Samville, 1993
Las letras no son más que manchas ordenadas en un papel. La informática no es más que partículas magnéticas orientadas de cierta forma. La música no es más que el movimiento de las partículas de aire con cierto vigor y en cierta frecuencia. La pintura es el rebote de los fotones sobre una superficie que absorbe a unos y refleja a otros. La belleza es sólo una colección de ciertas características agradables en un rostro. Las cosas pierden sentido cuando uno las piensa de esa forma. Y últimamente siento que no hay otra manera de pensar el mundo.
Aquellas eran manchas ordenadas en un periódico. Un aviso que se repetía en revistas y diarios de toda la zona. Indescifrable para casi todo el mundo, de significado claro para mí. El aviso estaba rodeado de datos de direcciones y teléfonos; y bajo el nombre de una empresa falsa, la absurda frase “Huevos de pato a la mermelada”. Aquella fue la llave para la puerta de mis recuerdos.
Sucedió hace sólo unos dos años, yo participaba de una pequeña operación secreta durante la Guerra del Golfo. Teníamos que entrar a un edificio sin que nadie nos advirtiera y robar algunos documentos. No fue difícil y logramos cumplir el objetivo sin problemas. Luego, el Departamento de Logística nos dio orden de proceder a pie hasta el puesto de control. Los odiamos. Nos tomó casi dos semanas llegar allí. No querían que usemos los transportes habituales para no ser detectados por nadie, ni los enemigos ni los aliados. Yo era sólo un mercenario, no estaba obligado a ir, pero les dije que me quedaba con ellos hasta que la misión estuviera terminada. Aquello me valió su amistad. Éramos nueve. Durante quince días compartimos campamentos, caminatas, charlas y bromas. Lo de “Huevos de pato a la mermelada” era una de esas bromas que surgen espontáneamente, que te hacen morir de risa y que luego no puedes explicar a nadie. Un código interno. Algo que sólo ellos y yo podríamos entender.
Llamé al número y me atendió Davidson. Me alegró volver a escuchar su voz. Era el capitán de la brigada, y con el que trabé la más fuerte amistad.
— ¿Jack? ¿Eres tú? ¿De verdad eres tú? — preguntó. Me llamaba por el nombre falso con el que me presenté a ellos aquella vez. Parecía verdaderamente sorprendido.
— Albert, me alegro de escucharte de nuevo — le dije. Él estaba eufórico.
— No puedo creer que los muchachos de logística te hayan encontrado, Jack. Increíble. Han tardado sólo dos días y ya estoy aquí, hablando contigo.
Me puso nervioso que me lo dijera. No me gusta que alguien pueda encontrarme en sólo dos días, especialmente si sólo cuenta con un nombre falso y un rostro. Sin embargo, no dije nada.
— Han hecho las paces, por lo que veo. En su momento, los odiabas. Pasamos noches enteras insultándolos de todas las formas posibles.
— Hacen bien su trabajo, después de todo. Que estemos hablando es la prueba. Necesito verte, Jack. Sólo tú puedes ayudarme. Ya no estoy en el ejército.
Aquello sí que me dejó helado. Me habían encontrado en sólo dos días y no era ni siquiera una operación oficial. Un grupo de exmilitares capaces de hallarme a mí en este ancho y vasto mundo. Quizás sea tiempo de pasar una temporada en la Antártida.
— ¿Qué sucedió?
— Nos tomaron como chivos expiatorios, Jack. Alguien se robó una partida de dinero enorme destinada a operaciones secretas. Nos culparon a nosotros. A mí me liberaron por el rango, a los muchachos los metieron a todos presos. Los de logística no fueron acusados, pero renunciaron por principio y me siguieron. Son buena gente, después de todo.
Eso era verdad, tenían sentido del honor a pesar de ser sólo tres adolescentes de lentes sin vida social, enfrascados detrás de sus computadoras.
— Suena como si quisieras entrar al agujero donde los tienen tirados para liberarlos a la fuerza.
— Me conoces, Jack. No puedo dejarlos ahí. Todo esto es una porquería burocrática. No los dejarán ir hasta dentro de cinco o seis años, pero puede ser que alguien en Washington se olvide de ellos y los dejen ahí para siempre. Son de Operaciones Especiales, hombres que fueron reportados como muertos hace una década y que no tienen nada más allá del Ejército. No existen fuera del sistema militar, al igual que yo. Si los liberamos, nadie vendrá a buscarnos. Podremos desaparecer para siempre. Pero si los dejamos, vivirán un infierno. Hay que hacer algo.
Accedí a reunirme con él. No estaba tan lejos, se escondían en un sótano en los muelles, en una ciudad costera que quedaba bastante cerca. Los de logística querían que procediera a pie, pero los mandé al demonio.
Al día siguiente, al amanecer, una puerta maltratada se abrió y allí estaba Davidson. Era como si no hubiera pasado el tiempo. Nos abrazamos, y en ese gesto nos imprimimos uno a otro toda la fuerza de nuestra amistad. Avanzamos por un pasillo polvoriento, donde cada línea de luz que se filtraba por las tablas que tapaban las ventanas resplandecía enormemente.
Frente a sus equipos, allí estaban los muchachos de logística, tan absortos en su actividad como siempre. Un plano en la pared, plagado de marcas y notas en azul y rojo, mostraba las entrañas de la dependencia militar que debíamos penetrar. En un rincón, apenas percibí otra presencia. Cuando miré, vi allí sentada, casi en penumbras, a una mujer. Davidson explicó que era la mujer de Orson, uno de los cautivos. Ella dio un paso y salió de las sombras.
Era bellísima.
Nemuel Delam
El judío errante
La Cámara Nacional de Apelaciones le dijo al fiscal general Daniel Adler que trabajó poco. Los jueces lo retan por escandaloso, y le dicen que ni siquiera se ocupó de precisar lo que quería decir. Esta vez no funcionaron las órdenes que el fiscal quiso dar desde arriba, ni sus métodos de trabajo tan poco ortodoxos. Aprieta a sus súbditos: los otros no se dejan.
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.
El fiscal del caso Carolina Píparo detalla cómo sigue la causa y afirma que estos delincuentes no salen a robar para alimentar a sus hijos sino para vivir sin trabajar, consumir drogas, entre otras cuestiones.