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99.9 Radio Mar del plata
JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Columna
De Rosanna González Pena

Análisis Coyuntural

INCREíBLEMENTE, LLEGAMOS A LAS FIESTAS

Algo para festejar

20.12.2009 | Trado, tradere, tradidi, traditum, éste es el verbo del que deriva nuestro concepto de tradición. Compuesto de trans, que significa más allá, de la otra parte, del otro lado, a través de; y do, das, dare, dedi, datum, que significa dar. El derivado traditio recoge en latín todos los significados del verbo tradere: acción de entregar, remitir, transmitir; transmisión, enseñanza; relación, relato, doctrina.

De cientos de tradiciones están formadas nuestras fiestas de Fin de Año. Tanto la Navidad como la de Año Nuevo, para las que faltan apenas unos días. Bisabuelos, abuelos, padres y demás familiares han traído de todas partes del mundo sus "tradiciones", que en esta tierra se han unido. Muchas de ellas las estamos perdiendo, lamentablemente, convirtiendo estas fiestas únicamente en un éxtasis de consumo desmedido (de regalos, comidas y bebidas). Muchas podemos recuperarlas para los más chicos de la casa y para nuestras almas de niños.
Para muchas personas, el espíritu de la Navidad es únicamente un estado de ánimo; pero para otras, las que somos creyentes, es el manto protector que envuelve al mundo durante los días que se recuerda el nacimiento de Jesús. Es un buen momento para dar y compartir la fortuna de estar vivos, tener trabajo, una casa y alimento en la mesa, en un país donde no todos pueden festejar esto. Después de todo, esa es la enseñanza más importante que nos dio Dios.
En la época navideña son más frecuentes las sonrisas, los abrazos, los buenos deseos, el ambiente de paz y tranquilidad. Todo esto es, para la mayoría de nosotros, el núcleo del espíritu de la Navidad. También son épocas para recordar a quienes ya no estarán en la mesa. Yo personalmente trato de hacerlo con paz, con una tranquila melancolía que no me impida disfrutar de los presentes.
Pero hablando de tradiciones ancestrales, la ceremonia de Navidad más antigua se remonta entre los años 320 y 353, tiempo en el que se conmemoraba el nacimiento de Cristo. Dado que en el Concilio de Nicea (año 325) se declaró oficialmente que Jesús era una divinidad, ya que el padre y el hijo son el mismo, se decidió fijar el natalicio de Cristo durante el solsticio de invierno del hemisferio norte, o sea, el 25 de diciembre; fecha en que se festejaba el nacimiento de variadas deidades romanas y germanas.
Se tomó por fecha inmutable, durante el pontificado de Liberio (352-366), la noche del 24 al 25 de diciembre, día en que los romanos celebraban el Natalis Solis Invicti, el nacimiento del Sol Invicto (un culto muy popular y extendido al que los cristianos no habían podido vencer o prescribir hasta entonces). Además, es la misma fecha en que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada del solsticio de invierno. Las iglesias orientales siguieron y siguen festejando la Navidad el 6 de enero.
Con la instauración de la Navidad también se recuperó en Occidente la celebración de los cumpleaños, aunque las parroquias europeas no comenzaron a registrar las fechas de nacimiento de sus feligreses hasta el siglo XII.
En un principio, la Navidad tuvo un carácter humilde y campesino. Pero a partir del siglo VIII comenzó a celebrarse con la pompa litúrgica que ha llegado hasta hoy. Progresivamente se fueron agregando la iluminación y la decoración de los templos, los cantos, lecturas y escenas piadosas que dieron lugar a representaciones al aire libre del nacimiento en portal de Belén, el famoso Pesebre.
Al parecer fue Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana, el iniciador de la representación del nacimiento. En la Navidad de 1223, estando en la ermita de Greccio, una fuerza divina lo impulsó a reproducir en vivo el misterio del nacimiento de Jesús.
Construyó una casa pequeña de paja, similar a un portal, puso un pesebre en su interior, trajo un buey y un asno, e invitó a un grupo de personas a reproducir la escena de la adoración de los pastores. La idea de reproducir el nacimiento se popularizó muy rápido por todo el mundo cristiano. De los seres vivos se pasó a la utilización de figuras de barro.
Pero la fiesta de fin de año es más heterogénea según sea el país que la festeje; no sólo por su estilo, también por la fecha de celebración. Para los antiguos egipcios, el Año Nuevo empezaba el 15 de junio. Para las culturas andinas, a principios de diciembre. Y para los celtas, el 1 de noviembre. Son tres ejemplos de los muchos que se podrían encontrar; el hecho de que nuestro Año Nuevo empiece un 1 de enero obedece más a cuestiones prácticas, astronómicas o agrícolas que religiosas.
En realidad, el calendario primitivo de Roma tenía 10 meses, con 304 días en total. Comenzaba por Martius, dedicado al dios Marte, que pasó a ser marzo en castellano. Fue Numa Pompilio, rey de Roma (715-672 a. de C.) quien adaptó el calendario al año solar y le agregó los dos meses restantes: Januarius y Februarius.
Los romanos celebraban la fiesta de su dios Jano el bifronte el 1 de enero, y de él procede precisamente el nombre de enero, de Jano. Era el dios protector de las puertas y de los comienzos en la región romana, a quien se le representaba con dos caras, con una vara y una llave. Para los celtas, se hallaba bajo la protección de Abais, período en que el pasado y el futuro quedaban unidos.
La tradición del Año Nuevo queda atestigua por el poeta Ovidio en los Fastos, dándonos una imagen bastante expresiva de esta fecha. Ovidio imagina que el dios Jano se aparece en persona el 1 de enero explicándole las costumbres de aquél día. En este día lo romanos solían invitar a comer a los amigos y se regalaban ramos de laurel o de olivo procedentes del bosque sagrado de Strenia, la diosa de la salud, como augurio de fortuna y felicidad. De aquí proceden los "strenae" romanos, u obsequios de Año Nuevo, que con el tiempo adoptaron la forma práctica y dulce de regalar o intercambiar jarros de miel con dátiles e higos con la frase: "Para que pase el sabor amargo de las cosas y que el año que empieza sea dulce". Los strenae romanos persisten en el verbo español “estrenar”.
Ya en esta época las costumbres varían, pero todas apuntan a la alegría de comenzar algo nuevo. Por ejemplo, aunque en muchas ciudades de Colombia está prohibido quemar pólvora, en algunas poblaciones y zonas se conserva la tradición de quemar el muñeco de Año Viejo.  El muñeco se construye con ropa vieja, relleno de material papel, trapos y, cuando se logra conseguir, pólvora de toda clase: mechas, pitos, voladores o chispitas.   
Se disfraza al personaje con todas las cosas que se quieren quemar del año que se despide; mientras más original sea y más llame la atención, mucho mejor. En algunas poblaciones del sur del país se realizan desfiles de Años Viejos con los personajes más representativos del año que se va: presidentes, guerrilleros, cantantes, modelos y estrellas de la televisión pasan por las manos de estos creativos.  
Los alemanes, algunas horas antes, despiden el año viejo brindando en honor a San Silvestre, y reciben el año nuevo con petardos y fuegos artificiales que pretenden ahuyentar a los malos espíritus. Tienen como costumbre dejar en el plato, hasta después de la medianoche, algunos restos de lo que se haya cenado como forma de asegurarse una despensa bien surtida durante el año siguiente. Eso es algo que muchos argentinos hemos heredado de nuestros familiares y que respetamos a rajatabla.
En fin, durante estos calurosos días de encuentros y comidas variadas, tratemos de pensar, entre copa y copa, que no queremos volver a hacer lo que hayamos hecho mal en el 2009; y que queremos realizar lo que no hayamos podido este año. Al menos, lo que de nosotros depende. Lo que no… bueno, para eso hay que ser creyente.

