Columna01.11.2009 | Como ejemplo de lo que debe ser la vida en armonía con las leyes del Señor, como pilar esperanzador para el mañana que sigue a la muerte, como refugio y continente contra las atrocidades mundanas, todas las religiones fueron atesorando creyentes a lo largo de los tiempos. A la vuelta de la historia, hoy aparecen como excusa para fundamentar y dar legitimidad a su opuesto: la violencia y la muerte.
Afganistán, Irak, la frontera pakistaní, el cuerno de África… Día a día se suman los actos de barbarie en los que se refleja una paradoja infernal que desconcierta: la religión y la violencia parecen necesitarse una a la otra de diferentes maneras, ya sea porque la primera debiera ser el freno de la segunda, o porque la segunda pretende justificarse en defensa de la primera. Hermanas inseparables, la construcción del ser humano integral, cuerpo y alma, van de la mano de la destrucción del cuerpo del otro y del alma propia, con lo que se deteriora ese mismo ser humano que queda entrampado en la peor contradicción. Si se es creyente, no se debe ser violento; y sin embargo, está plagado de violentos que dicen que lo son de puro creyentes. Esta lógica, aceptémoslo, no tiene un dueño; alcanza a todas las religiones por igual, nunca inmunizadas contra la locura de algunos de sus (excesivamente) “fieles”.
Una "moral trascendental" (?) es la guía y justificación de aquellos que prefieren ser llamados "paramilitares", "militantes", "mártires", o bien individuos que actúan "defensivamente" o "en operaciones". Nunca terroristas. No, qué va. El pastor luterano que fue encarcelado por colocar distintas bombas en clínicas abortistas en Alabama (EEUU) aseguraba contar con la "aprobación Divina" porque, en el fondo, lo que hacía era "proteger a los nonatos". Cuando el reverendo Paul Hill disparó contra el Dr. John Britton, director del Hospital de Pensacola en el que se suponía que los abortos eran moneda corriente, fue aplaudido por su círculo de militantes "cristianos".
Hace apenas un año Bo Gritz, líder del grupo American Patriot, condujo un pelotón en los bosques de Carolina del Sur buscando otro profesional de la medicina (el Dr. Eric Rudolph) sospechado de ejercer la misma deformación, con un "agravante": el médico era negro. "Razones suficientes" por las que fue muerto en ejecución sumaria y atado a un árbol con un cartel que rezaba: RAHOWA (Racial Holy War: Guerra Santa Racial), saludo y grito de guerra de la Iglesia Mundial del Creador, asociados a numerosos crímenes racistas.
"El Señor Dios es un hombre de Guerra" era la frase preferida Kerry Noble, líder de la agrupación Identidad Cristiana, que operaba en un gran teatro de Arkansas identificado como Iglesia del Pacto, la Espada y el Brazo del Señor. Noble no era un loco suelto, contaba con miles de seguidores; en especial, quien llegó a ser su asesor privado, Bob Matthews, que atesora en su currículum haber participado del asesinato de un presentador radial judío en Seattle, declarando que existe "un estado de guerra permanente de la Identidad Cristiana por el triunfo final de la Palabra".
Tras cartón y apadrinando el argumento, apareció un número del folletín "Prepare War!", publicación permanente del grupo Naciones Arias que, dicho sea de paso, pone siempre en primera página un "credo" institucional cuyo rezo declama: "Creemos (!?) que hay una batalla entre los hijos de la oscuridad, los judíos, y los hijos de la Luz, la raza aria, la auténtica Israel de la Biblia". ¿Locura? Sí, absoluta. Pero la usan para justificar crímenes, en nombre de Dios.
Docenas, cientos, miles de casos similares. Detrás de la destrucción del edificio federal de Oklahoma estaba Timothy Mc Veighn y, tan afectos como son los norteamericanos a personalizarlo todo, dejaron intacta la subcultura que estaba detrás del sujeto de marras: una red de cristianos activistas nunca disuelta y poco conocida. El ya casi olvidado "unabomber" Kaczynski reconoció, una vez detenido, que era un "activista de la fe". Cuando dos estudiantes decidieron entrar en el Littleton College al que concurrían armados hasta los dientes y mataron a trece compañeros, antes de suicidarse dejaron una carta en la que se declaraban acólitos de la Orden de la Gabardina, de raíz católica-medieval.
