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99.9 Radio Mar del plata
JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Rodolfo Olivera

Politíca Internacional

CAMBIO DESEABLE PARA EL 2010

La cultura de la queja

27.12.2009 | Es igual que los niños, porque carece del sentido de la perspectiva y del mediano plazo para los que les falta maduración. Es peor que los niños, porque ellos, rabietas y berrinches aparte, saben ser felices muchas veces con poco y se recomponen con notable ductilidad de las pérdidas, como si rechazaran desde la piel la sola idea de una infelicidad prolongada.

De a poco, imperceptiblemente pero sin pausa, los argentinos nos hemos convertido en una sociedad que aprendió a ser infeliz. Que misteriosamente “trabaja” para ser infeliz, piensa cómo ser y hacer infeliz, transformando la infelicidad ajena en un objetivo y la propia en una patológica regresión al sinsentido. Te corto la calle o la ruta, te dejo a los chicos sin clase, no te abro el cajero, te dejo a pie. No me resuelve el problema, pero te sumo a la complicación para que el mal sea de muchos, lo que consuela a los tontos.
No me he vuelto pesimista antropológico, o al menos no desde lo general, aunque quizás sí en lo particular. Y digo que no porque vuelvo al ejemplo de los chicos a los que, por su propia esencia, la infelicidad -en líneas generales- les dura poco. Es más: difícilmente la busquen. Podrán sufrirla, claro, podrá extenderse incluso. Pero sienten la rebeldía del sujeto que quiere ser feliz y, desde su inmadurez cronológica, descubre la sabiduría del instinto que rechaza lo malo y el peligro para buscar la paz con el otro, consigo, con la pelota o el osito de peluche. Y la encuentra.
No entiendo a la sociedad argentina, y hablo desde la lógica generalización. De todo hacemos un tango. La viejita que doblada sigue lavando en el piletón, la percanta que sistemáticamente lo abandona, sólo el cafetín y el bandoneón pueden considerarse amigos. La sombra emerge del piso como único alter ego confiable, porque todo el resto nos afanará hasta el piolín. Nostalgioso y desesperanzado, no sabe vivir el presente, atormentado por lo que ya pasó y torturado por lo que vendrá. Los pueblos se representan en su música.
Vivimos un “destino manifiesto” que alimenta el ego, patrimonio indiscutible en la ribera sur del Plata. Pero un destino bipolar: el que “sabemos nos pertenece” y el que “constantemente nos roban”. Sumergidos en la autoconfianza del superhombre -suicida, si no se es tal- suponemos que las cosas se nos darán por añadidura. Cuando no llegan (porque exigen esfuerzo, y sobre todo conducta), habrá un alguien, un “otro” al que responsabilizar, interno o extramuros, qué más da si sirve para explicar.
Entonces todos nuestros “presentes sucesivos”, el que ya es pasado, el que vendrá, se van tiñendo de euforia y angustia, de violencia y revancha, de promesa y frustración, de vida mal vivida, de muerte injustificada. Lo creemos todo (tilingamente) o no creemos en nada (masoquistamente). Y arremangados en esa constante nos van fluyendo los años de manera irresponsable y, por qué no, sorprendente por lo absurda. En cualquier caso el resultado frustra. “Nunca estuvimos peor”, rezan (siempre y en cualquier época) los profetas de la Religión de los Infelices; sea o no cierto, porque como cualquier religión, lo que importa es lo que se cree, sin necesidad de comprobar su existencia real.
“Qué bien que estábamos cuando estábamos mal”, frase que nos define. “No perdamos la esperanza, siempre se puede estar un poquito peor”, pensar que nos invade. Tampoco hacemos gran cosa por mejorarlo, razón que me lleva al título: hemos aprendido a ser infelices, hemos perdido la capacidad para disfrutar de las cosas y de trabajar para que un mínimo de paz se vuelva duradera. Destrozamos las ilusiones quizás porque no sabríamos qué hacer con ellas si se concretaran. Corremos detrás de cualquier zanahoria, asegurándonos de no alcanzarla. Hacemos las cosas mal, quejándonos del otro que también lo hace mal; en cuyo caso, “su” culpa justifica la nuestra. Con eso nos conformamos, nos resignamos y somos (patológicamente) felices. El problema no es la infelicidad, sino poder explicarla… y continuar en la misma senda. 
