Columna24.01.2010 | Permiso, don Arturo Pérez-Reverte. Disculpe que le use sin protocolo el título de uno de sus libros más aclamados y fabulosos para referirme a un tema doméstico. Me tomé el atrevimiento porque describe tan impecablemente bien el objeto de esta columna…
Estoy buscando imperiosamente alguien a quien ofender. No, no; no a cualquiera, al boleo, sino a alguien relacionado con la cuestión a exponer. Quiero, deseo, necesito que alguien se ofenda. Mucho, profundo como un tajo sin costura. ¿Por qué? Pregunta equivocada, estimado. En todo caso, podré contestarle para qué. Pues bien, mire: en un país como el nuestro, que no admite tibiezas de ninguna clase –ni políticas, ni económicas, ni jurídicas y la lista puede seguir hasta el infinito-, la mayor parte de las buenas cosas conseguidas se logran por defecto, no por virtud. Es decir: por las malas. Hasta que alguien protesta fuerte, en general, nadie se entera de que algo está fallando, cayendo, ausente, mal hecho, o simplemente no funciona. Cuando digo nadie, me refiero exactamente a eso: nadie. Lo que incluye al perjudicado, que no se enteró de que, por ejemplo, había construido en sitio inundable, prohibido por la normativa vigente por razones topográficas, hasta que el agua le llegó al cuello. Y le arrasó con los muebles, la heladera, la cuna de los chicos, los colchones, la cucha del perro y todos los sueños y el laburo de una vida. O sea: somos una banda de necios sin carnet, con gran vocación y dedicación exclusiva a la búsqueda del culpable, que jamás somos nosotros mismos, por supuesto. Entre estar atentos, despiertos y comprometidos con la realidad que nos atraviesa y circunda, y el escándalo, no encontramos cómo hacer pie en un intermedio razonable que nos deje a salvo de la eterna debacle.
Por eso estoy buscando alguien a quien ofender. Porque es parte de la habitual motorización de la sección virtuosa de la historia, que, insisto, no viene como viene por naturaleza sino por falla. Por rompimiento de genitales. Cuando a alguien que importa, que mueve la cosa, que decide, que corta el bacalao o el pescado que más le guste, se le inflaman las partes de tantas patadas o menciones que recibe sin solicitarlas, entonces todo empieza a aclarar y a ir ubicándose en su sitio. O más o menos por ahí.
Hay centenares de ejemplos en este sentido. Las retenciones, los salarios, las conquistas gremiales, la educación, la salud, la seguridad, el empleo o la falta de él, los impuestos. ¿Sigo? ¿Cierto que no hace falta? En lo más mínimo: usted, lector, ya compuso el cuadro de situación. Y sabe que no estoy errando el vizcachazo. Que el que no llora no mama, aunque el que afana sólo es un gil si lo agarran, interpondría aquí el doble estándar moral colectivo que también suele caracterizarnos.
Sueño de varias noches de verano
Sucede entre nosotros, los marplatenses, que después de décadas de estar recibiendo a los turistas que llegan a la ciudad en buses en un lugar infecto, nauseabundo y terrorífico; uno de desmayarse de calor en verano y morir congelado en invierno, a la intemperie fatal y cruel; con servicios más propios de una terminal de aldea en Tanzania que de la primera ciudad turística oceánica de la República Argentina y demás hierbas, parecía que el anhelo, al fin, se haría realidad. La terminal que Mar del Plata merece, espera, ambiciona y necesita, dijeron algunos. Oh qué será, qué será, sospechamos otros de suspicacia acreditada.
Y el sueño, amigo, como tantos otros nocturnos y diurnos, es hoy una pesadilla concreta y de concreto. Como suelo renegar seguido ante tanta queja en el aire, sin base sólida, sólo por el deporte de quejarnos, fui a verla. A comprobar con los ojos que alumbran mis propios juicios, el despropósito del que se hablaba con tanta insistencia. Y lo vi, vaya que allí estaba.
