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JUE 18 Marzo 2010 | Mar del Plata

Columna
De Viviana Hernández

Misceláneas

Segunda opinión

11.10.2009 | Suele ocurrirnos a los simples e inseguros mortales, cuando una dolencia nos afecta, que recurrimos a varias opiniones profesionales, a falta de un confort definitivo con el veredicto inicial. Así es como saltamos de una primera a una tercera opinión, y probablemente, si la situación y el bolsillo ameritan, también a cuarta y quinta. ¿Que me salteé la segunda? Claro, porque suele ausentarse. Le explico.

Hace años que el cuerpo me maltrata porque yo se lo hice antes a él. Devolución de gentilezas, diría: los huesos ni olvidan ni perdonan. Por largo tiempo les he exigido a mis rodillas una actuación para las cuales, dicen que dicen los estudiosos del tema, no han sido diseñadas: correr.
Vale aquí introducir unas dosis de tiempos añejos: allá lejos y hace miles de calendarios, cuando la progenie de dos solitarios y atrevidos comenzó a multiplicarse y esparcirse por la tierra disponible más acá y más allá de todos los obstáculos geográficos, había dos roles naturalmente establecidos, ligados a lo innegable de la anatomía. Las mujeres parían, cuidaban de la cría y se dedicaban a las labores no esforzadas en el sentido de que no incluían potencia física ni grandes o prolongados desplazamientos. Obvio era que no fueron ellas las cazadoras sino las recolectoras, proveedoras de una clase distinta de ingreso económico, igualmente necesario y efectivo, pero completamente reducido a las particularidades femeninas. También se ocupaban entonces de la asistencia de aquellos hombres que habían culminado por edad su etapa predadora: menos los machos en furibunda actividad, la vida comunitaria tenía a las mujeres como eje y meridiano.
Toda su anatomía acompañaba tales responsabilidades: había almacenado en sus caderas las reservas grasas para amamantar hijos aun en épocas de frugalidad absoluta, y las había dotado de fibras elásticas y fuertes brazos para recoger frutos y manipular pequeños dispositivos, a fin de volver esos productos objetos comestibles y aptos para la supervivencia y evolución. Eso era todo. O casi.

¿Era por ahí?


Sin embargo, la revolución industrial y su consecuencia más inobjetable, es decir, la ocupación femenina de antiguos roles reservados sólo a la condición masculina, no tardó en hacer creer a las mujeres que así como habían conseguido igualar y hasta superar al hombre en la conquista de metas personales, tal vez pudieran sortear el obstáculo férreo de una herencia genética y también cultivada de las diferencias físicas. Así fue que las mujeres nos internamos sin desmayo ni análisis en todo cuanto hubiera pertenecido en exclusivo al feudo del varón. Tareas, gestos, actitudes, actividades y deportes viriles por definición sucumbieron ante tanta angurria por recuperar el tiempo perdido, y sin más dilación que lo que se tarda en calzarse unas zapatillas y unos shorts, las mujeres comenzamos a correr, sin la urgencia de la presa para alimentar a la prole, sólo por el placer de la velocidad y a contrapelo de la historia y morfología propias.
Los problemas no demoraron en aparecer, claro. Supimos de frustraciones y dolores nuevos, pero como insistimos en sostenerlos, empezaron a hacerse crónicos. Y envejecimos por y con ellos. Una vida atravesada por el dolor físico, por la limitación y el agobio que produce un suplicio constante, no llega a ser una vida sino un remedo, una pretensión, una puesta en escena. Por más pequeño e insignificante que sea lo que aqueja, si no da tregua, empequeñece los paisajes diarios. Y es precisamente el punto donde entran los personajes secundarios de esta historia: médicos y entenados.

