Londres, 1976
Occidente tiene miedo, y tiene razones para tenerlo. Poco a poco se va universalizando el odio hacia los países que, hoy por hoy, dominan el mundo. El espionaje está a la orden del día y ya nadie confía en nadie. Las manos de los principales líderes penden sobre botones rojos, las llaves que liberan los demonios capaces de destruir el mundo.
He sido apresado por el MI6, sospechado de financiar actividades terroristas contrarias a los intereses del Reino Unido. He encontrado algunos problemas tratando de justificar el expediente de más de doscientos cuerpos que han reunido con pruebas en mi contra. Hace tres años que me siguen el rastro. Tienen copias de todo. Facturas con mis gastos, tickets de cada medio de transporte que tomé, videos de mis actividades bancarias, cientos de firmas y documentos escritos con la misma letra, pero expresando nombres completamente diferentes. Estoy absolutamente acorralado.
El cuarto es pequeño y de paredes blancas. Sólo hay una mesa y una silla, que yo ocupo. Los agentes permanecen de pie, caminando, fumando, hablando entre ellos con gestos y señas. Richard Johnson, mejor dicho, el hombre que dijo llamarse Richard Johnson, es quien encabeza el interrogatorio.
Junto a él hay otros dos agentes, más reservados y callados, mejor informados y más inteligentes. Dejan que Richard se canse y me canse a mí preguntando cosas sin sentido; y ellos deslizan cada tanto las preguntas clave, aquellas que pueden llegar a revelar alguna verdad. A propósito me marean, siguen un curso errático, preguntando en un instante sobre un viaje que hice a Turquía y al segundo siguiente hablándome sobre mi breve paso como mercenario en un ejército en Uganda. De verdad les sorprenden mis conocimientos, tratan de averiguar en dónde recibí mi formación. No les entra en la cabeza que una persona sea capaz de hablar con fluidez todos los idiomas del mundo. No comprenden cómo jamás revelé la presencia de ningún cómplice ni de ninguna organización detrás de mis actividades.
- Debe tener a alguien - decía Johnson -, alguna mujer, un hijo, algún amigo, alguien. ¿Para quién son estas? ¿En qué clave las escribe? – preguntaba señalando mis cartas.
- Están escritas en mi idioma natal, un idioma tan viejo que usted no lo conoce. Son mis apuntes, mi diario, mi vínculo con mi pasado, con mi personalidad, mi cable a tierra.
- Robertson no - dijo otro agente -, pero yo sí lo conozco. Esto es arameo. Arameo galileo, una variante del idioma que nadie habla desde hace dos mil años. El idioma que hablaban Jesús y sus discípulos.
La colección le parecía fascinante. Había papeles muy viejos, otros recientes.
Estaban mezcladas. Ya no me queda ninguna escrita en pergaminos ni en papiros. Cuando pasa demasiado tiempo y se deterioran demasiado, las copio y destruyo el original.
- Su diario. Tiene muchísimas hojas, incluso si escribiera una página entera cada semana, o cada día, debería haber vivido… no sé… dos mil años para llenar todos estos volúmenes - siguió aquel hombre. Jamás me dijo su nombre.
- Soy más viejo de lo que aparento y me gusta mucho escribir. Es lo que soy. Un hombre que viaja, escribe y recuerda.
Se dio vuelta y le dijo algo a Johnson. Éste se limitó a negar con la cabeza y a tomar nuevamente el liderazgo de la conversación.
- Se me termina la paciencia, amigo. Quiero una respuesta sincera, al menos una.
- Pregúnteme.
- ¿Está la seguridad de Inglaterra en peligro inmediato?
- Sí - le dije -, lo está. Lo estará cada día a cada segundo de aquí hasta la próxima vuelta de la historia, hasta que dejen de formar parte de la elite que oprime al resto del planeta.
Fui sincero, sin embargo aquel comentario me hizo ganar un golpe.
Johnson perdió la paciencia y me desmayó de un gancho en la mandíbula. Aún inconsciente, sentí la punzada y el ardor que comenzaba a recorrerme las venas, que bajaba hasta mis dedos y después subía, avanzaba buscando las sendas ocultas de mi cuello, de mi nuca, hasta llegar al centro mismo de mi conciencia. Mi mente se quebró en miles de fragmentos, como si cientos de personalidades distintas emergieran de una misma fuente. De algún modo podía reconocer la parte de mí mismo que le indicaba al corazón cuándo debía latir; la parte que controlaba a mis pulmones, como si en vez de ser una sola persona fuese un coro de ellas, trabajando al unísono. Y había una parte de mí que hablaba, totalmente independizada de mi conciencia.
Y lo peor es que decía todas mis verdades.
- Mi nombre es Nemuel Delam y la gente me conoce por mi seudónimo, el judío errante. Nací en Jerusalén en el año doce antes de Cristo. Mi padre era un fariseo, uno de los hombres que enseñaba al pueblo las verdades de Dios. Siempre fue un hombre muy severo y distante y de niño me sentía bastante solitario…
Y así continuó, por horas y horas, diciéndoles todo, absolutamente todo, con la increíble memoria de los hipnotizados que recuerdan los más mínimos detalles sin ningún esfuerzo. Al terminar mi larga charla, me dejaron ir.
A pesar de toda la evidencia en mi contra, no tenían ni una sola pista sobre mi posible vinculación a alguna red terrorista. Me dejaron ir para seguirme de cerca y ver si los conducía hacia una verdad que nunca podrán encontrar, porque no existe. Y a pesar de mi increíble sinceridad bajo los efectos del suero de la verdad, tuvieron que descartar mis palabras, al ser incapaces de entenderme.
Leer arameo antiguo no es lo mismo que escucharlo.
Nemuel Delam.
El judío errante.
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