.
Saltó en la cama -el colchón resultó ser resistente-; aceptó, feliz, el pase de factura de su mujer mediante los consabidos “¡te dije!”. Recibió la inesperada llamada telefónica de su hija -que era televidente de la misma revelación, a sólo 600 kilómetros del teatro Kodak, aunque en el mismo estado de California- para compartir la distante misma alegría.
Hasta aquí, no es más que la crónica de cómo vivió el momento uno de millones de argentinos que compartió, en la madrugada del domingo al lunes los más noctámbulos o durante la mañana siguiente la mayoría, una de esas alegrías que se festejan como sólo los éxitos deportivos se suelen festejar.
A partir de entonces, es decir, desde esa misma madrugada y tic profesional mediante, comenzó una recorrida que se profundizó en horas más normales del lunes, sobre las reacciones de medios, periodistas y público en general, reflejadas en canales de televisión, radios, diarios y, cada vez más inevitablemente, en Internet.
Lo que el cronista encontró fueron reacciones normales de gente normal. Esto es, alegría por doquier, algún entendible exceso de chauvinismo, chistes de ocasión. En fin, grosso modo, lo que esperaba encontrar.
Lo que no esperaba encontrar -¿o, en el fondo, también lo esperaba?- era la misma alegría incontenible en personas que, a juzgar por lo que pregonan, debieran haber despreciado o minimizado el acontecimiento, en lugar de resaltarlo como lo hacemos quienes entendemos de manera muy diferente determinadas cosas.
¿O es que acaso la competencia feroz para acceder a recompensas para los vencedores, es decir, los mejores, ahora resulta ser buena? ¿Cuántas cosas hay más representativas del capitalismo en su versión, si se quiere, más salvaje, que Hollywood y la entrega de los Oscar? ¿Es que la alegría por el triunfo de lo que uno considera propio hace olvidar lo que, se supone, son las creencias de toda una vida?
Las preguntas de este tipo podrían ser infinitas, pero el punto ya está expuesto.
Y el punto, para que no haya lugar a las interpretaciones surrealistas a las que somos tan afectos, es que la competencia hace a la excelencia. La película de Campanella es excelente. Por eso ganó. Por eso tuvo posibilidades ciertas de ganar, ya que bien pudo haber perdido con otra película igualmente excelente. Difícilmente la hubiera perdido con una película mediocre. No en los Oscar. Sí, quizás en alguna otra disputa muy menor, donde la que la feroz competencia que plantea el capitalismo pudiera haberse reemplazado por las relaciones entre competidores y premiadores, por la corrupción, la politiquería barata o la mera propaganda disfrazada de competencia.
En pocos días, hubo quienes comenzaron a elogiar a los mercados cada vez que éstos responden positivamente a alguna de sus demagógicas medidas; y ahora, quizás ante la lógica incontinencia por la alegría del triunfo de lo que se considera en alguna medida propio, han pasado a glorificar a uno de los símbolos máximos del capitalismo: Hollywood. Se trata de quienes han hecho carrera sobre las bases de la crítica constante y aviesa al capitalismo, y han logrado así llegar a la conducción política del país. También de aquellos que se solazaban con la última crisis financiera del mundo desarrollado prediciendo el fin del capitalismo ahogado en su propia corrupta génesis. Y de esos que desde países con la mitad de su población inmersa en la pobreza se animan a criticar ácidamente cada tropiezo de aquellos que llevan décadas, cuando no siglos, progresando en serio y logrando mejores estándares de vida para sus pueblos,
Esto mismo ocurre con la mayoría de los que apoyan a nuestros gobernantes por creer que realmente se están plantando contra los defectos -que, es obvio, tiene y muchos- del capitalismo. En realidad, lo que quieren es combatir sus virtudes, porque están apoyadas en el esfuerzo individual, para el logro de beneficios colectivos a través de un Estado que controle y distribuya adecuadamente el producto de aquel esfuerzo, sin coartar la libertad ni la prosperidad de quienes demuestran ser los mejores en esa competencia. Esos despistados que critican a las empresas y a los empresarios por buscar denodadamente el mayor lucro posible, como si ellos mismos no disfrutaran al máximo de los frutos que sus propios esfuerzos y talentos les brindan, como viajar por el mundo, disfrutar del arte, del deporte de elite, de los mejores espectáculos, de la buena gastronomía o tantas otras cosas legítimamente ganadas.
Sin embargo, todavía ése, el discurso anticapitalista, es el mayoritario. Y peor aún, es el mayoritario por el simple hecho de que es el mayoritariamente aceptado por los argentinos. Nos guste o no a lo que pensamos lo opuesto. La prédica anticapitalista lleva décadas prendiendo en nosotros.
¿Cambiará algo por lo ocurrido con las reacciones por el Oscar a “El secreto…”?
No cambió antes con muchos otros acontecimientos similares. Es difícil creerlo.
La Cámara Nacional de Apelaciones le dijo al fiscal general Daniel Adler que trabajó poco. Los jueces lo retan por escandaloso, y le dicen que ni siquiera se ocupó de precisar lo que quería decir. Esta vez no funcionaron las órdenes que el fiscal quiso dar desde arriba, ni sus métodos de trabajo tan poco ortodoxos. Aprieta a sus súbditos: los otros no se dejan.
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.
El titular de Zona Sanitaria VIII analiza cómo se presentó la gripe A este año comparado con el año pasado y confirma un caso de rubeola en un niño de 4 años en Necochea.