Según pasan los años

“Qué sí, que andá a ver a Fulano, que cuando tuve el problema de tal por cual, venía de una peregrinación por setenta médicos y me dio en la tecla”; que “no podés seguir así, siempre dolorida, automedicada y con el hielo a cuestas como si fuera un chupete tardío”. No me diga que nunca escuchó una frase por el estilo, porque todos las decimos, las hemos dicho alguna vez o hemos sido blanco de ellas. Generalmente llegan con las vestiduras de lo bien intencionado: alguien que nos quiere bien desea contribuir para hacernos sentir mejor. Gracias. Pero paso. Que no puedo seguir así los desdice el detalle nada pequeño de que hace años que estoy así. Y sigo, así que debo de poder. En cuanto a ir a ver al galeno todopoderoso de los milagros, estoy crecida, escéptica, he recorrido un largo camino con la afrenta de mis rodillas doloridas a perpetuidad, y no es por capricho ni negación que poca cosa buena ha sucedido. 
La primera vez que consulté por el tema fue con un traumatólogo con más crédito local que sentido de la profesión. No había terminado de sentarme a explicar la dolencia cuando escuché que el buen señor quería hacerme un hoyito en ambas rodillas para “explorar” in situ. Se me ocurrió entonces, y persisto en la idea de que toda la tecnología existente y a disposición según sea el seguro de salud que cada uno posea, debe de haber llegado a estar allí por algo y para algo. Se lo dije. “Sí, claro, bueno, probemos entonces con una resonancia”. No regresé, porque entiendo que si pago a un especialista para ser yo quien dé las directivas del caso, es un pésimo negocio para mi salud presente y futura. Ahí tiene un ejemplo concreto de la segunda opinión. La del paciente, que conoce su cuerpo, su “normalidad”, sus anomalías, sus síntomas y, además, nada de todo ello contradice el sentido común, con el que comúnmente también cuenta. Pues bien, lo usé y huí del matasanos con mi propia segunda opinión, que al menos me preservó de un agujero innecesario por entonces.
La saga continuó, por supuesto, al compás de la zozobra de mis huesitos. En medio, varios especialistas al este y oeste. Muchas decepciones, ningún funeral, que no fuera el de mi ilusión de volver a correr sin sentir al enano atroz que me prensa las rótulas con saña al punto de hacerme desistir siquiera de caminar por un rato.
Hace un tiempo volví a la carga con la asistencia profesional. En una primera visita reconfirmó el diagnóstico de seis años atrás, me auguró un éxito no garantizado si es que decidiera operarme y me mandó estudios nuevos. Cuando los tuve, volví a por su ojo y seso expertos. Me encontré con una secretaria infranqueable con los turnos. “Para dentro de un mes, más o menos, creo que tengo algo…”, hipotetizó. “Sabés qué pasa”, ensayé, “estoy muy dolorida, y no quiero seguir automedicándome con analgésicos…”. “Ah”, dijo, sin media mueca de conmiseración, “¿qué obra social tenés?”. No soy una caída del catre, comprendo que en los tiempos que corren el amor al arte no comprende la atención sanitaria. “No, vengo particular”. Tomá. “¿Con recibo o sin recibo?”, inquirió. Ya no hablábamos de mis rodillas, sino del dinero para el señor de seso y ojito expertos. Era el gran tema. “Porque aumentó. Si querés recibo, tenés que pagar 95 pesos. Si no lo querés, son 80. Y… si pagás 120 pesos, el doctor puede verte el lunes por la tarde”. Me confundí, pensé. Rebobiné. Repregunté. ¿”Pero no me dijiste que no había turno hasta dentro de un mes? Creí que me decías que no había, con o sin recibo”, señalé, con ganas de hacerle notar la inconsistencia. Porque si no hay no hay, estimado, aunque pagues un millón de la moneda que más te guste. “No, si pagás 120 pesos, el lunes a la tarde hay lugar”. OK. Entendí. Me fui para nunca más volver.
No me resisto a ser curada, por supuesto. No me ahuyenta que un especialista cobre por su trabajo lo que cree que su trabajo vale. Me resisto a ser maltratada, así cuelguen cientos de títulos habilitantes en la pared de su oficina. Me subleva el comercio de la indiferencia, el trueque inescrupuloso de más dinero por menos desesperación. El último recurso de un desesperado no es la billetera sino la dignidad. Tal vez las rodillas no me hacen padecer lo suficiente como para arrodillarme (que además lo tengo terminantemente prohibido) para pagar una súplica del monto que sea. Tengo mi segunda opinión, y es que nadie que someta la intensidad de mi dolor a su ambición económica va a lograr curarme.
Por eso, con mi segunda opinión en mente, marcho rumbo a conseguir una tercera. O tal vez una sexta, si hiciera falta.

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