Columna14.03.2010 | Le pido al lector un ejercicio de memoria cercana. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos ha leído sobre el ataque y/o asesinato de una mujer en manos de su pareja actual o pasada? Ahora haga la cuenta inversa, ¿cuántos hombres han muerto en manos de sus esposas o novias?
La diferencia es abrumadora. Abrir un diario (al viejo estilo impreso o sus páginas de Internet) y encontrar una noticia de violencia doméstica es casi una rutina. En Mar del Plata, hace apenas unos días, un hombre de 47 años mató a su esposa de la que estaba separado; lo hizo con tres disparos y luego se quitó la vida, según confirmó la policía de nuestra ciudad. El hecho ocurrió cerca del mediodía, después de que el hombre le pidiera a sus tres hijos adolescentes que salieran de su casa, tras lo cual se oyeron los disparos. La Justicia marplatense había determinado una “restricción judicial” para que el hombre no pudiera acercarse a su ex mujer, pero al parecer hacía pocos días que la pareja había intentado convivir de nuevo. El asesino, de profesión remisero, creía que su esposa tenía un amante. Y como en el título de la famosa película francesa del '90, la mató porque era de él. Hace unas semanas veíamos con horror que, acompañada por un policía, una mujer llegó a su departamento del barrio de Recoleta con la intención de retirar sus objetos personales y dar fin así a una difícil separación. Pero de repente, en medio de un procedimiento que aparentaba normalidad, el hombre se lanzó sobre su esposa y la atacó con un cuchillo directo al cuello. El policía, que aguardaba a su lado, se abalanzó para defenderla y recibió varios puntazos en el abdomen izquierdo que lo dejaron internado, grave. El ex marido se mató al instante. Pero no nos equivoquemos, no se pasa de la nada a un asesinato. Hay muchos avisos previos que ni la mujer en cuestión ni el resto de la sociedad quieren ver. La ex subsecretaria de Equidad de Género e Igualdad de Trato y Oportunidades de Quilmes y actual concejal, Graciela Gómez, informó que sólo en ése municipio se atendieron más de 500 casos de violencia de género durante el 2009. “Las mujeres están en situación de violencia en tanto hay un victimario que ejerce sobre ellas agresión física, verbal, emocional, psicológica, sexual o económica. Tenemos que considerar estas situaciones en todos sus aspectos y no como ‘casos’, porque esa connotación es una forma de minimizar lo que nos ocurre como sociedad”, comentó la Licenciada Pavón, a cargo de la subsecretaría. Treinta y cinco denuncias de violencia familiar por día, tres cada dos horas, casi trece mil en total, se hicieron desde marzo de 2009 en la ciudad de Córdoba y en el Gran Córdoba, un área habitada por cerca de dos millones de personas. Es el balance del primer año de funcionamiento de los primeros juzgados del país especializados en este flagelo. "La realidad que nos toca afrontar no deja de sorprendernos", dijo Alejandra Morcillo, titular provincial de Violencia Familiar. Los círculos de la violencia de género no son fáciles de romper. En varias de las situaciones, la víctima suele presentarse unos días después en el juzgado acompañada de la persona que denunció, con la intención de desestimar la denuncia. Pero esta posibilidad se encuentra restringida, en Córdoba, ya que se sabe que el victimario puede ejercer presión para que la víctima se arrepienta. "Una vez que se realiza la denuncia, la misma no puede ser retirada ya que la ley es de orden público", aclaró la jueza. Los psicólogos explican que existen dos tipos de violencia doméstica, la psicológica y la física. La psicológica se produce cuando hay laceración emocional y los sentimientos se empiezan a quebrantar; ésta es más delicada que la física. La afectación depende del sometimiento, ya que la mujer tiende a abandonarse a sí misma y esto permite que descuide no sólo su vida, sino la relación con sus hijos, dicen los expertos. La mujer, por naturaleza, tiende a proteger a sus hijos, pero al entrar en estado de laceración psicológica los descuida y no los puede defender. Entonces ocurre la relación violencia doméstica-violencia intrafamiliar, que afecta a los niños y da lugar en casos extremos al abuso sexual a los menores. El caso de Wanda Taddei, la mujer que murió luego de sufrir un episodio violento con su marido (el baterista de la banda Callejeros, Eduardo Vázquez), que tanto los medios como el único protagonista que pudo hablar caratularon como "pelea", reavivó en nuestra sociedad el debate sobre el femicidio. El riesgo es que, pasada la novedad, nos olvidemos otra vez de este flagelo.
