Columna05.07.2009 | Disimula mal, señora. Pésimo, para ser honesta. Seguramente alguna vez alguien le dijo que una mujer bien emancipada y autogestionada no necesita disimulo. Tal vez. Pero olvidaron decirle -si es que aconteció de ese modo- que las generales de esa ley no comprenden a la Presidenta de la Nación.
Descarto que cuando esa idea se gestó y afincó en su cabecita pletórica de dialéctica de vanguardia, no había presidentas de países: había amas de casa, madres, abuelas, tías, amantes, esposas, médicas, putas, abogadas, modistas, alguna que otra legisladora y poco más. No hacía falta disimular, porque no había público ni oficio que lo demandara (las putas, quizá…). Ahora hay público; y en un sentido inaugural, también oficio, usted lo debería saber mejor que nadie.
Tan mal notificada la veo, señora, que le confieso que me da pena propia y vergüenza ajena. Tremenda pena por los argentinos, a quienes nos urge -aunque no somos los únicos- un presidente de la Nación. En cambio, tenemos a una señora que en las horas más oscuras de su plan de vuelo –ese paraíso programático que nos llevaría sin dilaciones al Nirvana terrenal- e inmediatamente después de que los argentinos le dieran un ukase contundente, he visto con la más infantil y negadora de las actitudes, argumentando que “perdió por poquito”; y buscando en sus ministros laderos la complicidad que le opera de seguridad.
¿Tendría la gentileza de explicarme cuánto es poquito cuando de voluntad popular electoral se trata? Yo le puedo decir cuánto es poquita torta para un café por la tarde, cuando tengo ataques de dulce; o poquita pizza para un sábado a la noche, cuando llega la marabunta familiar con los amigos. Pero no podría precisar -y tampoco usted, me atrevo a asegurar- de cuánto es el poquito descuerdo entre la gente y usted.
Si usted fuera auténticamente democrática y republicana, otro hubiera sido su discurso el día después. Sus palabras y sus gestos me recordaron a algunos gestos de mi madre cuando debatimos errores de crianza de sus hijos, es decir, de mis hermanos y yo. Cuando se los señalo, y también las consecuencias de esos yerros, se desvía, recorre otros recuerdos, revive las cosas como jamás fueron. Yo me divierto, me río con su infortunio y el mío; la disculpo, y la quiero, porque es mi madre. En usted, los desvíos me corroen.
La vi el lunes enojarse otra vez con los medios, dispararle al mensajero, aun cuando ambas sabemos muy bien, cada una vestida del sayo que le cabe, que en este caso el mensajero no es una carmelita descalza. La escuché de nuevo quejarse porque no la tratan como a otras señoras o señores de la oposición, y expresar abiertamente que siente que el periodismo la interroga y no la entrevista. El respeto se conquista, no se impone, para empezar. Luego, se confunde tanto, pero tanto, señora: usted tiene responsabilidades primarias, ineludibles, superlativas. Se le pregunta por ellas, no porque usted caiga menos simpática que la Carrió o que Stolbizer (que efectivamente manejan la empatía comunicacional mucho mejor que usted; una por zorra y la otra por plana). Si Carrió pronuncia un exabrupto emocional más, de esos a los que nos tiene tan acostumbrados, el tiro llega hasta ahí nomás, al divertimento o el sinsentido de un rato de tertulia politiquera. En cambio usted, señora, decide por todos. Porque nosotros, y no me excluyo, decidimos un día como nación que usted decidiera por todos. Así que acá vamos, a caballo de su precario equilibrio, intentando no perder el propio cada vez que a usted le molesta el zapato que se calzó solita y sin ayuda.
La prensa no la trata como una más porque no es una más. Y además, y la verdad es que este punto en particular ofende mi sensibilidad femenina a esta altura del mes: no es usted quien decide cuánto responder, ni a quién, ni por qué. Usted está allí para servir, no para servirse. Usted es la servidora máxima en esta república de pretendidos iguales. Y servir implica, entre otras cuestiones, dar explicaciones cada vez que alguien las precisa.
