Fang, 1972
El otoño alfombraba los caminos de retazos dorados, de hojas marchitas que resplandecían bajo la caricia de un sol frío y distante. Ella tenía dieciséis y era hermosa. Alta, de cabellos dorados y ojos claros, caminaba por entre los árboles como una aparición de ensueño.
En su cabeza no había más que canciones e ilusión. Cerca de allí, si uno miraba en un mapa, aunque lejos para que llegara el sonido de los disparos y las bombas, había una guerra cruenta y sin cuartel. Centenares de miles de hombres se daban muerte en un barrizal perdido, las máquinas de guerra trabajaban en función de adelantar el Apocalipsis. Ella ni siquiera lo imaginaba, aunque la persistente presencia de un gato negro en las cercanías de su casa le había hecho intuir que algo podría pasar. Mientras el campo de batalla se abarrotaba de cadáveres ensangrentados, ella caminaba entre los árboles tarareando una canción que ahora nadie recuerda. El sol caía de a poco cuando el soldado llegó al bosque. Herido seriamente, había huido sin sentido ni rumbo, como podía, siempre tratando de alcanzar el horizonte. Creyó ver un ángel bailando entre la lluvia de las hojas y se desmayó. Ella lo encontró, lo cuidó, lo curó. Pasaron meses. El amor floreció entre los algodones, las gasas, las costuras y los remedios. Pasaban horas mirándose sin decir nada, dejando que el amor entrara lentamente en sus corazones. Dormían juntos, como marido y mujer, a pesar de que no estaban casados. A ninguno de los dos le molestaba ofender a Dios de esa forma. Cuando tuvo posibilidad de caminar, el soldado siempre iba al camino desde el que había llegado; se quedaba horas ahí, en silencio, tratando de adivinar los sonidos de la guerra, aunque éstos nunca llegaban. Lo abrumaba el peso del deber incumplido, la imagen de los compañeros muertos y de la patria sometida al dominio de otra soberanía. Ella intentaba distraerlo con bailes, cantos, caricias y juegos, pero en él la determinación crecía poco a poco. Finalmente, una tarde de otoño parecida a aquella que lo vio llegar, se fue. No miró atrás mientras se alejaba. Ella lo esperó en ese camino. Él no prometió que volvería. Pasaron los años y ella se dio cuenta de que ya no era la misma muchacha que despidió a su amor. Él también se vería distinto. Angustiada, creyó reconocer a su amante en cualquier hombre que pasaba. A todos los llevaba a su cama, a todos los despedía al amanecer, cuando sentía que ni sus besos ni sus caricias eran eternos y que sólo se trataba de otro impostor. Se corrió la voz, los hombres de la zona pasaban a propósito por allí para disfrutar las caricias de la loca del camino, como la llamaban. Ella empezó a pedir dinero a sus amantes, para comprar comida y abrigo. Se convirtió en una prostituta más, de las miles que andan por esta tierra, sin esperanzas ni ilusiones, sin otra vida que entregar el cuerpo y alimentar los vicios. Perdió toda esperanza de volver a ver a su soldado. Perdió toda esperanza en absoluto. El soldado regresó al campo de batalla cuando la guerra arreciaba. Recuperó su cargo y sus insignias y ayudó de forma determinante en el desarrollo de los combates que se sucedieron. Lograron rechazar a los invasores y formar una alianza con otros países para arrasar a sus enemigos. El conflicto duró años. Cuando todo terminó, él era el militar de mayor rango en su país, considerado un héroe de guerra. Peinaba canas cuando pudo dejarlo todo atrás y avanzar de nuevo por el camino que daba a la arboleda. Ella ya no estaba allí, hacía mucho que atendía a sus hombres en una cabaña escondida en el corazón del bosque. Él vagó, con el corazón herido de nostalgia, buscándola sin verla. Sus ojos querían encontrar la figura de una muchacha esbelta y hermosa bailando sobre las hojas, aunque su razón le decía que ella, si aún vivía, ya no era la misma que ayer. Preguntó y se avergonzó al reconocer que no sabía su nombre. Caminó y buscó hasta gastar todo su dinero, hasta vender sus armas, su uniforme y sus insignias. Terminó convirtiéndose en un vagabundo, loco de dolor, atormentado por los fantasmas de su pasado. La gente le daba monedas y comida, nadie lo tomaba en serio. Vivían cerca uno de otro, los dos soñaban todas las noches con sus horas de juventud y de amor, pero no podían encontrarse. Se anhelaban, se deseaban, como si la felicidad de uno o de otro dependiera de poder o no contar con su amor. Y mientras tanto, los gobernaba la miseria, porque cada uno había decidido castigarse y morir en la tristeza. Hasta que una vez, se encontraron. Se vieron de lejos. Pasaron un rato largo mirándose. Ninguno reconoció al otro. O quizás se reconocieron, pero prefirieron no abandonar el refugio de tristeza y decepción en el que se cobijaban. A ella la mató un cliente que quiso prolongar su encuentro más de lo debido y se tomó a mal que lo echaran. A él lo encontró casi desnudo una nevada fuertísima. Lo encontraron mucho tiempo después, muerto de frío en plena calle. Dicen que, a veces, se puede ver a sus fantasmas que bailan juntos en la arboleda.
Son felices.
Nemuel Delam
El judío errante
Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
El ministro de Gobierno de Mendoza explica los motivos de la aprobación de la castración química a violadores.