Noticias & Protagonisas

99.9 Radio Mar del plata
SAB 13 Marzo 2010 | Mar del Plata

Columna
De Viviana Hernández

Misceláneas

Servidores

01.11.2009 | Quisiera inducir a mis lectores, desde este minúsculo espacio común para la conmiseración humana, a que pensemos en dos palabras de uso frecuente aunque vacías respecto de sus significados originarios: servicio y público.

Atacaré una anécdota como punto de partida de la expedición propuesta, al solo fin de la ilustración y, por qué no, un merecido spa de sonrisas antes de adentrarnos en el extravío que el tema supone.
Mañana de tantas. Como cualquier persona que no maneja y por tanto no cuenta con su propio vehículo para movilizarse más allá de 10 ó 20 cuadras, llamé un taxi. Es decir, hice una pequeña inversión en otro servicio público de prestación privada –el teléfono, por obra y gracia de la ex dama de los petits hoteles afrancesados- para acceder al auto en cuestión. Como es público y notorio, cuando uno llama y pide taxi o remís, generalmente se encuentra con un señor o señorita desganado/a que ni siquiera se identifica, por tanto uno podría estar llamando tranquilamente a un Lave Rap, caso en el que el empleado, antes de cortarle, le diría que afloje con lo que está tomando, porque no le está cayendo bien. Ok.
Si fuera el caso en que se hubiera acertado con el numerito, alcanzarán dos o tres farfulladas para advertir que, efectivamente, uno ha dado con la empresa que despacha vehículos de alquiler. Bien, el auto en camino. Tres, cinco, ocho minutos. Suficiente paciencia para la madrugada, prácticamente. Segundo llamado a la compañía de taxis, segundo pelito pa’ la vieja de Telefónica de Argentina. –Sí, buenos días, señorita. Llamo para reclamar por un auto que pedí hace… diez minutos, aproximadamente, y…-. Jamás podrá concluir la frase, porque la señorita de marras ya se soliviantó. Temprano, como dije. –Mire, señora, el auto está llegando. Es la licencia tal por cual. Espérelo-. Intenté poner un mínimo reparo a la última frase unimembre, pero no hubo caso. Esperé. Mientras, por esas cosas del alerta inexplicable, metí la mano en la cartera y revisé para comprobar que la billetera estuviera en el sitio previsto. Estaba. ¿Tendría dinero? Tenía. Pero, oh descubrimiento terrible: no el dinero exacto para viajar. Un solo billete. De importante denominación. Ufa.
De nuevo al teléfono. Ni modo que alguien de Telefónica no se esté desternillando de risa en el piso ante tanto derroche de mi parte, que los hace embolsicar sin necesidad ni propósito. -Señorita, llamo de la calle XX nuevamente… -. Bufido de rinocerontes en celo del otro lado. -¿Y ahora qué, señora?; ¿todavía no le llegó el auto? No puedo hacer nada, está yendo…-. Por Dios, esta mujer no me escucha. Me corta, me hace zancadillas. –No, espere. Déme cinco segundos y escúcheme. No tengo cambio-, susurré, aguardando ya un insulto, culpable de tener sólo un billete grande para pagar un servicio chico. –Ajá, le aviso al chofer. Pero seguro que van a tener que parar en el camino, porque son las 8 de la mañana, doña. No hay cambio a esta hora-. Y cortó el teléfono, aunque estoy persuadida de que le hubiera gustado cortarme la garganta. O la lengua. O los diez dedos de la mano, para impedir volver a marcar su número.
Llegó el taxi. Auto completamente destartalado. ¿VTV? Bien, gracias, durmiendo en un cajón el sueño de los justos. ¿Inspecciones de tránsito? También, muy amable, mandando los funcionarios mensajitos por celular. Una roña por dentro y por fuera el vehículo. Casi imposible transportarse en él sin pescarse, mínimo, una infección letal. El señor que manejaba, que también es un decir, no ha pasado su cuerpecito por agua y jabón, como mínimo, en los últimos tres años. De su suéter colgaban motas y pelotas completamente pegajosas, de una consistencia viscosa y color indescriptible. Olía como los mil demonios. Un asco el tipo y su servicio. Fue todo el viaje quitando mocos de sus vías aéreas y arrojando el producto a través de la ventanilla para afuera. No sólo tuve ganas de bajarme sino de arrojarme del coche, en clara intención de cometer suicidio por desesperación: cualquier cosa hubiera sido mejor opción que seguir en presencia de aquel servidor público.