Es un adefesio, una verdadera porquería. No es otra cosa que un enorme tinglado sostenido por paredes de bloques de cemento groseros, anti estéticos, sin otra virtud más que su proclamada resistencia (así que tendremos siglos de espanto garantizado). Como si perdurabilidad y belleza fueran antagonistas y hubiera que optar por lo duradero sacrificando lo agradable. De tanto mirar, uno termina viendo, enterándose, notificándose de que hay construcciones nobilísimas, bellas por donde se las observe, antiquísimas como los tiempos, funcionales entonces y quizá hoy si es que se las precisara. Que incluso valen la pena ser visitadas (y de hecho lo son) como un monumento que irradia arte, hermosura, utilidad, perfección. Que lo dejan a uno con la mandíbula baja, preguntándose por tanta maravilla y aquellas mentes que la pergeñaron… Puestos ante la inenarrable fealdad e impropiedad de la nueva terminal de ómnibus marplatense, a uno se le ocurre preguntarse por los enemigos íntimos, por la intensidad de un odio tan corrosivo como poderoso, que deja como huella y testimonio un esperpento que sólo disimula su desaliño y torpeza entre las sombras de la noche y un aporte lumínico apenitas gracioso.
Es imperdonable que la mente afiebrada y deshonesta que ideó ese edificio bochornoso tenga matrícula profesional de algo. Ingeniero, arquitecto, urbanista, algo. Lo que sea, es un desfalco, un fraude. Un niño de cinco años es capaz de una obra de mejor diseño y mayor funcionalidad, sin mencionar que no entraría en las especulaciones gravosas para el contribuyente pasivo de hacer uso indebido de sus dineros. Los baños son insuficientes, los bancos para esperar afuera, ni qué decir: sólo alcanzan apilándose las familias completas unos sobre otros (seguramente fue el propósito de estrechar vínculos deteriorados entre padres e hijos el que alumbró la decisión sobre tal escasez). Los pasajeros deben luchar a brazo partido primero para arrastrar su equipaje consigo y sortear todos los peligros de la circulación vehicular, porque los escupen en mitad de una calle tan ancha como un cabello. Si llega en remís, señor, señora, que Dios lo haya provisto de poderosos bíceps o de humildad para pedir ayuda para llegar a su dársena, porque ese servicio no tiene el acceso permitido, así que será abandonado lejos, muy lejos. Si sobrevive a tanta desidia funcional y locura automovilística, no era su día final, dese por bendecido.
Sólo a un iletrado negligente pudo ocurrírsele plantar semejante central de movimiento de chapas y ansiedades en el corazón de un barrio romo que, a su vez, habita el propio corazón de la ciudad. No hay modo, ni arterias, ni pavimentos, ni veredas, ni pluviales ni cloacas que lo resistan. Cuando digo que quiero que alguien se ofenda, y si es posible mucho, también incluyo en el universo potencialmente ofuscable a los vecinos. Que sabían lo que pasaría en sus vidas si se instalaba una terminal de buses con cientos y cientos de servicios diarios regulares, sin contabilizar los de temporada. Y se inclinaron por la indolencia de esperar un futuro que era visiblemente ayer. Que si, en todo caso, lo ignoraron, fue que no se preocuparon en mirar otras realidades, otros barrios igualmente impactados. Y ahora está ahí, la catástrofe invariable, la implacable falta de descanso merced a todos los sonidos del que llega y quiere hacerlo saber, y el que se va, y también. Y están sus casas que, testigos de una época de una rutina plana, casi pueblerina, verán corroerse silenciosamente sus cimientos. Esos muros, al igual que sus dueños o habitantes, empezarán a ceder inevitablemente ante el desfile incesante de micros. Como cede la voluntad ante la tortura de la gota en mitad del cráneo.
Estaba dicho. Estaba escrito. Había sido planteado en ríos de tinta y miles de caracteres de prensa que presagiaban la llegada de este monstruo de varias cabezas y ninguna neurona, pies e hipocresía cementadas por la necesidad de los negocios. Decidieron taparse ojos y oídos, como si el gesto cobarde fuera a correr a los hambrientos del poder.
Ya está. Ya la tenemos. Nuestro sueño tornado pesadilla de sendas noches de verano. Si cree que no la merece, tal vez se equivoque: la apatía y la ausencia de compromiso cívico también son caminos alternativos hacia avernos efectivos. Sí, vamos, oféndase, me encantaría. Tal vez un día sirva para prevenirnos de otras monstruosidades acechantes.
Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.
Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.
Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.