Más allá de las preferencias partidarias, todos los argentinos esperamos expectantes sus explicaciones del día 29. Y usted se perdió en anécdotas internacionales tratándonos como niños que, si se los embrolla lo suficiente con el cuento, terminan confundiendo a la abuelita con el lobo, a éste con el guardaparques y al guardaparques con el príncipe de otro cuento. Puede usted hablar de la crisis internacional, de los desfalcos monumentales de las grandes corporaciones financieras del mundo y de todo lo que a su preciosa cabecita le acuda, pero no nos engaña. Lea las urnas tan bien como lee los diarios, y allí encontrará una verdad de puño, que puede que no le guste. Bueno, siempre puede hacer la gran Berlusconi, decir que usted es simplemente así y que no va a cambiar. Es una opción: a usted le va a costar su lugarcito en la historia nacional, y a nosotros un presente y un futuro. Pavada de inequidad.
Y mucha vergüenza siento, le decía, y disculpe la insistencia. Me da profunda vergüenza y una bronca incalificable que, en momentos de desvarío nacional y paranoia sin bordes, en ocasión en que todos los distritos posibles de este país han declarado la emergencia sanitaria por la gripe (poco interesa si estacional, A, B o Z), con suspensión de clases y otras actividades con impacto directo sobre la economía doméstica, usted haya decidido que es ocasión propicia para irse a defender la democracia hondureña de los propios hondureños antidemocráticos. Honduras argentinas le faltan a usted, señora. Honduras éticas para comprender que su deber irrenunciable, primero y último, está acá, con esta población que hoy sufre la falta de políticas claras y unificadas, la ausencia de un presupuesto que permita el socorro inmediato de los sectores en riesgo. Un guiño suyo hacía falta, nada más. Un gesto decididamente humanitario, caritativo, del que se da primero en casa, para con los argentinos. Otra vez usted me trae a la memoria comparaciones odiosas. De repente he pensado en aquellos que de tan filántropos y samaritanos que son, se toman un avión y van a entregar sus mejores virtudes a África; cuando aquí, a cuarenta cuadras del centro hay gente a la que salvarle la vida, a la que curarle los bichos, a la que ahuyentarle la desesperanza, el hambre, el frío y la oscuridad.
No digo, y no porque tema al verbo o adjetivo de sus francotiradores pagos en la televisión pública, que la democracia continental no importe, que no sea un bien universal a defender. Claro que nos interesa. Claro que tenemos memoria. Sabemos, y no porque lo hayamos leído en ningún folletín prestado, lo que les pasa a los pueblos bajo una dictadura. Por suerte tenemos memoria, aunque usted dice que no, que somos unos amnésicos ingratos que no recordamos cómo era el país cuando estaba en llamas, cuando su consorte llegó del sur a “rescatarnos” de la ignominia y la deriva. Algunas de esas llamas aún arden, señora. Algunas de esas heridas seguirán abiertas hasta el último de nuestros privadísimos días. Así que no es necesario que usted levante el dedito para recomendarnos nada que la historia reciente no nos haya provisto en demasía, con exceso. Es más: cuánto desearíamos poder olvidar algunos episodios, y no podemos, porque los seguimos atravesando.
Por último, y no de última: ¿vio que la sabiduría colectiva sugiere que no sólo hay que ser sino también parecer? Bueno, yo le pido, gentilmente, que si usted de verdad es, haga el esfuerzo por parecer. Digo, que ya que es la Presidenta de este país bastante indescifrable en sus horizontes pero evidente en sus dolores, ejerza, quédese. Háganos la gauchada, deje Honduras para dentro de un rato, cuando aquí hayamos retornado a cierta serenidad, o a las inquietudes habituales. Los hondureños, seguro, no la van a extrañar. Los argentinos probablemente tampoco. Pero aquí usted hace falta, que es otra cosa. Para determinar qué hacer, cómo, con quiénes, y básicamente para proveer el mango que nos cure lo que ya tenemos. Y lo que todavía no, pero es probable que venga.
Sé que puedo sonar irreverente, insolente e incluso incursa en algún tipo de desacato que podría costarme qué sé yo qué. A diferencia de sus cuzcos asalariados del canal oficial, no tengo miedo a quedarme sin trabajo por ser políticamente incorrecta in extremis, ya que no le debo a usted ni un garbanzo de mis platos diarios. Claro que podría acabar sutilmente reconvenida, intimada a reflexionar en el rincón de los díscolos y esa clase de penitencias que, con asombro, vimos en acción allá por la cuestión de la Resolución 125. Si ese fuera mi destino, no voy tener más que palabras de agradecimiento para con su gesto: en este momento de zozobra colectiva, no habría nada como un sitio aislado, solitario y enrejado para librarse del maldito H1N1. Para pensar, si fuera posible, aun más en usted.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.