Columna22.11.2009 | Tremendo bardo mediático se ha armado con el nones recibido por el periodista Jorge Rial de parte del rector de la Universidad Nacional de La Pampa, Sergio Maluendres, que impidió que aquél hiciera uso de un espacio de esa alta casa de estudio y montara allí su espectáculo de chismes.
A ver: siempre hubo, hay aún y, descuento, habrá rotos y descosidos. Siempre habrá algo o alguien que provoque la excitación, la alegría irracional, la diversión y el entretenimiento de algunos en tanto el desagrado y la reluctancia en otros. Hay para todos los gustos en la viña del Señor, y por suerte, que de otro modo no alcanzarían los corazones, los brazos, las piernas, los amores y las butacas de los elegidos para brindarse a todos. Cosa buena la diversidad y el ecumenismo, y allí entronada, la gente que cree en lo que Jorge Rial hace, lo sigue en la tele y separa unos dineros de su ingreso mensual para verlo en el teatro.
No sería yo la que viste y calza si me guardara mis sensaciones frente al fenómeno, y por supuesto no sería éste –y afortunadamente todo indica que lo es- mi espacio. No adhiero en nada al trabajo de Rial. No es un tema de calidad, de chabacanería o vulgaridad del producto final. Me resulta aburrido, tedioso. Idiota. Creo, me parece, siento que es idiota hurgar en la mala o buena cama de los demás, famosos, fámulos o cronopios. Es inconducente, pavote, no lleva siquiera ni a tres minutos de conversación más o menos entretenida con más o menos nadie. Primero, por común: nadie resiste las 24 horas de todos los días de su vida la lupa y el censor constantes. Así que no tiene nada de novedoso lo que él y su panel desgranan a diario. Lo que exhiben aumentado geométricamente es, en promedio, lo que vive el ser humano estándar, que sin dudas es uno cuando se prende y otro cuando se apaga el talit de una cámara de televisión. Pero nadie nunca podrá arrojar la primera piedra para declararse el compendio vivo de sólo virtudes y ninguna aflojada. Sólo que las pifiadas, los aciertos, las agachadas, las burradas, las necesidades, las necedades, la hipocresía o la grandeza de la gente común no se ve diseccionada tarde tras tarde por un grupo de supuestos expertos en la materia, que dividirán las aguas y pondrán a los supuestos excelsos de un lado y a los consabidos execrables del otro.
Discuten y debaten como si estuvieran tratando de completar un eslabón faltante del genoma humano, con esa enjundia y ese crédito. Pero no. Discurren socarronamente horas sobre la cuchara que en la boca de un tío metió una fulana que no es su mujer, de la colección de pastillas que se mandó una mina desesperada que no encuentra ni siquiera el oeste, ya no digamos el norte. De que si la vedetonga Tal se abofeteó con la otra Cual porque una tenía cuatro plumas de faisán trucho menos en el traste. Qué sé yo. Esas cosas tan increíblemente profundas y medulares.
Ya sé: hay público interesado. Permítaseme aquí hilar más fino. Hay público desinteresado por otras cosas más interesantes que hoy la tele no ofrece, lo que no quiere decir que esté particularmente interesado en este bodrio. Pruebe usted de sentarse a las 4 de la tarde a ver tele. Pruebe y luego me cuenta qué hay entre el análisis completo de orina y sangre que probará si Pachano tiene lo que Alfano sugiere, y la sexualidad itinerante de la marsopa en agosto. No hay prácticamente nada, se lo adelanto, así que ni se moleste. Es como que los amos del mundo, los señores que están a una tecla de distancia de la decisión sobre qué nos metemos todos en los ojos y por los oídos, suponen que nadie a quien valga la pena cuidarle los sentidos y los principios pueda estar en su casa a las 4 de la tarde. Y menos que menos frente al televisor en busca de algo con qué entretenerse. Si está ahí, infiero creerán, debe ser alguien poco menos que subnormal; entonces démosle algo acorde a su coeficiente intelectual y a su gusto, que por supuesto combina con su minúscula y paupérrima mentalidad. Nada que lo haga pensarse o reflexionar sobre su realidad. Sólo se ofrecen realidades ajenas, muy ajenas, sórdidas, vergonzantes, tal vez en la idea de que encontrar a alguien más culpable disimula, crea pliegues donde esconder las ofensas diarias a la vida propia que hacemos cada uno de los seres vivientes.
