Madrid, 1990
Lo único que separa al hombre del animal es la hipocresía. Hoy veía en la televisión una acalorada polémica sobre el uso del pentotal, el llamado suero de la verdad, en los interrogatorios policiales, y pensaba que hace años el hombre usa este tipo de sustancias.
La más común es el alcohol, pero hay miles más. Lo cierto es que esto es un debate viejo, pero no lo impulsan razones éticas. Lo que nos aterra es descubrir quiénes somos cuando no tenemos control de nosotros mismos.
Recuerdo que hace muchos años, en una localidad costera pequeña, varios kilómetros al sur de Gaza, vivía una bruja. Pero al contrario de las brujas de la leyenda, no había nada en ella que inspirara repugnancia o rechazo. Su nombre era Gaila y era alta y rubia. Tenía los ojos color miel, la piel como el marfil, los brazos largos y delicados, las piernas ágiles y bellísimas. Fascinaba a todos la que la veían, pues todo en ella generaba atracción y deseo. Vivía sola, en lo alto de un acantilado, alejada del pueblo; sólo los viernes a la tarde lo visitaba. Se sentaba en la plaza, sobre la hierba, ahí vendía de a retazos su magia. A algunos les adivinaba el futuro, a otros les aconsejaba; a otros simplemente, los escuchaba. La gente le pagaba con lo que podía: granos, carne, frutas, lana. Ella vivía de esas humildes limosnas y agradecía cada mínima recompensa como si fuera el más preciado de los tesoros.
Todos la amaban, la respetaban, la adoraban. Sabían que debía dejársela tranquila en su casa del acantilado y nadie nunca osaba perseguirla o pedirle algo que ella no quisiera dar. Se contaba que, en realidad, Gaila era increíblemente anciana, anterior incluso a la fundación de la aldea, y quizás más antigua incluso que el mar y las montañas. Algunos llegaban a decir, también, que en realidad se trataba de la mismísima Eva, la mujer de Adán, condenada a vivir por siempre tras haber mordido la manzana, aunque pocos lo creían.
A pesar de que semejante belleza suele generar respeto, cierta noche sucedió algo terrible. Un grupo de pendencieros e idiotas vio a la bruja caminando sola por el campo, mientras regresaba de su visita al pueblo. Era una noche calurosa. Gaila se había arremangado la túnica, sus piernas brillaban bajo la luz de la Luna. Los extranjeros, que no la conocían, pensaron en violarla y empezaron a seguirla. Gaila llegó a su casa y se encerró. Al poco tiempo, unos poderosos golpes resonaron en su puerta. Ella se enfureció, pero no atendió. Los golpes volvieron a sonar y volvieron a ser ignorados. De pronto, los postigos de una ventana estallaron en una lluvia de astillas y diez hombres se precipitaron al interior de la casa. Rodearon a la muchacha, comenzaron a manosearla y entonces, con terror, vieron cómo sus ojos se volvían rojos y empezaban a fulgurar con la fuerza de mil estrellas. Gaila gritó y, al instante, todos cayeron muertos.
La bruja estaba indignada, enfurecida, loca. A pesar de que no reconoció los cuerpos, pensó que sus atacantes venían de la aldea. Se decidió a destruir el pueblo hasta sus cimientos y empezó a pensar la manera de hacerlo. Aquellos la habían atacado como animales, buscando satisfacción sexual, obedeciendo a sus necesidades más animales. Por sus instintos la habían atacado, y por sus instintos iban a morir.
Al amanecer, los pescadores que se habían levantado temprano vieron que una densa niebla cubría los acantilados, un humo amarillento que se movía pesado cuando lo tocaba el viento. Aquella bruma comenzó a derramarse lentamente y a filtrarse entre los muros de las casas, a invadir las calles, plazas y hasta las mismas habitaciones y despensas. Al inhalarla, la gente sentía un fuerte embotamiento y un dolor de cabeza desesperante. Pero más tarde, pasada esa urgencia nauseabunda, la mente percibía una claridad escalofriante. Se sentían libres, plenos y, lo peor de todo, invencibles. Estaban convencidos de que podían hacer, decir y tomar lo que quisieran sin que nadie los detuviera. Fue entonces cuando empezó el desastre.
Al principio, dueños de una libido impresionante, se entreveraron unos con otros obedeciendo a una necesidad venérea impostergable. Hombres con hombres, mujeres con mujeres, madres con hijos y hermanos y hermanas; cada uno se apasionaba con el que tenía más cerca y hasta hubo alguno que tuvo tratos con animales u objetos. Había, en la calle, a la vista de todos, grupos de cincuenta o sesenta personas infringiéndose unos a otros las formas más aberrantes de expresar amor.
Luego vinieron las olas de violencia. La pasión generalizada fue desplazada poco a poco por una pasión más específica, y los hombres se entreveraron en feroces disputas por el derecho de poseer a alguna que otra muchacha. Hubo una matanza que nadie lloró, nadie lamentó.
El placer de la muerte invitó al placer de destruir. Pronto hubo fogatas enormes que se expandieron por los techos de las construcciones. Fue escalofriante escuchar el llanto de los niños, ignorados por sus padres, mientras trataban inútilmente de escapar del humo y el terror. Al cabo de la noche, la ciudad entera se redujo a cenizas. Se arruinó el agua, se echó a perder la comida. Cuando la niebla se disipó, los hombres encontraron a sus padres, a sus amigos y a sus hijos muertos, a sus mujeres golpeadas y abusadas y a su ciudad destruida. Estaban solos, perdidos, hambrientos, desesperados.
Como animales.
Nemuel Delam
El judío errante
Un ciudadano vio destrozada su casa por los avances de una obra en construcción del terreno lindero, y la justicia no lo respalda. Ya no tiene qué puerta tocar, y parece que la empresa en cuestión consiguió, simplemente, más respaldo que él. Mala suerte, parece decir el juez.
En 1998 escribí en este mismo espacio la columna que destapó la conducta del fiscal Marcelo García Berro -hoy en funciones en los tribunales federales de San Martín- respecto del consumo de prostitución. En aquel momento la ciudad estaba sacudida por la idea de un asesino serial que se ensañaba con las prostitutas, concepto que fue ampliamente difundido y aún permanece en la memoria colectiva.
Ninguno de los 26 casos ha sido esclarecido. Ni las muertas que aparecieron descuartizadas, ni las desaparecidas -incluida Verónica Chávez, nexo con García Berro- han tenido otro destino que el desistimiento de la autoridad judicial en todas las causas. El tiempo pasa, el papel se amarillea, y la conciencia débil de una sociedad que considera a la prostituta un sujeto de menor cuantía contribuye a la impunidad.
Vecino de la nueva terminal recibió una llamada amenazante del concesionario Néstor Otero asegurándole que no lo iba a dejar descansar nunca y asegurándole ser dueño de todo en Mar del Plata.