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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Rosanna González Pena

Análisis Coyuntural

ESCUCHAS TELEFóNICAS

¿Otro Watergate?

29.11.2009 | Inexperiencia o ineptitud. Lo cierto es que la figura de Mauricio Macri sufrió un retroceso real ante la opinión pública después del affaire de las escuchas telefónicas. Y no faltó quien, desde la oposición, cayera en la obviedad de compararlo con el caso Watergate para pedirle la renuncia, a lo Nixon.

Picaron en punta los Aníbal. Ibarra se refirió al caso de las escuchas como “el Watergate porteño”. El legislador y ex jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires sostuvo que “el Watergate porteño crece día a día”, en referencia al escándalo por el caso de las escuchas y del espía Ciro James.
No podía faltar el otro Aníbal, el infaltable Jefe de Gabinete, a quien nunca le faltan las frases marketineras que le aseguran presencia mediática. Aníbal Fernández apeló también a la comparación con el caso Watergate, que comprometió al ex presidente de Estados Unidos. Sostuvo que el Jefe de Gobierno “no tiene otra salida” que la dimisión, y que las escuchas ilegales en la ciudad se manejaban exclusivamente “entre Fino Palacios y Macri”.
No estoy de acuerdo con el estilo tan en boga de andar pidiendo renuncias desde la oposición. Me pareció una canallada la utilización que hicieron en Capital Federal del caso Cromagnon, entre otros los miembros del PRO, para provocar el alejamiento de Ibarra de la Jefatura de Gobierno. La justicia divina hace que hoy, quien más se benefició de esa desgracia, se encuentre en una situación similar, gracias a Dios sin personas muertas en el camino.
Macri no debe renunciar, pero tampoco puede mirar para otro lado. Su historia con el “Fino” Palacios es larga como para que nos quiera convencer de que es una pobre víctima de los Kirchner.  Él conoció a Palacios cuando fue secuestrado en 1991 y el entonces oficial de la Federal colaboró en el esclarecimiento del caso. Varios años después, el Estado argentino tuvo que indemnizar a uno de los procesados por las torturas que había recibido. El vínculo entre policía y empresario se consolidó con el tiempo y Macri lo llevó como Jefe de Seguridad de Boca Juniors. Más tarde lo puso al frente de tareas similares en la Legislatura porteña, y recurrió a él para armar la nueva policía a pesar de las quejas de casi la totalidad del arco opositor. Es, sin dudas, su hombre de confianza. No puede ahora desentenderse de sus acciones.
Pero la pregunta es si este affaire puede compararse con el caso Watergate que terminó en la renuncia de un presidente de los Estados Unidos.
Para los más jóvenes, seguramente la comparación no significará nada, salvo que se remitan a algún texto histórico o se encuentren en algún canal que emita películas viejas; como la que interpretan nada más y nada menos que Dustin Hoffman y Robert Redford, llamada “Todos los hombres del presidente”.
Al igual que la Guerra de Vietnam o “la crisis de los misiles” entre Estados Unidos y Rusia, estos escándalos ocurrieron, en la mente de los estudiantes, poco después de la era greco-romana. El manejo de la línea de tiempo no es el fuerte de las nuevas generaciones.
Para refrescar un poco la memoria digamos que, tiempo antes de que se iniciara la campaña para las elecciones presidenciales de 1972, la policía sorprendió a un grupo de personas que extraían instrumentos electrónicos de las oficinas del Partido Demócrata ubicadas en el hotel Watergate de la ciudad de Washington. Dichos instrumentos habían sido colocados evidentemente para escuchar las conversaciones y las llamadas telefónicas realizadas en ese lugar.
Pero la sorpresa fue mayúscula cuando aquellas personas resultaron ser antiguos agentes de la CIA y del FBI que colaboraban en el comité republicano para la reelección del presidente Richard Nixon. Sin embargo, el asunto no trascendió inmediatamente, ya que el presidente mismo se encargó de encubrirlo.
Nixon ordenó la formación de un grupo que se iba a denominar “los plomeros”, porque su misión era reparar las filtraciones a la prensa. Aunque su organización estuvo a cargo de un ex espía de la CIA, su profesionalidad nunca superó a la del Súper Agente 86. Su primera misión casi fracasa: penetrar en la oficina del psiquiatra del periodista Daniel Ellsberg, para conseguir sus archivos. Se quedaron encerrados por culpa de un portero y no consiguieron nada. Poco más tarde, volvieron a cometer un error, esta vez mucho más grave. Ocurrió en el edificio Watergate.
Cuando el caso parecía entrar en el olvido, Bob Woodward y Carl Bernstein (Hoffman y Redford en la famosa película), periodistas del diario The Washington Post, revelaron detalles del asunto y acusaron al presidente de tratar de congelar las investigaciones. 
Los periodistas fueron guiados por un misterioso personaje al que bautizaron “garganta profunda”, que los llevó a descubrir el caso de espionaje en el que estaban implicadas las más altas instancias del Estado y que fue un hito en la investigación periodística. Sólo 33 años después de los hechos, el ex directivo del FBI Mark Felt, confesó poco antes de morir que él fue el famoso “garganta profunda”.
Por la investigación de los periodistas se supo que el asalto de las oficinas demócratas en el Watergate había formado parte de un sabotaje bien planeado contra la campaña electoral de Partido Demócrata, y que Nixon y sus colaboradores más cercanos se habían asociado para encubrir el delito. En julio de 1973 se supo, gracias a las filtraciones de “garganta profunda”, que el propio presidente había mandado a grabar todas las conversaciones realizadas en la oficina oval, en cintas magnetofónicas. Su propia paranoia se le volvió en contra.
Nixon era tan desconfiado que había hecho grabar todas las conversaciones en la Casa Blanca por un sistema secreto. Pero fue así que todas las discusiones en torno al caso Watergate quedaron registradas también en una cinta. Cuando éstas, alteradas y manipuladas, llegaron a la Justicia y al Congreso, se convirtieron en una herramienta irrebatible en su contra. Era evidente: el propio jefe de la nación había sido un conspirador.
La toma de testimonios se inició el 17 de mayo, en público y ante las cámaras de televisión. Durante las once semanas siguientes desfilaron por el Comité del Senado casi todos los hombres cercanos a Nixon, incluidos el ex fiscal general John N. Mitchell, el abogado personal del presidente Herbert W. Kalmbach, y los directores de la CIA Richard M. Helms y M.L. Patrick Gray.
Dean, consejero de Nixon, fue el primero en revelar que el presidente estaba personalmente implicado en el caso. Lo hizo el 25 de junio. Días después otro testigo, Alexander P. Butterfield, sacó a la luz la existencia de las cintas magnetofónicas.
El 4 de agosto de 1974 Nixon reconoció haber participado en los esfuerzos por encubrir los hechos relacionados con la entrada en la oficina demócrata. Además asumió que había participado, utilizando a la CIA, en los intentos de desviar la atención del FBI, que apuntaba hacia la Casa Blanca. Esta revelación minó los escasos apoyos con los que aún contaba y acabó provocando su dimisión en la tarde del 8 de agosto.
Escuchar lo que otros dicen parece ser una preocupación constante en las altas esferas del poder. Los teléfonos pinchados también son casi una constante, por estas tierras y también en el Primer Mundo.
Pero pedir la renuncia de un político no es la solución. De eso se deben encargar la justicia y los electores.