Ideas para el 31

Romper la vajilla no está mal visto en Grecia; en Dinamarca tampoco, por lo menos el día de Año Nuevo. Los daneses suelen aprovechar esa fecha para demostrar a sus seres queridos cuánto los quieren; y lo hacen tirando en el frente de sus casas los platos viejos que han ido acumulando durante el año. El número de buenos amigos que uno tenga será proporcional al montón de platos rotos que encuentre en su puerta. A mis amigos les digo: “No se tomen la molestia por favor… hago de cuenta que los rompieron… ¡Con lo que salen los platos!”
Para los españoles, lo que más importa es lograr comerse doce uvas al ritmo de las doce campanadas que indican la llegada del nuevo año. Y es que la tradición asegura que quien complete la operación sin atragantarse tendrá suerte en los doce meses siguientes. Lo mismo creen los portugueses. Como acompañamiento, una copita de vino para brindar por el Año Nuevo y ayudar a pasar mejor las uvas. Personalmente, las prefiero cubiertas de chocolate.
El 31 de diciembre los franceses tratan de seguir una vieja tradición: a medianoche hay que besarse y abrazarse bajo una rama de muérdago para conseguir buena fortuna en el año que llega. ¡Te la debo para encontrar un muérdago más o menos altito por la zona de Mar del Plata!
El Año Nuevo brasileño guarda una estrecha relación con el mar. La gente de las ciudades costeras acude a las playas a ver los fuegos artificiales; algunos visten de blanco o saltan por encima de siete olas porque creen que eso les dará suerte, y también lanzan flores al agua mientras piden un deseo. En Copacabana encienden velas y echan al mar barquitos cargados de regalos y flores. Que el mar se los lleve es un presagio de buena fortuna para el año que empieza.
¡Esa no es una mala idea!

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