Se puede seguir, porque los terroristas islámicos -que los hay a montones- son vistos no como suicidas sino como mártires de sus creencias. Baruch Goldstein era un médico nacido en Brooklyn, graduado en la Facultad de Medicina Albert Einstein, que carecía de rasgos que pudieran ser identificados como irracionales o particularmente violentos con cierto perfil de testarudez según sus amigos, pero que a nadie se le hubiera ocurrido que ocultaban un criminal en potencia. Sin embargo, se comprometió con una de las formas más extremas del sionismo: se radicó en Israel en el asentamiento Kiryat Arba, y una tarde asesinó a treinta musulmanes que rezaban ante la tumba de los Patriarcas en Hebrón. Muchos colonos judíos de su comunidad aplaudieron y le erigieron un monumento. Todos pretendieron y pretenden para sus actos un profundo sentido moral, una visión del mundo, un paradigma universalista, un sistema que sólo puede ser constituido a partir de sus estructuras.
La existencia de metáforas marciales, guerras punitivas, martirologios, crímenes selectivos y tropelías por el estilo tiñen muchas tradiciones culturales y otras tantas lecturas cosmológicas de Norte a Sur, de Este a Oeste. El Ejército de Salvación del cristianismo, el Dal Khalsa o Grupo de los Puros de los sikhs, caracterizan a organizaciones religiosas muy disciplinadas. O el ejemplo notable de la yihad en el Islam, sobre el que se ha usado y abusado hasta el hartazgo. En Sri Lanka se le da rango canónico a las batallas descriptas en las Crónicas de Pali. Libros enteros de la Biblia hebrea están dedicados a hechos militares con sangriento detalle. El Nuevo Testamento no las menciona, pero la Iglesia no escapó a tiempos oscuros de violencia inconcebible. Dentro del Protestantismo muchos predicadores han empujado a sus rebaños a luchar contra las “fuerzas del mal” con himnos que hablan de "soldados cristianos" y de "la buena guerra". La idea siempre es la misma: "nosotros" contra "ellos”; y la forma "cosmológica" de recomponer la armonía es... la violencia.
Ironía de ironías, si uno se pone a pensar que las imágenes sangrientas pretenden sustentarse en la Fe, cuyo objeto intrínseco siempre fue la Paz. Desconcierta ver gente que parece buena haciendo malas cosas, lo que suele ser corriente en el terrorismo religioso; gente pía, dedicada a una concepción moral del mundo que termina siendo capaz de los actos más espeluznantes.
Recomponer la armonía a través de la mayor des-armonía posible, la sangre, la violencia y la guerra, alterando incluso los símbolos supuestamente más consolidados. El sufrimiento de la Cruz, el martirologio, la espada de doble filo que llevan los sikhs como emblema y relicario. Historias marciales y venganzas indisimuladas que tachonan los caminos judeo islámicos. Y así, la violencia -hacia uno mismo o hacia el otro- va adoptando un "significado religioso": se es violento para imponer o para consolidar la Fe. Entonces, "ésa" violencia está justificada, despojada de su horror esencial. Un argumento filosóficamente complicado, una hipótesis poco clara; pero al mismo tiempo el sustento de una guerra cósmica que baja grotescamente a la Tierra y sobre la que siempre es bueno reflexionar para que el fanatismo, virus insidioso y mutante, no apoye sus garras entre nosotros. De la misma Fe deben salir las respuestas. Porque ella, en todas sus formas, tiende a la perfección de ese complicado habitante del planeta genéricamente conocido como “hombre”.
La ciudad está al borde del quebranto económico, y el Intendente pretende tapar el enorme agujero negro con una desmedida suba de tasas impositivas. El gasto en sueldos se triplicó, pero las cuentas dependen hoy en día de los favores que hacen la Provincia y la Nación a esta administración. Una vergüenza que esconder bajo la alfombra.
Hace unos días, los marplatenses fuimos sorprendidos por una importante pegatina en la vía pública con el rostro de Florencio Aldrey Iglesias y la leyenda Aldrey + Otero = Mafia. Lástima que esta clase de verdades se vuelquen de manera anónima, lo cual le resta impacto y verosimilitud al asunto. El tema fue recogido por distintos medios de comunicación, que reprodujeron el libelo, continuidad de una volanteada que, con la misma foto, se había desparramado anteriormente por toda la ciudad con otra leyenda: “Gallego, dejá de robar”.
Critica duramente a los senadores de la oposición por el desinterés de su presencia en el recinto.