Soy de la idea de que esta clase de oferta televisiva y comercial debe existir. Debe. Es funcional a la buena calidad, porque permite, a quienes no han desarrollado previamente buenos mecanismos de defensa, comparar y desechar. La libertad existe en oposición a la esclavitud, la democracia en contraste con los regímenes autoritarios, y lo superlativo en contraste con lo ordinario. Y no sólo es eso: todos concentramos lo mejor y lo peor de a ratos, lo bueno y lo justo con lo miserable y denigrante, mal que nos pese. Lo que prevalezca en tiempo, forma y espacio, dará una definición de cada uno.
Piné
No obstante, no ha sido ese el núcleo de esta pequeña y breve disputa. Rial, por mucho que insista, no se sintió ofendido por la descalificación de su espacio y por consiguiente del devenido teatral, sino porque se le negó algo que él considera legítimamente accesible. Es decir, un ámbito público.
Hay mucha confusión conceptual respecto de qué significa lo público, y este hombre no es la excepción. Público es de todos, es cierto. Pero básicamente quiere decir mantenido por todos. Es suyo y mío en tanto contribuyentes para ir a desarrollar en ese sitio aquello para lo cual ese lugar sirve y fue creado. Los espacios de la universidad sirven para la multiplicación del conocimiento específico y para la profesionalización de los individuos en asignaturas previstas. Todo lo demás, lo extracurricular, se emparenta con una política clara en ese sentido: lo que aporte a la calificación de las personas, al realce de la creación, al subrayado de aquellas cosas a las que las sociedades aspiran por déficit.
Ahí es precisamente donde Rial pierde por goleada, porque no puede justificar un solo aporte a la vida de nadie que no sea a la propia, y económicamente hablando, claro está. También a la de sus panelistas. Nada de lo que ofrece es original, ni creativo, ni realza valores, ni principios ni códigos estéticos, ya no digamos éticos. No obstante, conserva el derecho completo de comercializar su oferta y ponerla a disposición del público. Perfecto. Hay sitios que se dedican exclusivamente a eso. Se llaman complejos teatrales, cines, auditorios. Cuando presentó su show en Mar del Plata, lo hizo en un recinto comercial de la calle Güemes, y fue un éxito indiscutible de cuatro funciones llenas. Es de suponer que la sala hizo lo suyo y se quedó con su parte. No es nuestra sala, no la sostenemos con nuestros impuestos; es de unos empresarios que invierten y sopesarán semana a semana qué es lo redituable e irán por ello. Eso es el mundo de los negocios. El de la cultura universitaria y pública es un universo paralelo, al que se accede bajo determinadas normas de calidad. Como las IRAM, pero sin sellito.
Bueno, a Rial no le dio el piné ni para el sellado más elemental, y como le negaron el acceso, se cabreó y respondió a la situación como él y sólo él sabe hacerlo. Como un camorrero. Y no se equivoca en lo más mínimo: seguro que habrá gente prendida de la cola de este episodio, chapoteando de oídas en el tema, en la creencia de que está hablando de algo. Ya no de algo que importe, sólo de algo.
Felicito al empleado público Sergio Maluendres. No por no temerle a Rial y a sus amenazas, que en este reino de lo cobarde y lo aparente, no es poca cosa. Lo felicito por la conexión con su tarea, por tener la entereza de no perderse en los discursos sobre la ética pública y la conciencia privada, y hacer simplemente lo que tenía que hacer. Cumplir lo estipulado por las reglas, honrar los impuestos de todos. Incluso de aquellos que eligen pagar una entrada para ver a Jorge Rial y su hastiante perorata.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.