Columna13.09.2009 | Natural: adjetivo que define lo perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas. También significa, según el Diccionario de la Real Academia Española, hecho con verdad, sin artificio, mezcla ni composición alguna. O, en su cuarta acepción, espontáneo y sin doblez en su modo de proceder.
En apariencia, lo natural es algo a lo que se arriba sin mayor esfuerzo, con fluidez, sin torcer los designios, porque en su sencillez se expresaría armónicamente incluido en el ritmo propio y fundamental de la existencia.
Pero resulta que digo en apariencia, y no fortuitamente, porque observo todo aquello que vamos naturalizando día tras día pero no es primariamente natural, y cuyo entramado me aterra, me agota, me agobia. ¿Es que somos tan espantosamente antinaturales, o es que la naturaleza, incluso la humana y social, está llamada a ser expresada con una brutalidad que no se puede evitar, detener o al menos modificar en su sello?
De pequeños, lo natural es el juego, y no simplemente por llenar las horas ociosas sino porque, sin advertirlo, comenzamos a incorporar nociones y regulaciones básicas de la vida con los otros. Una muñeca aquí, un autito allí nos van introduciendo sutilmente en el mundo de los adultos, y uno se entera entonces, sin el peso aún de la sanción, de lo permitido y lo prohibido, de lo descontado y lo impropio. La exploración de límites, que siempre están (aunque no los veamos, como al sol de Marilina), nos notifica de algunas cuestioncillas que el paso del tiempo nos hará sentir con mayor rigor y sin anestesia. Es fantástico descabezar pedazos humanoides de plástico sólo por el placer de entender qué hay dentro y comparar en una primera aproximación con la propia anatomía, pero ante la mirada de una madre que contempla azorada a la pepona descuartizada en la que vació billetera para el cumple de la descuartizadora, uno habrá empezado a intuir que hay algo que no marcha bien, que los placeres de unos bien pueden resultar en el perjuicio de otros. Y así vamos comenzando a construir conciencia en general, y la conciencia particular de cuidar, respetar, obedecer, limitar las acciones. Diría mi señora progenitora que uno se va dando cuenta de dónde termina el patio, para no entrar a pisar pollitos.
Si todo sale saludablemente, nos moveremos dentro de este paisaje casi toda la vida, tocando bordes, oteando horizontes, asomándonos de tanto en tanto a algún abismo atractivo y experimentando el vacío bajo los pies, lo cual ampliará el cuadro una y otra vez. Y así sucesivamente, en movimientos concéntricos, cada vez más lejos, cada vez más hambrientos de mayores lejanías. Y estará genial, vea. Y divertido, seguro. Hasta que una versión maternal distinta, sin cordón umbilical mediante, de repente bajo uniforme o con autoridad delegada, diga de nuevo que estamos fuera de rumbo, que hay que virar. Que no es natural lo que estamos haciendo.
Volveremos a cruzarnos cientos, que no cientos, cientos de miles de veces con la palabrita en cuestión, y ciertamente pensaremos que no sabemos de qué se trata esto de lo natural; pero allí está y estará, eternamente presente, para certificar un mojón, un punto de inflexión, un sitio que no es prudente atravesar, que de hacerlo, puede depositarnos directamente en los márgenes, pero del lado de afuera de la cosa, no importa de qué se trate.
Es natural, sugiere el profesor –y los padres, al menos formalmente, acompañamos tal sentencia- que los chicos, además de concurrir a clases, estudien. Parecería una perogrullada la diferenciación entre asistir y estudiar, pero en vista de los resultados generales –a no rasgarse las vestiduras, que vamos en el barco como casi todos- y particulares de este país –ahora sí, a dejarla en jirones, que somos furgones de cola-, podría decirse que apenas un porcentaje menos que digno aprecia o está interesado en ambas.
Cuando yo iba a la escuela, las notas importaban: hoy importa “hacer el mejor esfuerzo”, metáfora cobarde y mentirosa si las hay, dado que la calificación, a la que le reconozco un componente subjetivo y azaroso evidente (el humor del que califica, la relación preexistente entre alumno y profe, por ejemplo), es sin duda la consecuencia inevitable del compromiso, el esfuerzo, la perseverancia. Ya todos estamos bien notificados de que el “estudié pero no me acuerdo” es un bolazo histórico caído en desuso por abuso circunstancial y falta de crédito.