Fue entonces que, tal vez por escapar subrepticiamente de aquel condenado transporte propio de un reality de terror, comencé a pensar qué entendemos y aceptamos por servicio, y qué por público. Cada vez que introducimos el concepto servicio, se cuela la sensación de resignación. Hay que resignarse, al parecer, a que te den lo que quieran darte, y no lo que están obligados por contrato. A que lo recibas en el tiempo y forma en que se le antoja al concesionario, y a llorar a los velorios, que no hay quien reciba la queja. Y si hay, es una oficina con teléfonos que no llaman a nadie porque a nadie interesa resolver lo que ya ha sido establecido así. Mal, indiferentemente.
Hay razones de decoro para ser un prestador razonable, sí; pero el decoro es personal. Sin embargo, hay otras razones de protocolo, menos personales pero no por eso menos observables: la Presidenta, por citar un ejemplo, no puede ir a trabajar en camisón. Un taxista no puede conducir un auto la mar de mugriento, que apenas sube una loma. Y no puede él oler como todo un camión atmosférico. Eso está bien claro, pero lo que no lo está es quién se encarga si eso mal funciona.
Lo que hace de estas situaciones algo verdaderamente inadmisible es, precisamente, su carácter de público. Es decir, ese servicio, lejos de pertenecerle a quien lo presta, es parte indivisible de quien lo usa. Es público, en oposición a lo particular, lo privado. No es DE sino PARA. Los colectivos no son de los colectiveros ni de los dueños de las empresas, si bien los vehículos son parte del patrimonio de esas compañías. Porque desde el momento en que son identificados con un número y unas características que corresponden al servicio de transporte público de pasajeros, dejan de ser un objeto en sí mismos para ser un medio. Medio para un fin: movilizar personas de un sitio a otro de una ciudad, o de un punto a otro de un país o región. Entonces, lo que el prestador desea o pretende está establecido y a la vez limitado por un contrato y unas condiciones que debe cumplir, no si quiere o cuando quiere sino cada vez que presta el servicio, sin excepciones. No puede no tener asientos, o no llevar frenos. No puede ir el conductor mirando tele mientras maneja. Ni los empleados de una oficina estatal atender al público como si se tratara de una ronda de café o una reunión espontánea de amigos en el living de la casa.
No obstante, no sucede con frecuencia en el servicio de taxis o remís que estos para nada pequeños detalles de calidad básica de prestación sean fiscalizados. Están sobreentendidos, pero los protagonistas no parecen darse por avisados. Y nadie les llama la atención. Confluyen en el caso al menos dos tipos, prestador y prestatario, que no quieren enterarse de qué va la cosa: ellos son los criados o sirvientes, no nosotros. Cansémonos, por favor, de reclamar, pero no dejemos de hacerlo. Para enterar a todos los interesados, es decir, los que tienen intereses en tan sensible asunto. Creo que en el fondo hay una noción tácita aunque bien definida de lo que implica ser rehén de una decisión que nos excede: el otro tiene el poder, y qué otra cosa se puede hacer más que consentirlo, aguantarse, y seguir. Pues no, gente, no.

Usted sabe cómo me agrada ir al diccionario. Ése sí que es un auténtico servicio público para el consumidor en zozobra. Uno llega a confundirse feo ante tanta palabra desviada de su idea inicial, y él colabora como nadie, humildemente, sin foto ni alharaca. Por eso una vez más acudí por su socorro. Dicen los filántropos de la Real Academia Española: Servicio (del latín servitĭum): 1. Acción y efecto de servir; 2. Conjunto de criados o sirvientes (¿sabrán los servidores que son tenidos por criados en las inauditables páginas del Diccionario de la Real Academia?). Público: 1. Notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos. 2. Se dice de la potestad, jurisdicción y autoridad para hacer algo, como contrapuesto a privado. 3. adj. Perteneciente o relativo a todo el pueblo. Ergo: nos pertenece a los consumidores o usuarios, no al prestador.
Ahora sí, una vez aclarada la no tan anecdótica perplejidad, sírvase usted, lector, sacar sus propias y espero no tan perplejas conclusiones. Y a patalear, que se acaba el mundo.

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