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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

CUENTOS

Cartas de un judío a la Nada

Madrid, 1981
En los pequeños bares que se repiten, idénticos uno a otro, en todas las ciudades del mundo y en todas las épocas que atravesó la humanidad, cada noche se dirimen todos los problemas que existen. Cualquier idiota adquiere, por el sólo hecho de pedir en alguno de estos lugares alguna bebida, el derecho para opinar sobre cualquier tema que desee. Todos son sabios. Todos son expertos.

Estos parroquianos son tan habituales del bar “La Noche” que, a pesar de haber pasado aquí sólo tres veces, la última hace cinco años, los conozco bien a todos. El más viejo se llama Pedro, fue marino mercante hasta que una mala noche un malandrín lo encontró desprevenido en un callejón y le metió un cuchillo de carnicero en las tripas. Sobrevivió por milagro, pero nunca más tuvo el vigor necesario para enfrentar las olas. Sus hijos eran ya adultos y le aseguraron el sustento. El viejo no hace más que sentarse en este lugar durante horas y darse aires de sabihondo.
Junto a él se sienta siempre Ramiro. Dicen que le gustan los hombres, pero lo disimula trabajando arriba de un taxi y repartiendo insultos a quien se le cruza por la calle, como hacen los italianos. Suele aprobar cualquier palabra de Pedro sin dudar, confirmando cada una de sus ideas u opiniones. Sólo disienten cuando se habla sobre los homosexuales. Pedro es muy tolerante, mientras que Ramiro, según dicen, se hace el homofóbico para disipar sospechas.
Después está Claudio, que en vez de sentarse en la barra, como los demás, se sienta siempre en una mesa. Desde allí participa a los gritos hasta que la discusión se eleva de tono, momento en el que se pone en pie y se acerca. Siempre discute con Pedro, a quien contradice en todo. Es políticamente incorrecto, absolutamente intransigente y se enoja demasiado casi por cualquier cosa.
Guillermo, quien atiende el bar, opina poco y siempre con justicia. Sus palabras suelen ser medidas y sabias. Sólo interviene en las conversaciones que tocan temas realmente trascendentes. Como contrapartida está Valentín, su empleado, que nunca entiende nada de lo que los demás hablan y siempre hace comentarios o chistes fuera de lugar. Es increíblemente inmaduro, inseguro, cambiante. De entre todos, es el más insoportable.
Ayer, cuando llegué, el tema era el fin del mundo. Claudio estaba enajenado defendiendo su postura.
— Son todas mentiras — decía —, ni se está agujereando la capa de ozono, ni hay efecto invernadero, ni vamos a llenar el mundo. Toda la población de la Tierra entra cómoda en el estado de Texas, lo dice un estudio. Son todas mentiras de los hippies que están detrás de Greenpeace para conseguir fondos, son unos delincuentes.
— Nada de eso, hay muchos estudios científicos que avalan el movimiento ecologista. Realmente estamos destruyendo el mundo. Hay miles de especies que se han perdido para siempre. El hombre es el peor mal que ha visto el planeta — respondió Pedro.
— Seguro — intervino Ramiro —, yo he visto un documental donde lo ponían todo en claro: a este mundo no le quedan ni cincuenta años de vida.
— A la humanidad, en todo caso — corrigió Pedro —, porque el mundo va a estar acá pase lo que pase con nosotros.
Decidí que era momento de decir algo. Ni siquiera había saludado o pedido algo para tomar, pero no hacía falta. Ahí no había que pedir permiso para opinar.
— Tengo que darle algo de razón a Claudio — dije. — Hace dos mil años o más que se viene hablando del fin del mundo. En la víspera del año mil, miles de personas se quitaron la vida pensando que todo se terminaba. He escuchado cientos de teorías. El Apóstol Pablo ya en sus cartas aseguraba a los fieles cristianos que la segunda venida estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, nada ha sucedido. La humanidad seguirá existiendo aún por varios siglos. El mundo no se va a terminar,  por ahora.
Guillermo decidió decir algo. Ha decir verdad, habló bastante.
— Si se ve bien, en esta época somos más vulnerables que nunca — dijo.
Todos pensamos en la amenaza nuclear. En realidad, eso es de lo que se habla cada vez que alguien saca a relucir el tema del fin de los tiempos. Entre Estados Unidos y Rusia podrían freír cada rincón de la Tierra en un segundo — Sin embargo, Guillermo apuntaba a otra cosa.
— Hoy en día toda la vida ronda en torno de la electricidad. La electricidad enciende los coches, transmite nuestros mensajes a través de las líneas telefónicas. Los bancos y las empresas cada vez confían más y más en los ordenadores para guardar su información. Todos los servicios que nos mantienen sanos, seguros y comunicados dependen de la electricidad. Y sin embargo, los sistemas eléctricos son absolutamente vulnerables. Lo han descubierto hace poco. Cada vez que en el sol aparece una mancha negra, es porque se libera un campo electromagnético, que después impacta sobre la Tierra. Por eso se forman las auroras boreales. Imaginen que haya una explosión de esas pero un poco más grande. Quemaría toda la tecnología en un segundo. Volveríamos de pronto a la Edad Media. Habría saqueos, violencia y caos. Eso sí que sería el fin del mundo.

Nadie respondió, nadie lo contradijo, nadie dijo nada. Todos sabíamos que tenía razón.

Nemuel Delam
El judío errante

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