En nuestro país, entre septiembre de 2008 y enero de 2010, se reportaron 10 mil denuncias de violencia doméstica, según datos de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema. Para Fabiana Túñez, directora ejecutiva de “La Casa del encuentro” y vocera de ésta estadística para el periodismo, lo que pone en evidencia este hecho es la capacidad que tiene la sociedad para buscar permanentemente la justificación del victimario despreocupándose del lugar en el que está la víctima. En este caso concreto, el abogado de Eduardo Vázquez comentó que ambos tenían graves problemas de adicción a las drogas, desviando el eje del caso y justificando un comportamiento irresponsable de las dos partes, cuando él mismo está diciendo que ella intentó salvarlo. Vázquez se coloca como par con su mujer frente al peligro de la negligencia con el fuego, pero la que resulta víctima es, casualmente y una vez más, la protagonista femenina de la historia. Estos crímenes son tildados de “pasionales”. El mismo adjetivo que reciben tantos asesinos cuando matan a sus propias mujeres porque creen que ellas les pertenecen. Esto es una muestra de que ni la Justicia ni el Estado están entrenados para contener este fenómeno social gravísimo; la violencia contra las mujeres ha sido avalada y su erradicación abarca muchos aspectos que no se solucionan simplemente con una ley. Cuando hay una respuesta institucional, hay amparo, y eso a la larga produce un cambio. Respuesta institucional que estuvo ausente antes, después y ahora, lo que permite otras nuevas, y por qué no, futuras tragedias. Hay también una tradición en la violencia de género de estampar la agresión en los cuerpos de las víctimas, y Wanda Taddei no sería la primera ni la última mujer agredida con marcas indelebles. Hay casos emblemáticos como el de Carolina Aló, que recibió 113 puñaladas por parte de su novio Fabián Tablado; o el de Lorena Paranyez, que fue quemada con ácido muriático por encargo de su ex pareja cuando ella decidió terminar con la relación. En la violencia machista, los cuerpos de las mujeres que mueren y también el de las que sobreviven, son una muestra de la intimidación. La periodista y feminista mexicana Mariana Berlanga, en su tesis “El femicidio: un problema social de América latina”, aborda el tema desde una perspectiva a la que llama “de frontera” y se pregunta: “¿Cuál es la línea que separa al femicidio de los demás asesinatos? Considero esencial utilizar la noción de frontera para reflexionar acerca de este problema social. No todas las mujeres somos igual de susceptibles a ser asesinadas. Las mujeres más vulnerables, en este sentido, son aquellas que están en una condición de frontera: en el límite de la supervivencia, en el límite de una identidad. Su sexualidad es el detonante de la agresión; y sobre todo, hay que tener en cuenta que, el blanco del femicidio -en la frontera norte de México- son las mujeres que transgreden los roles, que se independizan, que no cumplen con ‘el deber ser’ que les ha sido asignado por una sociedad patriarcal”. No podemos seguir ignorando lo que sucede a nuestro lado. El Estado no puede seguir ausente de un mal que mata ciudadanas que deberían ser de pleno derecho; porque estamos seguras de que, si fuese al revés, las esposas asesinas serían fuertemente sancionadas.
La Cámara Nacional de Apelaciones le dijo al fiscal general Daniel Adler que trabajó poco. Los jueces lo retan por escandaloso, y le dicen que ni siquiera se ocupó de precisar lo que quería decir. Esta vez no funcionaron las órdenes que el fiscal quiso dar desde arriba, ni sus métodos de trabajo tan poco ortodoxos. Aprieta a sus súbditos: los otros no se dejan.
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.
El fiscal del caso Carolina Píparo detalla cómo sigue la causa y afirma que estos delincuentes no salen a robar para alimentar a sus hijos sino para vivir sin trabajar, consumir drogas, entre otras cuestiones.