También es natural que los maestros y profesores vayan a clase con decisión, enjundia, y un mínimo grado de empatía con la tarea y los sujetos a cargo, es decir, la cátedra y el alumnado. Pero se ha vuelto antinatural, dada la infrecuencia con que esto sucede. Claro, dirá usted, sumergido en la borrachera de las noticias de la mañana, no es para todos la bota de potro: que hay pibes que tienen problemas a la altura de una convención de psiquiatras; que los padres no colaboran; que la violencia con que los chicos encaran la vida hace temer por la propia, etc., etc., etc. Sin dudas. Nada que reprocharles en ese aspecto a estas personas que se han preparado para enseñar una currícula escolar y terminan operando de mediadores judiciales, de policía en emergencia, de médicos, sanitaristas o locólogos.
Sin embargo, hay una porción de este desastre antinatural que les da de lleno en la propia responsabilidad, y tiene que ver con la falta de acuerdo sectorial como no sea para ir a la protesta por reclamos salariales. Importantes, claro está; vitales, por supuesto. Y también subsidiarios. Si al menos accedieran a limitar la acción a lo que es connatural a la enseñanza, quizá podría hacerse más fluida y viable la negociación sobre salarios y condiciones económicas. Estoy convencida de que gran parte de la violencia interna que sienten muchos docentes ante la indecencia de un sueldo que no reconoce monetariamente ni lo natural a su tarea ni mucho menos lo antinatural que deben enfrentar todos los días, se desactivaría. Naturalmente.
Pero alguien debe empezar, alguien debe dar el puntapié inicial de este partido antinatural y vicioso que jugamos todos, incluso los que ya no tienen hijos escolarizados. Porque así como nadie se perpetúa en la escuela –sólo los profesionales de la educación-, lo antinatural que hoy acontece en las aulas se traslada al ámbito que sigue, por caso la Universidad, o el empleo. Y entonces llegamos a la empleada que no atiende, porque le mal pagan, pero no se va a otro sitio donde podrían pagarle mejor. A la iracundia de un jefe o empleador que cree que pagarle un sueldo a un empleado le otorga el derecho instantáneo a humillarlo por un trabajo deficientemente realizado. Al transeúnte que cruza por donde y cuando se le antoja, “y si me mirás torcido te insulto, te pateo o te escupo”. Al automovilista, que ha naturalizado hasta tal punto la ley del más fuerte que está persuadido de que cualquier cosa que protagonice, buena o mala, tendrá la excusa que lo justifique. Y si no, bum. Y otra cosa mariposa.
Es natural que los padres protejan a los hijos. Incluso contra la ignorancia de los chicos, que en su tránsito a adultos, querrán (ojalá quieran) y deberán (ojalá lo hagan) empujar las fronteras de lo conocido y lo seguro para ir por más y mejor. Y es completamente antinatural que en esa exploración adolescente, los adultos nos quedemos de brazos cruzados asistiendo, con la mandíbula abierta y babeante, a cómo nuestra cría se embrutece, se envilece, se queda al margen, embebida en alcohol, drogas, violencia o falta de perspectiva y propósito.
Es natural que la señora Presidenta provea todo lo que hace y hará falta a los damnificados por el tornado en Misiones. Es antinatural que se calce las botas de goma sobre el trajecito de autor, sólo por la foto y la necesidad de remontar en el ranking de los caídos en desgracia. No se le paga su tarea de máximo servicio a la nación por gestos demagógicos sino por acciones efectivas de gobierno, que no precisan de estelarizar el retrato de la tragedia.
Es natural que los equipos de fútbol pierdan y que ganen. Es antinatural creer que un ex jugador de fútbol con déficit crónico de honor y gloria pueda juntar millones sueltos y en una semana convertirlos en el conjunto más promisorio y profesional con la pelota al pie. Es antinatural tanta inocencia junta. Porque los pecados de juventud, dicen, se pagan todos y con creces. Y los de ser tan jodidamente antinaturales, también.
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
El ministro de Gobierno de Mendoza explica los motivos de la aprobación de la castración química a violadores.