Asuntos pendientes

El mayor escándalo político en la historia de Estados Unidos ha retenido durante mucho tiempo dos grandes secretos. El primero, quién fue “garganta profunda”, la fuente confidencial más legendaria en la historia del periodismo; secreto que fue develado en 2005 cuando Mark Felt, el alto cargo del FBI, aceptó su papel en el caso.
Pero tantos años después, Watergate todavía mantiene un misterio de 18,5 minutos de duración. Se trata del contenido de la grabación borrada “accidentalmente” por Rose Mary Woods, la secretaria de Nixon. La fiel ayudante presidencial atribuyó el hecho a un accidente, cuando respondía una llamada de teléfono mientras transcribía las conversaciones requeridas por el juez federal John Sirica.
Se supone que la cinta dañada contiene una conversación entre Nixon y el jefe de gabinete Haldeman. Por las fechas, los investigadores parlamentarios y judiciales de la complicada saga de corrupción política siempre creyeron que esos desaparecidos 18,5 minutos podían responder de forma definitiva a la cuestión clave de qué sabía Nixon y en qué momento se enteró.
A través de sus memorias publicadas en 1978, Haldeman dijo no recordar el contenido de esa famosa conversación. Pero sus diarios, divulgados tras su muerte en 1993, indicaban la posibilidad de la existencia de una conspiración para impedir las investigaciones del FBI.
Los Archivos Nacionales de Estados Unidos han decidido organizar un nuevo y definitivo intento para develar este importante secreto. La nueva investigación será realizada por especialistas de la Biblioteca del Congreso en Washington, respaldados por investigadores del Departamento del Tesoro. Pero para conocer los resultados de todo este trabajo forense de análisis documental, habrá que esperar todavía unos cuantos meses.

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