Columna30.08.2009 | Van acallándose los estertores que ha provocado en todos los vivos, directos involucrados, protagonistas voluntarios y no, la etapa oral del juicio por la tragedia de Cromañón. Quedan las cenizas de un sitio derruido, el dolor redivivo y las excusas planas de la Justicia. Que si debiendo simplemente impartirla, debe excusarse, no es tal.
Mucho se ha dicho, escrito, reflejado y suscrito ya sobre Cromañón y sus implicancias. Mucho y gravemente se ha reaccionado contra el producido del tribunal, a tontas y a locas, en muchos casos sin conocer los fundamentos de la sentencia y aun menos el oficio de evaluador, diagnosticador y pronosticador de la justicia de los hombres. Nos han trasegado la poca cordura restante con especulaciones de toda clase: que si Callejeros, que si Chabán, que si los respectivos operadores del negocio nocturno, que si la política ausente sin aviso… En fin, que siempre una decisión, por más simple que sea o parezca, posibilita un ángulo diferente de observación de la circunstancia, lo cual da como resultado que siempre habrá alguien que podría haber tomado un camino distinto. Ciertamente es así: a eso se le denomina alteridad. Y hemos venido a este mundo para experimentarla abierta y completamente, así que jamás asistiremos a un acuerdo total sobre las actuaciones humanas.
No será esta columna una que abreve en esas discrepancias vitales o procesales. No será esta periodista la que aporte siquiera un verbo, un sustantivo o un apelativo extra a la abundancia de criterios sobre lo que efectivamente ocurrió y lo que debió de haber ocurrido. Lo que ocurrió es pasible de ser autenticado como verdad relativa según la vereda en que uno se detenga a mirar, y lo que debió de haber ocurrido es algo que no me compete. Por utópico y por ajeno.
A lo que sí quiero referirme en estas líneas es a los potenciales Cromañones que todos motorizamos día tras día. Quisiera encontrar hoy la claridad necesaria para describir con algún grado de acierto la ideología subyacente de nuestras acciones, esa que en más de una ocasión nos coloca al borde mismo de la tragedia, sin que siquiera tengamos la altura moral para advertirlo.
He dicho en este espacio hasta el agotamiento propio y del lector, seguramente, que nada es gratuito y caprichoso, como muchas veces la realidad se empeña en mostrar. Que, por ejemplo, las palabras que les dedicamos a los otros, aun las presuntamente más inocentes -mucho más las que deliberadamente arrojamos para implosionar al prójimo-, son o fueron elegidas. Probablemente, mucho tiempo antes de ser pronunciadas. Tal vez por resguardo de la propia conciencia, quizá muy ejercitada en el difícil arte de enmudecerse a sí misma, no nos damos cuenta de hasta qué punto somos los mayores responsables de cuanto decimos, callamos, gesticulamos, y le acontecemos a la vida propia y a otras ajenas.
No hay santos inocentes en este juego desgraciado, sino gente enterada y no. No es inocente la Señora Presidenta cuando elige desafortunados vínculos semánticos, como los del fútbol y el secuestro y desaparición forzada de personas. No ha sido ni es gratuita en la Argentina tal asociación: un dolor cifrado por miles, un horror que no hemos terminado de exorcizar por completo, y un residuo propagandístico que aun aturde –“los argentinos somos derechos y humanos”- lo atestiguan.
Las palabras nos vienen de una estructura anterior, previa a su enunciación. Y denuncian un estado de cosas que no siempre se quiere exhibir. Incluso cuando creemos que el discurso contribuye a ocultar, suele jugarnos la mala pasada de mostrar lo inmostrable, de decir lo indecible, lo inconfesable. No ha sido anecdótica la espontánea réplica de los familiares frente a la incondena de Callejeros: dijeron que matarían a los jueces. Quisieron decirlo. Desearían poder hacerlo. Las palabras actúan arteramente allí donde los frenos sociales se desvanecen. Y no hay mejor circunstancia exculpatoria para decirlas que una tragedia.
Las tragedias son de todos y de nadie. A las tragedias las protagonizan unos pocos, unos “elegidos”, pero simbólicamente representan lo que la sociedad no ha podido, no ha querido o no ha sabido evitar. Fue en un sitio llamado Cromañón, un fin de año insoportablemente caliente, con Callejeros liderando, los concurrentes coreando y las candelas, que en vuelo, ponían el crespón del final. Pero pudo haber sido cualquier otro momento en Rosario, Córdoba o Mendoza. Fue en Kheyvis, Olivos, hace 15 años, pero pudo haber sido en Alem o Constitución, Mar del Plata, el verano pasado. O el próximo. Porque Chabán, la metáfora Chabán, reside en cada empresario actual o futuro que se resiste a comprender la diferencia abismal entre invertir para el rédito inmediato o hacerlo sólo para quedarse del lado de afuera de la cárcel. Hay un Callejero en todo el que alienta un festejo irresponsable hasta asomarse al abismo de la muerte; hay uno que anida en cada padre que estimula a su hijo a beber alcohol hasta desmayar, en una estúpida, loca y hasta criminal competencia, como sucedió en una localidad de Santiago del Estero hace algunas semanas. Hay una corrupción disponible en cada uno al que le parece fantástico coimear a un policía, pero tremendo que el policía cobre. Hay una tragedia inminente o al menos posible en cada acción negligente o desinteresada por las regulaciones o las normas del buen convivir.
Lo que separa a la catástrofe de la cotidianeidad inconmovible a la que la vida nos acostumbra es la dosis inasible, incomprensible para el ser humano, de participación y fortuna. No es posible conocer de antemano cuándo convergerán todas y cada una de esas pequeñas corrupciones potenciales, de esas mínimas miserias generales, para que la tragedia acontezca. Pero cuando convergen, y estamos allí para protagonizar, el ciento por ciento de la desgracia se apodera de nosotros. Y si a la propia desgracia sumamos otras idénticas, entonces habremos asistido al propio Cromañón.
Son infinitas y evidentes las ocasiones que tenemos para enmendar el propio futuro, para desarmar la fatalidad. Pero no es tan fácil, claro. Porque no se trata de desmantelar movidas de ajedrez como quien reemplaza piezas móviles y livianas, las quita de allí, las coloca aquí para conseguir un juego más beneficioso o efectivo. No. Lo que tenemos que hacer para conjurar el infortunio es titánico, y supone mermar el egoísmo, ejercitar el músculo dormido de la conciencia responsable y actuar en consecuencia.
Las palabras y las acciones consecuentes provienen de un mismo sitio, insisto. Darse cuenta es, posiblemente, impedir el próximo Cromañón. Atreverse con ese pedacito que nos ha tocado protagonizar es quitarse una corona de flores últimas del alma.
Piénselo. Y de ser posible, actúelo.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.