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99.9 Radio Mar del plata
JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

CUENTOS

Cartas de un judío a la Nada

Daiawara, 182
A una expedición perdida, el desierto se la devora de a poco. El primero fue Marco, que quedó de guardia una noche y cuando nos despertamos no estaba. No había huellas en la arena, no respondió a ningún llamado y esperamos cuanto pudimos, pero nunca regresó. Luego murieron Graco y Dimas, envenenados por un escorpión. A Cuadrato lo venció la desesperación y se mató. Quedamos seis, y cada uno sentía a la muerte que clamaba sus nombres con desesperación.

No teníamos ninguna idea de hacia dónde ir. En ese sitio no había referencias. Tratamos de orientarnos mirando el cielo, pero es difícil. A veces pensaba que estábamos girando en círculos. Costaba mantener la moral de la tropa y obligarlos a caminar derecho. Querían probar otras rutas, intentar regresar. Mi experiencia me decía que debíamos mantener la misma dirección o no saldríamos nunca del desierto.
Finalmente, matamos a uno de los camellos. Necesitábamos beber y alimentarnos. Estas criaturas enormes, criadas en las lejanas tierras de Bactriana, proveen de alimento por varios días. Esperábamos no tener que matar a ninguna bestia más. Otro de los camellos huyó la noche en que murió Marco, debió intuir que la arena nos devoraría a todos.
Lo gracioso es que tardamos tres días en darnos cuenta. Domicio fue el que reaccionó primero. Se me acercó a la noche y me dijo:
- Estuve pensando en el camello que se escapó.
Con sólo decirme eso, lo comprendí. Si la bestia había escapado, es porque había una ruta de escape. Esos animales conocen este país, han hecho la ruta de las caravanas miles de veces. Saben sobrevivir en estos ambientes. Dejamos a otro de los camellos libre y nos preparamos para seguirlo.
Al amanecer, lentamente, el animal comenzó su periplo. Nos mantuvimos a una distancia prudente, para que la presencia de las otras bestias no lo atrajera ni intimidara. Yo viajaba manteniendo al camello siempre a la vista en el horizonte y los demás me seguían a mí, también a un horizonte de distancia.
Tardó una semana en encontrar la ruta y casi no nos alcanzaban las fuerzas para llegar. Era un oasis en el medio del desierto, con palmeras, aves y sombras profundas. De una roca clavada en medio de la arena emergía un chorro de agua puro y cristalino, que después de formar una pequeña laguna seguía discurriendo como un arroyo milagroso. Nos quedamos casi diez días en ese lugar, recuperando fuerzas. Dormíamos a la sombra casi todo el día y al atardecer nos poníamos a cazar. Resultó un buen lugar para embaucar gacelas. Nos comimos tres, y el sabor de la carne asada nos restituyó el alma por completo.
Pero la felicidad duró poco. Una manada de leonas devoró a Nicanor, quien hizo la última guardia la noche anterior a nuestra partida. Me dijo uno de los hombres que lo hicieron para espantarnos, para que dejemos de comernos a sus presas. Tratamos de rescatarlo, pero fue inútil. La jefa de la manada le abrió la garganta de lado a lado en el primer mordisco.
Por suerte, a él pudimos darle los respetos que merecía. A sus compañeros los perseguían las sombras de los amigos abandonados insepultos en la arena. Armamos una pira, quemamos su cuerpo, vitoreamos su nombre y pusimos las cenizas en una urna que ahora llevo conmigo. Me pregunto si cuando llegue al destino no estaré cargando cuatro urnas más.
Al amanecer temprano salimos recorriendo la senda Este que marcaba el arroyo, a la que perseguimos durante casi un mes. No nos faltó abrigo, comida ni agua, pero el viaje se hacía insoportable. Tratamos, Domicio y yo, de mantener un paso enérgico y constante, pero no conseguíamos hacer que los demás nos imitaran. Estaban desganados, avanzaban arrastrándose.
Una discusión estúpida enfrentó a Marciano y a Héctor. Marciano había sido gladiador y soldado, era un hombre alto y musculoso. Ahorcó a Héctor con una sola mano, mientras con la otra se las arregló para mantenernos a los demás apartados. Comprendimos que no podíamos dejar sin castigo su crimen, y votamos su castigo. Lo ejecutamos al amanecer del día siguiente.
Finalmente llegamos a Daiawara, en el corazón de la Persia interior. Es una ciudad pequeña, desarrollada alrededor de un oasis que es una parada obligada de las caravanas. Durante otro mes trabajamos en el lugar, echando mano a los oficios que cada uno conocía. Cuando juntamos suficiente dinero como para comprar nuevas cabalgaduras, equipos y provisiones, nos preparamos para tomar el camino de las caravanas con intención de continuar. Aún con las perspectivas más optimistas, aún nos falta quizás un año de viaje.
Hoy, en nuestra última noche en Daiawara, mis compañeros se han ido todos juntos a visitar a las prostitutas que viven en las afueras de la ciudad. Quieren espantar sus miedos, quieren abandonar sus fantasmas, quieren olvidar a sus compañeros caídos.

Quieren olvidarse que mañana parten para alcanzar los confines del mundo.

Nemuel Delam
El judío errante

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