Masacramos a nuestros héroes, a nuestros ídolos, a nuestros símbolos. Belgrano debía ser homosexual porque tenía voz de pito, Maradona se drogaba, el Himno sólo se entona en las canchas. Apocalipsis now, pero también tomorrow, Lilita dixit, amén. Lo bueno dura poco, ley (¿?) suprema, convicción asumida más allá de la sinrazón del aserto. Pero convicción que tiene una fuerza tal que nos lleva, casi mecánicamente, a trabajar para que dure poco.
No la llamo actitud instintiva porque el instinto es al revés: le escapa al peligro. Nosotros lo buscamos, lo creamos, y (como el niño con la felicidad), lo encontramos. Somos exitosamente infelices, nos “desconvencemos” de lo que estuvimos convencidos, todo el mundo nos engaña, no se puede creer en nadie. Yo no tengo la culpa (de nada) es el justificativo -que los niños acompañan puchereando- y como el argumento se extiende, al final nadie tendrá la culpa… Y menos aún la explicación de por qué, haciendo todos-todo bien, la sensación es de que todo vuelve a estar mal. Y si no está mal, ya nos arreglaremos para verlo mal. Para que nos convenzan (once again) de que están mal.
Así vamos creando escenarios y un argumento a la saga de los argentinos un poquitín surrealista por lo incomprensible, con actores y personajes dignos del Guasón. Bussi llorando en cámara, Menem mandando aviones a la estratósfera, D´Elía y De Angelis que podrían hacer fórmula, Duhalde que nunca mas iba a hacer política, Carrió que nunca más será candidata, ingenieros que no lo son, Castells acompañando a la Sociedad Rural, izquierdosos y derechosos divididos por igual, los unos clavados en el tiempo, los otros egoístas en sinfín. Se capturan 2000 kilos de droga –dice el diario-, se recuperaron 1800 kilos de droga –declara el responsable del operativo-, se incineraron los 1000 kilos de droga –dirá el expediente judicial-. Se entiende, ¿no?
“Vaya y cómprelo en esta farmacia” (dice el médico). “Déjemelo a mí” (el abogado). “Vaya tranquilo” (el de la aseguradora). “Estás en tu casa” (la suegra, el primer día). El que apuesta al dólar pierde, si dejamos de robar esto se arregla, el que depositó dólares recibirá dólares, qué lindo es dar buenas noticias, a triunfar, a triunfar, a triunfar.
En las malas nos va mal. En las buenas hacemos lo posible para retroceder. Cortos de memoria y de entendederas, ni siquiera comparamos pasados peores (aunque sean bien cercanos), discursos absurdos y petardistas, contradicciones flagrantes de fracasados inmortales (personas y modelos). 
El dólar se va a doce pesos, el Gobierno no llega a fin de año, vuelve “la hiper”, con los militares había más seguridad. El populismo es el responsable, el neoliberalismo fue el causante. ¿No ve por dónde cruza? ¿Y usted, maneja hablando por celular? La maestra no entiende a mi hijo; Bilardo “ligó” porque lo tenía al Diego. Las Leonas se pincharon; Ginóbili siempre se lesiona en las finales, Nalbandjian es un gordito. Los radicales nunca terminan un mandato. Los peronistas siempre quieren otro. Los liberales no tienen bandera. Los progresistas no las lavan. Y así sucesivamente. Por eso, mejor, no te metás. Yo, argentino. Todos argentinos, bien argentinos, nostalgiosos, tangueros, un problema para cada solución. ¡Qué bueno!: somos y seremos infelices que es lo que mejor sabemos hacer. Cansa un poco.
Que el 2010 nos encuentre un poco más maduros, ¿si? Gracias, de todo corazón.

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